domingo, 29 de abril de 2012

Nirvana matutino


Entre sueños vagos e imágenes efímeras se vio de pronto en el espejo, con las comisuras de los ojos extrañamente abiertas y rojizas. Llegó a pensar que parecían campos de fútbol sangrantes. Nunca había mirado tan detenidamente esa parte de su cuerpo, y ahora, justamente soñando, se daba cuenta por primera vez. Siguió soñando y pensando en sus meditaciones y chacras, mientras se relajaba conscientemente dentro del sueño profundo. De vez en cuando una oleada de vértigo lo zarandeaba de un lado a otro, causándole náuseas que sin embargo no le hacían vomitar. Todo aquél mejunje tomado en la fiesta permanecía dentro de él.

La asistenta seguía sacando el polvo con la escobilla plumero que habían traído de Marruecos. De vez en cuando pasaba a la terraza para coger el mocho y el cubo, donde estaba él tumbado en la hamaca, desnudo de cintura para abajo, y con un rictus de asco incontenible, pensaba que por lo menos estaría durmiendo la mona hasta mucho más tarde que ella se marchase. Recogió la ropa sucia de su habitación, a punto de vomitar, y pasó por el amplio salón con la mesa maciza de madera tallada y las sillas de roble y cerezo de la más alta calidad. En su vida había contemplado tanto lujo exótico y tantos motivos budistas traídos de lejanos países. En su vida, pensó, había contemplado tanta riqueza unida a todo aquello.

Cuando sumido en sueño profundo lo envolvió la meditación trascendental más reveladora, se dio cuenta que alcanzaba el cénit de la suprema sabiduría, lo que denominaban el Nirvana, y se le volvieron a relajar los esfínteres, esta vez sobre la hamaca. No era consciente, sólo la ensoñación que lo había elevado hasta las cimas más altas del conocimiento. Ella estaba en el salón, junto a la cocina, a más de diez metros, cuando olió el penetrante tufo. Por un momento le dio lástima, como siempre le pasaba. Luego corrió al lavabo  a vomitar. Por lo menos no me va a tocar limpiarlo esta vez, pensó, estoy a punto de plegar y no tengo que recoger las ropas embadurnadas.



Fernando Gracia Ortuño

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El Quijote de Avellaneda

Yo creo que Cervantes fue la reencarnación en el Siglo de Oro del Job bíblico. En efecto, cuánta paciencia no habría de tener el pobre y arruinado escritor al comprobar que lo poco de gloria, -que no pecunio, que todavía fue menos-, que alcanzó su primera parte del Quijote, enseguida, (antes de verse obligado a publicar la segunda), se vio empañada por la proliferación de plagios y andanzas ajenas y advenedizas que los escritores de la época comenzaron a inventar sin la magia ni el ingenio, sin los instrumentos básicos de la caracterización tan peculiar y profunda de sus dos protagonistas. Los falsos Sanchos y Quijotes entonces comenzaron a abundar para aprovechar el filón de fama creado por Cervantes. Habría mucho que hablar al respecto, y no tengo ganas, la verdad, si quieren lean y comparen vds mismos, además de lo mucho que ya se ha debatido, la copia más famosa de Avellaneda, todo el mundo lo sabe en el mundo de las letras, no admite la más mínima comparación con el original. Avellaneda no le llega ni a la suela de los zapatos a Cervantes, con su Sancho pazguato y verdadera e increiblemente tonto, y con su Quijote relamido, desamorado y convencionalmente religioso. Cuando comienzas a leer el Quijote de Avellaneda, después de leer el auténtico, lo tiras lejos, y no lo vuelves a mentar en la vida más que para escarnecer al autor oculto bajo el pseudónimo de Avellaneda. En efecto, para ser escritor auténtico, primero uno tiene que haber vivido, tiene que haber interiorizado sus propias experiencias, y luego, hay que aprender una norma básica, y es que la originalidad no se hace ni se crea a partir de los originales ya plasmados por otros. La originalidad, como el estilo, son únicos, y hay que buscarlos y trabajarlos a partir de la propia experiencia. Creando algo que nadie antes creo.

Fernando Gracia Ortuño

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domingo, 22 de abril de 2012

Famoso


Siempre lo reconocían en los aeropuertos, las chicas, que trataban de abalanzarse sobre él para el autógrafo. Como era tan elegante y en las telenovelas fingía tanta pasión, le identificaban inconscientemente con el amor. A lo mejor luego no hubieran sabido qué hacer, pero la perspectiva las hacía soñar. Claro, esto multiplicado a la séptima potencia por sus obligaciones, le sobrepasaba. No daba abasto. Le hubiera gustado multiplicarse. Satisfacerlas, pero no podía ser. Esto le hacía pensar: tantas fans ansiosas por conocerle mejor. Por fin se decidió a viajar a un lugar remoto y paradisíaco oculto del mundo. La prensa rosa no conocía su ubicación en el mapa. Había pasado un mes. Tenía que salir del hotel a cenar. ¡Y ahí llegaba gritando una en el restaurante, levantando la liebre…!¡No!, pensó ¡Otra vez la multitud encima, histérica. Los guardas le tiraban de la ropa a la chica, hasta dejarla sin pantalones, pero ella persistía tenazmente, como un jabato acorralado tironeando de él medio desnuda, chillando. Luego, de vuelta a su habitación, pensó mucho en la fan aquella, y que estaba aburrido en el hotel, antes de dormirse. Podía tener miles.




Fernando Gracia Ortuño



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sábado, 21 de abril de 2012

La comida


      
Nos habíamos adentrado por la espesura y ya no podíamos volver sobre nuestros pasos. El Cholo, el Quique y yo, todos experimentados escaladores en busca de las cumbres inaccesibles de la montaña sagrada de aquél exótico país desconocido. Vagábamos sin rumbo a través de una intrincada red de manglares, y después por la selva oscura plagada de maleza.
En un momento dado el Cholo decidió seguir la ruta por su cuenta. No pudimos hacer nada por retenerlo. A lo lejos oíamos los tambores de una tribu, a medida que íbamos avanzando. Entonces, en un momento dado, el Quique, alarmado e histérico, quiso volver al campamento.
También lo perdí, sin poder hacer nada, teniendo que continuar solo. Me capturaron los nativos unos kilómetros más adelante, chiquititos y oscuros, con mirar huraño, amenazador. Durante el arresto me temí lo peor, pero en lugar de matarme, por la noche, maniatado, me obligaron a comer, sirviéndome una especie de salsa con costilla picante. Mientras me relamía, chupándome los dedos por el hambre atroz, contemplé horrorizado las mochilas y las ropas de mis amigos allí tiradas, junto a la caldera hirviente de troncos.
Fernando Gracia Ortuño
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miércoles, 11 de abril de 2012

El domador

Hay que tener un par de narices para enfrentarse a ellos cada día. Huelen tu miedo, y están esperando la mínima ocasión para abalanzarse sobre ti cuando estás desprevenido. Ni el látigo ni el estoque que llevamos serían suficientes si tuvieran hambre. Me acorralarían y con sus artimañas bien estudiadas acabarían conmigo en pocos segundos.

Están acostumbrados, llevan millones de años en la sabana estudiando sus estrategias y poniéndolas en práctica frente a las cebras o los bisontes, que también han aprendido a sortearlos de mil formas diferentes.

Pero estos leones son especiales, me conocen, han aprendido a oler mi inseguridad, y si no fuera porque los conozco yo también y los he estudiado a conciencia, ya habrían acabado conmigo. Cuando abren sus fauces y empieza el show parece que saben la expectación que generan frente a su público, que los contempla impresionado y sin aliento, pero sin tener verdadera idea de lo que representa estar aquí dentro encerrado con ellos en una jaula.

Yo sí que lo sé. El día que nadie pudo evitar la tragedia, el público vibró de verdad, cuando devoraron a mi sustituto en un periquete. Por lo visto el mozo encargado de darle de comer por la tarde no lo hizo, porque tuvo que irse a un concierto en el Palacio de los Deportes. Yo contemplé las imágenes aterradoras por televisión. No dejaron nada del pobre domador, y todo frente a millones de personas que se quedaron heladas al verlo, y, lo que es peor, sin mover un solo dedo por la impresión. Claro, estoy cabreado porque me hubiera tocado a mí, de no ser porque también fui al concierto esa noche.

La negligencia del mozo de cuadras, que no le dio de comer a estas fieras, y lo que es pero, seguramente cuando se largó estaba pensando en algún ligue, el bribón. Porque ¡no me puedo creer que uno sea tan despistado...! Yo no sé dónde vamos a ir a parar con esta juventud que tenemos en este país. ¡Parece mentira que encima que ofreces trabajo en un circo, se toman sus obligaciones tan a la bartola...!





Fernando Gracia Ortuño        2004


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lunes, 9 de abril de 2012

Caperucita, Caperucita...

Me gustaría que vierais cómo se mueve Caperucita sobre la pista de baile, con su liguero negro y su caperuza ondulante, chaquetilla abierta y roja que le llega hasta las caderas, sin nada debajo más que el conjunto de las ligas de seda y esas medias negras que esconden el misterio de sus muslos relucientes debajo… Su mirada es una obsesión que se te pega, a pesar de seguir sus movimientos al milímetro, mientras el ritmo de la música la mece, Caperucita está en ellos y esos ojos forman un conjunto con el todo que la ensalzan a la locura. Un gruñido soterrado me estremece cuando la miro bailar así. Porque sé que será mía en poco tiempo.

El bosque de cuerpos bailando sobre un haz de luces multicolor me impide a veces seguirla en todos sus movimientos. Unos segundos. De pronto se abre un claro y aparece otra vez frente a mí, bailando de esa manera extasiante que todo lobo debiera conocer por lo menos en la imaginación antes de morir.

Sé que tiene que acudir a la barra a beber antes de abandonar el local. Lo sé. Y la espero. Llega a mi lado, y parece que no quiere reconocerme, por pudor. En realidad Caperucita lo sabe quién soy. Todo el mundo me conoce en la discoteca. Soy el lobo. Y las chicas saben para qué vengo aquí al bosque de luces a mirar y bailar con ellas, a encandilarlas para llevármelas, cuando sean las doce, a mi catre de la floresta.

Mucha gente me señala con el dedo por esto, pero sé que secretamente sueñan ellos también con Caperucita y una noche romántica con ella. ¡Para qué mentirnos! Luego la envidia los corroe. Cuando se enteran que otra chica hermosa ha caído en mis garras y si te he visto no me acuerdo. Los corroe por dentro, lo sé, a los envidiosos sobre todo, y a los celosos enamorados de Caperucita como yo.

Cuando acabo de darle un segundo trago a mi cubata, inmerso en estos pensamientos, Caperucita me mira con genuina curiosidad. Ahora sí acaba de reconocerme. Pero su mirada en lugar de asustarse, se ha vuelto fresca y dulce como la de la mañana. Me habla, y yo le contesto con voz ronca, en realidad mis pensamientos van por otro lado, pero  trato de ser los convencionalismo previos y necesarios para llevármela a la cama lo antes posible. Ella sonríe, recordando no sé qué sobre la pista, cuando los chicos la rodearon y comenzaron a hacerle sonrisitas cómplices. Yo no hice nada por salvarla, ironiza… Si tú supieras, pienso, entre dientes afilados y fauces contraídas, lo que haría con ellos…

Sé que como sigo tu discurso a la perfección, esta noche te vendrás conmigo, Caperucita. Claro, primero tienes que tomarte tu cubatito, achisparte, reír, reír mucho conmigo y mis bromas, embriagados por mis chistes y mis aduladores cariños y pellizcos que pienso darte, sin escatimar ni uno. Por supuesto.

Sí, una noche por lo menos, antes de morir, estarás en mi lecho, Caperucita. Luego los envidiosos de los hombres vendrán a matarme, me acorralarán, ellos tan seguros de mi injusta barbarie y brutalidad, para matarme, claro, con tu abuela chismosa y reprimida a la cabeza de todos gritando: “¡Al lobo, al lobo! ¡Que nos quita la pureza! ¡Al lobo, al lobo!”

Pero Caperucita, antes de ese momento fatal, tú y yo habremos danzado sobre las aguas de la felicidad… ¡Caperucita!



Fernando Gracia Ortuño

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martes, 3 de abril de 2012

Firmas de "Y digo yo" en la feria del libro de Sant Jordi, en Barcelona



ALIBRI

Estaremos en el stand de la librería Alibri, en Rambla Catalunya nº 21
Barcelona

A todos aquellos que se quieran acercar, estaremos encantados de firmarle un ejemplar dedicado

Fernando Gracia

miércoles, 7 de marzo de 2012

El Perfume

Primero pensó que era como los demás. Sin embargo con el paso de los años se dio cuenta que su olfato era diferente. Una facultad única para encontrar el mejor aroma. Se sintió un perro mucho tiempo, pues también había nacido entre pescados podridos en el mercado más sórdido de París

Fernando Gracia Ortuño
OcioZero

martes, 6 de marzo de 2012

Música

Es mentira que la música amansa las fieras, pensó el disc-jóckey. Lo que frena el momento es algo distinto, sentenció, mirando de reojo la pista, abigarrada de luces proyectadas en todas direcciones, mientras detenía el sonido para dar paso a los anuncios comerciales. Hoy las fieras no se amansan.

Fernando Gracia Ortuño

lunes, 5 de marzo de 2012

Anuncio

Desde que estuvo con una, le interesaban las doncellas para el servicio. No duraban mucho. Universalizó el esquema pensando que todas serían igual, y las cortejaba con sutiles promesas. En la entrevista, mirando descaradamente, daba por sentadas algunas cosas... Una llegó a pensar que se había confundido de anuncio.

Fernando Gracia Ortuño
OcioZero

domingo, 4 de marzo de 2012

Frontera

Como había estado tanto tiempo sin pulsaciones, le preguntaron qué había visto y sentido..., cómo era la concesión aquélla del más allá. Pero a él se le antojó que no hablaría, al ser imposible, en aquél ambiente,  describir tanta pureza, pues no la podrían siquiera concebir.

Fernando Gracia Ortuño
OcioZero

sábado, 3 de marzo de 2012

Entró

De pronto se representó un partido, cuando el comentarista exclama apoteósicamente que la bola entró. Él sintió el mismo clamoroso zumbido de celebración de miles de voces al unísono, cuando aún no se creía que semejante belleza estuviera a su lado... ¡Entró, entró!, remedó triunfalmente al comentarista loco.

Fernando Gracia Ortuño

viernes, 2 de marzo de 2012

Cruz

¿Cómo pudo todo un Consejo del Sanedrín condenarle de común acuerdo por algunos preceptos, cuando el tiempo vino a confirmar que estaban equivocados crucificándolo? El amor acabó triunfando con el tiempo, pero en el año cero, tras el apaleamiento, a las calumnias, se sumaron los esputos sobre sus llagas.

Fernando Gracia Ortuño
OcioZero

jueves, 1 de marzo de 2012

Antaño

Por fin podía descansar en paz, a cuatro metros bajo el suelo. Arriba oía los altercados, las fogatas y las convulsiones típicas de la revolución. Las larvas le cosquilleaban el cuerpo graciosamente, mientras el estruendo se volvía espantoso, en el otrora país de las corridas.

Fernando Gracia Ortuño
OcioZero



miércoles, 29 de febrero de 2012

Reunion de banqueros.

Cuentan que habia una vez, en una union de paises, una reunion de poderosos banqueros que, preocupados porque sus ciudadanos comunitarios estuvieran al borde de la quiebra, del hambre y los desastres sociales tipicos de una depresión económica desastrosa, (con desórdenes y manifestaciones violentas de todo tipo y la mayoría de la gente al borde la pobreza extrema, así como millones de sintechos que comenzaban a morirse de frío por las noches), cuentan, digo, que los banqueros, muy preocupados por esta situación tan amenazante de sus riquezas, decidieron hacer una reclamacion a la union de países para pedir prestados unos cuantos milloncejos de más, -además de los que ya habian pedido en anteriores ocasiones-, para gastos de hipotecas y demás, para dar al pueblo de la unión créditos y que esto generara empresas, empleo, y las gentes que morían en las calles congeladas pudieran por lo menos tener un techo. Puesto que de momento no podían extender más créditos, por la crisis tan espantosa que estaban viviendo.

Cuando la union de países descubrió al cabo de un cierto tiempo que los milloncejos se los habían trincado los banqueros en su propio beneficio, para sumar intereses en sus bancos creando bonos de deuda pública, y que de lo de los creditos y los empleos nanae de la China, el pueblo comenzó a protestar y desesperarse.

Los gobiernos de la unión se quedaron de pasta de boniato, y el pueblo, echándose a la calle, pues no tenia nada que perder, se lio a pedradas contra todo, y entonces los banqueros se acoquinaron mucho. Algunos de ellos dijeron en la reunion de banqueros que si no recibían más milloncejos de la union, ellos no podrían mantener el volumen de negocios, y que sus bancos se resentirían, y que tal vez se irían a la quiebra.

A lo que enseguida los demás banqueros se unieron al unísono a sus protestas. Pero los representantes de los ciudadanos de la union dijeron que se fueran a la quiebra y a otro sitio, si hiciera falta, pero que soltaran los milloncejos que habían robado.

Los banqueros, ante semejante muestra de hostilidad se acoquinaron mucho, y uno incluso tuvo que ir a hacer de vientre al lavabo urgentemente, porque se lo hacía encima. Uno de ellos dijo que si no les daban más milloncejos, los estados de la unión, ellos no podrían mantener su nivel de vida.

-¿Y toda la gente que está pasando hambre, frío y penalidades en la calle, sin techo donde dormir ni nada que llevarse a la boca?, -preguntó un representante ciudadano-. Con uno sólo de los milloncejos que habéis robado habría para darles mantas y caldos, sopas y comida caliente.

Pero el banquero, al pensar en sus mansiones, que tenía que mantener, sus criados, sus lobbys y demás tinglados que formaban un rascacielo de dinero tan grande como la montaña del Kilimanjaro, gritó desesperado y sin darse cuenta:

-¡No, mis milloncejos y mis intereses y mis bonos que no me los quiten, que se los quiten a este otro banco de aquí, que el mío ya está en quiebra! -mintió.

Y en esto que los demás banqueros allá reunidos, alarmados, de pronto y sorprendentemente lucieron unos colmillos sangrientos de por lo menos un palmo. Ipso facto lo atacaron a la yugular, y le chuparon toda la sangre.

Al poco tiempo llegaron los medios de la prensa rosa y muy compungidos difundieron la triste noticia de que los vampiros habían vuelto a atacar. Pero ni rastro de ellos.

Fernando Gracia Ortuño

Batalla

La memoria lo resguardaba siempre de los embate de la batalla. A pesar del fragor tan confuso que agarrotaba a los inexpertos, su espada respondía cada vez como si el lance concreto hubiera permanecido en ella desde los primeros tiempos. Se luchaba en todas las batallas posibles.
Fernando Gracia Ortuño
OcioZero

martes, 28 de febrero de 2012

El mastodonte

El mastodonte se ha enfurecido y tirando cosas y gritando, te mira amenazante, con los ojos inyectados en sangre por el orujo que se ha trincado en el desayuno. Con el puño en alto a punto de descargarlo sobre tu faz, la sangre se le agolpa en la cara a punto de estallar en una apoplejia homicida porque te has atrevido a llamarle la atención. Como lo has reprendido por no trabajar y llegar tarde después de estar bebiendo en la cantina,  eso es el peor de los ultrajes, que el mastodonte no puede consentir. En tiempos de paro y crisis, donde prolifera imparable la miseria social, hay recortes, hambre, en tiempos difíciles donde la gente comienza a pasar hambre, tenemos en este país de genios mastodontes con trabajo estable que le quieren partir la cara a todos aquellos que los despierten de sus anhelados sueños etílicos para TRABAJAR. Parece un chiste, pero no lo es. Estamos en España.

Fernando Gracia Ortuño

Repartidor

Repartidor
Dudó un instante antes de entrar para coger el arma. El repartidor se imaginó lo que tramaba y depositó el paquete abierto en el suelo, lenta, cautelosamente... En ese momento el mastodonte se echó sobre él, escaleras abajo, disparando a matar, con el pasaporte inutilizado en mano.

Fernando Gracia Ortuño
OcioZero

lunes, 27 de febrero de 2012

Tintas

En esto de la lucha por la existencia no había medias tintas. Los leones defendían a sus cachorros a muerte, y las hienas se los intentaban robar para devorarlos. A veces las hienas eran tantas que los leones tenían que huir para que no los devoraran a ellos también.

Fernando Gracia Ortuño
OcioZero

domingo, 26 de febrero de 2012

El mote

El otro día entramos en una cantina de barrio para tomar algo. Una cosa que jamás habíamos hecho. Yo tengo una mentalidad muy estricta con esto de los motes y sobre todo con los insultos. No me gustan, para nada, me he criado desde siempre en un ambiente sociable y relajado. Toda mi vida, desde que era practicamente un bebé, jamás me he visto influido por las vulgaridades de los hombre trabajadores de a pie. Por eso me sorprende sobremanera cómo se trataban el uno al otro los camareros en aquel extraño antro a que fuimos a parar. No había mucha clientela, por eso lo escuchábamos todo. Uno le decía al otro de todo para infravalorarlo, por lo visto hacía rato que discutían enardecidamente, y el otro le contestaba siempre con la coletilla mote de "tontolhaba". "Tontolhaba" por aquí, tontolhaba por allá, en fin, que no paraba. Total que en una de estas me acerco a la barra a preguntar al sujeto que estaba, según mi opinión, maltratando al supuesto "tontolhaba", y le pregunto, un tanto indignado:

-Escuche, señor, si no es mucha molestia: ¿Me podría decir por qué cada vez que le contesta algo a su compañero, le acaba llamando "tontolhaba como coletilla a su respuesta"? No sé, me parece una cosa un poco irrespetuosa, caballero... No sé bien bien lo que significa, pero en fin...

A lo que el señor aquél, barman, o lo que fuere, me contestó, con su media sonrisa dibujada en las fauces:

-Escuche, señor, este señor, no es que yo le llame "tontolhaba" por gusto, sino que su apellido es el mismo. No se ofenda usted, señor cliente, que en ningún momento estoy ofendiendo a mi compañero, el señor "Tontolhaba". Que de apellido se llama así.

-Ah, bueno, -respondí más tranquilo-. Entonces disculpe usted. No quería intrometerme.

Y me fui a sentar de nuevo con mi señora. Pero claro, sin poder estar por lo que hubiera tenido que estar, y sin dejar de poner oído, todavía, a lo que decían. Ella, al verme tan atento, me llamó la atención, pero la calmé en un plis, porque nos teníamos que ir en un ratito. 

No podía dejar de escuchar el sonsonete aquél de "tontolhaba" una y otra vez, y claro, esto acabó por ponerme de nuevo curioso hasta extremos exasperantes. Cuando le gritaba con desprecio, en un momento de la conversación: "¡Tontolhaba, imbécil, que no ves las cosas más sencillas, tonto del culo, gilipollas!", cuando le repetía una y otra vez  cosas tan horribles como que su novia lo había dejado por tontolhaba y tiquismiquis o niño mimado, que no ve tres en un burro, o que no tenía ni un solo amigo de verdad porque él mismo era una mentira, un liante y un cabrón, ya entonces pensé que el camarero, astuto y ruín,  socarrón y ladino como un zorro, me había mentido para enviarme a mi mesa, y que verdaderamente el nombre de "tontolhaba" que había estado gritando tanto no era ni por asomo un apellido. Sino que estaba convencido que su compañero, por su modo de vida o por los genes, era sencillamente un tonto. Pero estas cosas son complicadas de saber. De todos modos, cuando empezó a llamarlo "gilipollas",  "cabrón", "tonto del culo" e "hijo de puta", me di cuenta de la verdad. Y es que las gentes humildes de los bares y tascas son así, llaman a las cosas con demasiada franqueza. Y por lo visto le llamaba "tonto del culo" por sus motivos, que tendría después de conocerlo bien. Pero claro: ¡Qué vulgaridad, señor!

Fernando Gracia Ortuño

Espectáculo

Él creía que estaban ahí todos mirando la escena para defenderlo de aquél atracador. ¡Cuánto se equivocaba, pensó después, al comprobar en el primer lance de la pelea que no era así, sino que las risas, que restallaron terribles en el callejón, pronto denotaron el comienzo del espectáculo! Cuando hubo acabado con el atracador, sin embargo, los chacales aquellos ya no reían tanto, ya no atacaban con sus voces roncas y corrompidas por el alcohol las sucias paredes de la noche. Por el contrario, al verlo vencedor, escaparon de consuno como chacales despavoridos, gritando aviesamente su burla.

Fernando Gracia Ortuño

Un amigo

Un amigo no es aquél que cuando tienes problemas en el trabajo se burla de ti. Un amigo no es aquél que cuando más lo necesitas te da de lado. Un amigo no es el que desprecia tus dones, talentos o gracias. Un amigo no es el que aprovecha la mínima oportunidad para burlarse de ti en público. Un amigo no es aquél mierda que no testificará los hechos tal como sucedieron, sino distorsionando la realidad para perjudicarte. Un amigo no es el que se alía con el bruto para que si llega el golpe, lo recibas tú. Un amigo no es, en resumidas cuentas, el que cuando más lo necesitas no está, o se hace el sordo, mudo y ciego. Eso es un mierda, pero no un amigo. Y tú nunca serás mi amigo.

Fernando Gracia Ortuño

Tornas

Arrojó todas las papas, sin apenas dar crédito. Él, que había sido siempre el matón de la clase, amenazando a los más pequeños, pegando a traición y respaldado por la pandilla reunida a la hora del patio. Los niños pueden ser muy crueles, pensó, recordando las palabras de la maestra.

Fernando Gracia Ortuño
OcioZero

Beber en el trabajo

Encendido por el orujo del desayuno, las habituales regañinas por llegar tarde no le sentaron nada bien... Comenzó primero a gritar, insultando, luego a amenazar... Finalmente la jornada laboral del zángano concluyó en los calabozos de los mossos con la cara hecha un cisco.

Fernando Gracia Ortuño

OcioZero