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domingo, 27 de enero de 2013

Los mejores

  


                  


De entre todas las personas que más admiro están las que saben memorizar listines telefónicos. Lo confieso, yo sería incapaz de hacer una cosa así. Pero las personas capaces de memorizar cualquier listín de teléfono, está demostrado que son especiales. Suelen triunfar en concursos de listines telefónicos. Cada vez tengo más clara una cosa: Memorizar números es importante, te ayuda, le hace pensar a la gente que sabes de qué va la cosa, que eres más importante. Es una habilidad que no está al alcance de cualquiera. Por ejemplo, nadie sabe mejor que nadie quién tiene tal número de teléfono, pero las personas que memorizan listines sí. Ahí está la clave del asunto. Es como una prerrogativa especial, un privilegio. No todo el mundo está a la misma altura. El saber es poder...


Fernando Gracia Ortuño

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sábado, 13 de octubre de 2012

Españolizar

Me preocupa esta expresión. En Cataluña por lo visto se ha liado una buena con las implícitas alusiones a la cultura catalana y española del diputado. Si hubiera que españolizar Cataluña, desde el punto de vista cultural, la cuestión suena muy mal, porque una cultura de cientos de años, la catalana, que no está estructurada sólo en la lengua, no se españoliza de un día para otro, y no es nada fácil españolizarla así como así, desde ahora en adelante el término dará mucho que hablar, como si al llegar a la legislatura ahora los del gobierno pretendiesen meter la cuña a fin de favorecer la españolización, dando prioridades y comenzando con el idioma para acabar españolizándolo todo, prohibir el catalán en las escuelas, reinstaurar las corridas, el botijo, las boinas campestres, los chotis en las plazas y demás elementos ya españolizados y vigentes de la cultura.
No es que pretenta meter cizaña contra lo que es Cataluña o España en estos momentos. Pero suena fatal, el término, me refiero, como arrogante, como decir, o imponer, o pretender, de ahora en adelante: ¡Pues ahora os vamos a españolizar! ¡Os fastidiais! ¡Qué os habéis creído!... No, no..., muy mal, eh... Sí, sí, todo y estar Cataluña dentro del estado español, desde el punto de vista burocrático, administrativo, económico y sobre todo fiscal y legal.
Se cuenta, a modo de anécdota, que por los barrios de Barcelona hace unos días un niño le contestó muy mal a un profesor de castellano en Cataluña, diciéndole cosas muy fuertes muy acerca de algo parecido a que españolizara a su p... y, en fin, bueno, por lo visto se lio la de San Quintín... Los profesores ya españolizados la emprendieron a golpes con el niño y su familia, los catalanistas de izquierdas con los profesores, a los que llamaron charnegos, esquirols, y no sé qué más...
En el patio hubo tortas, cócteles molotovs, guerra improvisada de guerrillas, mamporros, empujones, botellazas, total, que pareció una película surrealista, y todo, todo, por la españolización supuesta del señor ministro... En fin, que al final la questión de la españolización de Cataluña, por lo menos en este barrio, acabó como el rosario de la Aurora...

Fernando Gracia Ortuño

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viernes, 21 de septiembre de 2012

El lector escritor

Como hoy vivimos una era de globalización total del liberalismo consumista productivo, descarnado y reciclable, con contenedores de todos los calibres y tamaños, apenas se encuentran diferencias entre lectores y escritores. Soy pues un lector asiduo y constante, pero también escritor acérrimo, y por tanto todo lo que leo lo enfoco desde ésa óptica nueva, la del escritor lector crítico contumaz que no puede dejar de lado la acidez más fría y demoledora del sistema individualista cosmopolita y productivo de este nuevo liberalismo recalcitrante que está intentando sacarnos todos los cuartos mientras trabajamos como negros, y encima si rechistas, eres el malo porque tienes trabajo. ¡Sí, buana, entonces, que os den por saco, ladrones!


Fernando Gracia Ortuño

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martes, 7 de agosto de 2012

Concurso

El organizador se puso a pensar en un concurso literario. De pronto irrumpió ante su audiencia:

"Atención, público y demás espectadores, pronto crearé un concurso literario universal amañado, en que pienso participar como principal concursante. Quién quiera apuntarse que me envíe un mensaje con todos los datos y sus escritos. El premio está todavía por estipular. Además, como lo más probable es que gane yo, ya me compraré un ejemplar de mi libro, por ejemplo. A los finalis.... bueno, bueno, qué digo..., no, no...., a las finalistas, si están bue..., ejem, y se portan mmm.... tal vez le regale uno, bueno, bueno, bueno..., el libro se va vendiendo poco, también, pero dependiendo del escrito presentado y claro, si la chica está.... ejm... Bueno, me voy a la taberna a beber otro trago de cazalla...., que por hoy ya está bien..."

Fernando Gracia Ortuño


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sábado, 30 de junio de 2012

Desconectar





Ed se ha acercado a la mesa para ver lo que pasaba. No estábamos peleando. Simplemente discutíamos animadamente acerca de lo ocurrido en el trabajo por la mañana. Su talante callado y frío se muestra tan escéptico y calculador que intimida. Recuerda a un francotirador alemán de una película que vi hace años, y por eso no me da buena espina verlo aquí en estos momentos. Pero tiene algo en su mirada que luego tranquiliza. No sé, tal vez su forma de gesticular influye también, tan parca como sus palabras. A veces los de seguridad tienen algo de bravucones que los descalifica al momento, en un segundo nada más. Nosotros dos estábamos hablando de la empresa, le digo para evadir la situación. Esto es algo que no podemos exponer ante él para explicarnos. Ahora es demasiado tarde. La música sigue zumbando. Ed nos mira y sonríe levemente antes de marcharse. Me parece que lo que le he explicado le importa un pimiento, si es que se ha dignado en entenderlo. Su mirada es inescrutable. No dice nada más. Se ha largado. Lo hace con un gesto premonitorio tan característico, como diciendo: “Hasta la próxima, gachones, que lo sé que habrá una”



Luego le digo a mi compañero, que mejor no discutamos en este bar. Al instante se levanta y aprovecha para irse al lavabo. Esperaremos un poco más a que se anime la noche, me digo. Es el BV80 y estoy harto de tanto gritar para sobreponerme al sonido de la música. Las cuerdas vocales necesitan un buen trago. Me pido otro cubata y sin querer me abismo en la música que me gusta, en ese pozo de siempre de mis pensamientos, como hago cuando algo importante me preocupa. Esa mirada involuntariamente feroz del tipo éste, el Ed, aparece primero, y luego toda la bronca en el trabajo desfila ante mí segundo a segundo, con una memoria del detalle que ya quisiera para sí muchos historiadores. Me siento impotente de no haber podido convencer a mi compañero, y el cabrón me hay traicionado frente al jefe, con toda la desfachatez del universo. Es un hijo de la grandísima. Me pregunto qué habría hecho Ed en esa misma situación. Se lo hubiera fundido, seguro, delante del jefe lo hubiera machacado, lo hubiera reducido a la nada. Pero yo, que soy además un calzonazos en la casa, no puedo ni siquiera regir mi vida laboral decentemente. Todo el mundo me toma el pelo, ser ríe de mí hasta el apuntador y el novato de turno recién llegado a la fábrica me toma el pelo, como se chancea uno del aprendiz que no sabe nada todavía y ya se ha fijado en tu inseguridad. Pero Ed  seguramente hubiera sabido reaccionar bien, hubiera plantado cara y luchado como un león para dejar las cosas en su sitio. No, claro, no se hubieran salido con la suya el jefe y este individuo. Junto con los demás compañeros, ahora quieren convencerme de que deje las cosas como están en la fábrica, y que cada cual contemple la guerra según le va. Pero no es tan fácil una cosa así. Ha llegado demasiado lejos.  La música sigue sonando, pero todavía no me consuela ni un ápice. Estoy contrariado, y el recuerdo de Ed se remonta a mi infancia. Traído por las brumas del pasado, aparece el padre de mi amigo de pronto en la memoria, con su halo de leyenda metálica. Ed comparte con él los mismos rasgos. Representa la personalidad acendrada, hermética y severa del que nada teme. Con su solemne carácter contenido, recuerdo lo que mi mejor amigo me contaba de su padre, las hazañas dirimidas con el camión, las hostias con la gente en discusiones de tráfico legendarias donde siempre ganaba él, y esa chocante sensación de su sola mirada intrépida, analizando el escenario concreto antes de actuar, como una fiera que calcula la distancia que le separa de su presa y el punto exacto para desplegar el ataque



Estoy convencido que Ed nunca se hubiera dejado torear de esa manera, me digo mientras llega mi compañero con un cubata en la mano, sonriendo victorioso porque ha visto unas titis bailando con miradas tentadoras en la pista de baile. Tengo que aprender a desconectar del trabajo, me vuelvo a decir por enésima vez. Lo que ha pasado es una tontería, me repito. Me levanto sin decir palabra y me dirijo a la pista. Quiero ser como tú, Ed, atraerlas como imán igual que haces tú, brillar implacablemente así cual tú haces, sin darte cuenta… Sí, amigo, voy a ensayar esa mirada intrépida frente a una de estas bellezas danzantes, y después al fin podré desconectar de una puñetera vez de todo el infierno que me ahoga. Ahora tengo que ser francotirador, Ed. Sí, claro, no hay más remedio… Y localizar inmediatamente a la más potente de entre todas las titis que ahora bailan como diosas terrenales sobre la pista de color. Si no nunca podré desconectar.








Fernando Gracia Ortuño

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domingo, 24 de junio de 2012

Empatía mortal

Los pequeños detalles se fueron sumando y creciendo en la masa informe, que haciendo blu blu se iba formando y ensalzaba, con su desarrollo exponencial irreversible, un acervo viscoso con textura de engrudo horripilante. Cuando la cosa asumió dimensiones humanas, el Alquimista abrió los ojos como platos, y se asustó tanto, que del orgullo de lo que habría creado, sólo le quedaba un rescoldo molesto de pavor en la memoria. Fue en el instante en que descubrió que le quedaban segundos para librarse de aquéllas manos, que simultaneamente le agarrotaban el cuello hasta asfixiarlo, cuando descubrió en la mirada de aquella monstruosa criatura una sonrisa de extraño e irracional regocijo. Tan ancestral y atávica era esa sonrisa odiosa, como horripilante. Pensó ironicamente tantas cosas. La última que se le ocurrió le hizo sonreír, también, en extraña analogía empática, junto con la criatura tan espantosa que él mismo había creado, para más inri.

Fernando Gracia Ortuño
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martes, 15 de mayo de 2012

Retorno de lo mismo

Gilberto Ramplón, cuyo solo apellido y nombre ya bastantes dolores de cabeza le habían causado hasta la fecha, se acercó taimadamente, con mirar huraño e inquisitivo, a la mesa de trabajo número dos. Llevaba tantos años trabajando en la empresa que enseguida se olía los malos rollos. Sabía que su ayudante se estaba choteando por lo vagini en cuanto le vio. De qué, era un misterio, pero daba igual, ¡se estaba choteando delante de sus propias barbas!, y eso era suficiente para llamarle la atención bajo cualquier nimio pretexto que enseguida encontraría.
Efectivamente, lo encontró nada más mirar la mesa del ayudante y descubrir que no colocaba bien el material en las cajas prefabricadas. De malos modos, y tratándolo como a un principiante negligente, comenzó a reprenderle sádicamente como cuando a él de aprendiz le reprendían, atosigándolo hasta la exhasperación. Recordó fugazmente todas aquellas escenas de crueldad, y usándolas ahora como armas, acabó humillando al ayudante delante de los demás compañeros. Tal como habían hecho con él, exactamente con el mismo modus operandi.
Para sentirse mejor, sí, por si cuando llegaba se hubieran estado riendo de él a sus espaldas, de su nombre, y lo que es peor, de su mote, que sólo los eventuales, que duraban cuatro días, se atrevían a vociferar a todo reír, a mandíbula batiente, con escarnio y para callado regocijo generalizado.
Sabía que lo tenía en el punto de mira desde el mismo momento en que un día, hacía años, le contestó de tú a tú, como si los desmanes y tropelías y malos modos, como si las groserías y los insultos que le propinara tuvieran una respuesta no acorde con su posición de “novato”, y por el contrario se atreviera a rechistarle por encima de su amor propio, como un igual más, y no un inexperto, que es lo que pensaba Ramplón, también llamado “El derriba palés” por la mayoría de los trabajadores del centro comercial.
-¡Que eso no se coloca así! -le espetó de súbito a su ayudante, para ver si con los malos modos se revelaba y por un casual le contestaba mal, con el fin secreto de tener motivos para hacerle un parte de mal comportamiento a los superiores.
-¡Siempre se han colocado las cajas de esta manera, parece mentira que no lo sepas a estas alturas! -gritó con todo el desprecio que pudo reunir en su voz intrigante y cascada por muchos lustros de cazallas y carajillos, a primera hora de la mañana, en el viejo bar de su barrio.
-Sí, tiene razón, disculpe, ahora lo haré mejor… -le contestó el ayudante, mientras colocaba el material dentro de las cajas tal como “El derriba palés”, le había dicho-. Por cierto, tenga cuidado con el palé que tiene aquí al lado, señor, no vaya a derribarlo sin querer, y tengamos un contratiempo.
Por un segundo, mientras el ayudande esbozaba una sonrisa escéptica y triste, ”El derriba palés” lo miró a los ojos, sin comprender, y se acordó de cuando era un novato y todo el mundo se reía cuando derribaba los palés con el toro elevador, mientras sus jefes, como él mismo estaba haciendo en esos momentos, lo reprendían injustamente, sin compasión, fríos y con clara y calculada crueldad… Pero enseguida su idea en el recuerdo lejano cambió de rumbo, enfrascado como estaba en hundir a su rival sin la más mínima compasión.


Fernando Gracia Ortuño

domingo, 13 de mayo de 2012

Terror incierto

                                       
   Me acabo de despertar. Apenas recuerdo cómo he llegado a este estado actual, ni desde dónde. Sólo compruebo que está todo oscuro. ¿Pero dónde estoy? ¿Por qué estoy aquí y no veo nada y el silencio resulta tan abrumador? Es alarmante no saber dónde estás, ni nada de lo que has hecho durante el día antes para llegar aquí. Despertar en la nada oscura y absoluta Está todo inundado por la tiniebla, y no sé cuánto llevaré aquí, ni el tiempo que he estado inconsciente. No se puede ver nada.  Parece que ha pasado un siglo desde la última vez que desperté. ¿Dónde estaba entonces? En todo caso éste no es mi lugar.

   Pues estoy sorprendido al comprobar que todo apunta a que la situación comienza a desbordarse desde la nada. Y que está fuera de control por el miedo que comienza a inundar mi estado de ánimo paulatina e inexorablemente. No me acabo creer esta situación, ni de situar al cabo de varios intentos para encender la luz. Palpando el suelo, que es lo único tangible, la sala parece infinita, fría. Me pregunto infinidad de cuestiones, todas sin utilidad en estos momentos. Estoy convencido que podría estar gateando una, dos, o incluso tres horas sin encontrar interruptor alguno. Ni soñando hay luz aquí, pienso, ni ventanas. Por lo visto se trata de un cuarto oscuro inmenso, quién sabe en qué rincón del planeta, ni qué país o continente.

   Me incorporo, al cabo de unos instantes de indecisión, todavía perplejo, al darme cuenta de la situación tan inaudita, y al instante me golpeo contra algo indefinido que muy bien pudiera tratarse de un postigo, el cual me hace caer. Aturdido y desorientado por el testarazo, me levanto de nuevo, espantado. Las pulsaciones se me han acelerado también debido al enojo repentino. Trato de hacerme con la situación. Pero, para mi asombro, a la altura de un supuesto techo o alacena, vislumbro de pronto dos puntos rojos incandescentes que parpadean alarmantemente a escasos metros de mí. Mi corazón se desboca al instante en el avieso fulgor de esos ojos rutilantes. Sin poderlo controlar, horrorizado por semejante presencia insospechada, me quedo paralizado, tratando infructuosamente de recapacitar primero, pero retrocediendo después fatalmente, arrastrándome frenético por el suelo

   No puedo quedarme quieto en el frío pavimento, y sudando a mares, sin aire apenas en los pulmones, decido seguir arrastrándome lo más posible hacia atrás. De pronto el dolor de huesos se hace insoportable, y me levanto, decido caminar pese a todo, y al palpar tenuemente una pared imaginaria, procurando mantener el control y situándome frente al supuesto postigo, los ojos reaparecen y es espantos, horripilante Descubro de repente que  me están mirando fijamente, sin solución de continuidad, quedándose con todo detalle y siguiéndome allá donde me arrastro poseído por el horror. Como si esas ascuas tan pavorosas fueran humanas, después de todo, pensaran, planearan, y sobre todo observaran mis movimientos más nimios.

   Me siento por ello todavía más paralizado, cada vez más Me levanto. Y en un último intento por huir, vuelvo a caer, y me arrastro frenéticamente. Todo es infructuoso. He caído de espaldas por enésima vez, me tropiezo, vuelvo a caer, y me levando de nuevo. Entonces me doy cuenta, casi desmayado y sin resuello, que hay unas deslizantes formas indefinibles al lado mío, agitándose sinuosamente en la oscuridad. Al percibir algunas en la penumbra espesa y rojiza del cuartucho, no puedo por menos que proferir un agudo y potentísimo grito aterrorizado que retumba en la noche, formando en su propagación ecos sucesivos en lo que parece un espacio invisible y remoto.

   Con cautela, procuro acercarme a esas formas misteriosas en movimiento, intentando cerrar el postigo en mi avance. No hay un ruido siquiera. Cuando logro ponerme de nuevo de pie descubro horrorizado que a mi lado, pegados a mí, refulgen sinuosamente, como dos ascuas ardientes, los ojos ígneos que estaba buscando, que parecen haberse adelantado a mis intenciones. Con el mayor sigilo y sumo cuidado, giro mi cabeza hacia la izquierda, y atenazado por mis más profundos temores, mientras me observan  y escrutan pavorosamente desde el costado los ojos del horror más espantoso, me doy plena cuenta que. la tensión que me abate me está agarrotando por completo, impidiendo cualquier vía de escape, y disminuyendo mis fuerzas hasta la inanidad más absoluta.

   Ahora ya no se trata de respirar, pues no lo hago, sino que apenas esbozo algún movimiento mientras descubro la perdición más ineluctable. Ni mucho menos tratar de continuar imperceptible para la bestia inhumana que permanece inmutable a mi lado. Sé que en cualquier momento va a desencadenarse el peor y más espantoso de los finales, aunque no puedo determinar el momento exacto. Sumido entre tinieblas, en esta extraña e ignota demora, soy consciente que en décimas de segundo, milésimas tal vez, en que no podré siquiera sospechar el feroz ataque, su gruñido aterrador, potentísimo y salvaje, lo inundará todo de repente. Décimas de segundo inconcretas, instantes inciertos que del modo más truculento explotarán de súbito en la vasta oscuridad, inundando la noche, como otrora lo hicieran los inolvidables y misteriosos, magníficos aullidos del lobo…

Fernando Gracia Ortuño
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domingo, 22 de abril de 2012

Famoso


Siempre lo reconocían en los aeropuertos, las chicas, que trataban de abalanzarse sobre él para el autógrafo. Como era tan elegante y en las telenovelas fingía tanta pasión, le identificaban inconscientemente con el amor. A lo mejor luego no hubieran sabido qué hacer, pero la perspectiva las hacía soñar. Claro, esto multiplicado a la séptima potencia por sus obligaciones, le sobrepasaba. No daba abasto. Le hubiera gustado multiplicarse. Satisfacerlas, pero no podía ser. Esto le hacía pensar: tantas fans ansiosas por conocerle mejor. Por fin se decidió a viajar a un lugar remoto y paradisíaco oculto del mundo. La prensa rosa no conocía su ubicación en el mapa. Había pasado un mes. Tenía que salir del hotel a cenar. ¡Y ahí llegaba gritando una en el restaurante, levantando la liebre…!¡No!, pensó ¡Otra vez la multitud encima, histérica. Los guardas le tiraban de la ropa a la chica, hasta dejarla sin pantalones, pero ella persistía tenazmente, como un jabato acorralado tironeando de él medio desnuda, chillando. Luego, de vuelta a su habitación, pensó mucho en la fan aquella, y que estaba aburrido en el hotel, antes de dormirse. Podía tener miles.




Fernando Gracia Ortuño



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sábado, 21 de abril de 2012

La comida


      
Nos habíamos adentrado por la espesura y ya no podíamos volver sobre nuestros pasos. El Cholo, el Quique y yo, todos experimentados escaladores en busca de las cumbres inaccesibles de la montaña sagrada de aquél exótico país desconocido. Vagábamos sin rumbo a través de una intrincada red de manglares, y después por la selva oscura plagada de maleza.
En un momento dado el Cholo decidió seguir la ruta por su cuenta. No pudimos hacer nada por retenerlo. A lo lejos oíamos los tambores de una tribu, a medida que íbamos avanzando. Entonces, en un momento dado, el Quique, alarmado e histérico, quiso volver al campamento.
También lo perdí, sin poder hacer nada, teniendo que continuar solo. Me capturaron los nativos unos kilómetros más adelante, chiquititos y oscuros, con mirar huraño, amenazador. Durante el arresto me temí lo peor, pero en lugar de matarme, por la noche, maniatado, me obligaron a comer, sirviéndome una especie de salsa con costilla picante. Mientras me relamía, chupándome los dedos por el hambre atroz, contemplé horrorizado las mochilas y las ropas de mis amigos allí tiradas, junto a la caldera hirviente de troncos.
Fernando Gracia Ortuño
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miércoles, 11 de abril de 2012

El domador

Hay que tener un par de narices para enfrentarse a ellos cada día. Huelen tu miedo, y están esperando la mínima ocasión para abalanzarse sobre ti cuando estás desprevenido. Ni el látigo ni el estoque que llevamos serían suficientes si tuvieran hambre. Me acorralarían y con sus artimañas bien estudiadas acabarían conmigo en pocos segundos.

Están acostumbrados, llevan millones de años en la sabana estudiando sus estrategias y poniéndolas en práctica frente a las cebras o los bisontes, que también han aprendido a sortearlos de mil formas diferentes.

Pero estos leones son especiales, me conocen, han aprendido a oler mi inseguridad, y si no fuera porque los conozco yo también y los he estudiado a conciencia, ya habrían acabado conmigo. Cuando abren sus fauces y empieza el show parece que saben la expectación que generan frente a su público, que los contempla impresionado y sin aliento, pero sin tener verdadera idea de lo que representa estar aquí dentro encerrado con ellos en una jaula.

Yo sí que lo sé. El día que nadie pudo evitar la tragedia, el público vibró de verdad, cuando devoraron a mi sustituto en un periquete. Por lo visto el mozo encargado de darle de comer por la tarde no lo hizo, porque tuvo que irse a un concierto en el Palacio de los Deportes. Yo contemplé las imágenes aterradoras por televisión. No dejaron nada del pobre domador, y todo frente a millones de personas que se quedaron heladas al verlo, y, lo que es peor, sin mover un solo dedo por la impresión. Claro, estoy cabreado porque me hubiera tocado a mí, de no ser porque también fui al concierto esa noche.

La negligencia del mozo de cuadras, que no le dio de comer a estas fieras, y lo que es pero, seguramente cuando se largó estaba pensando en algún ligue, el bribón. Porque ¡no me puedo creer que uno sea tan despistado...! Yo no sé dónde vamos a ir a parar con esta juventud que tenemos en este país. ¡Parece mentira que encima que ofreces trabajo en un circo, se toman sus obligaciones tan a la bartola...!





Fernando Gracia Ortuño        2004


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miércoles, 29 de febrero de 2012

Reunion de banqueros.

Cuentan que habia una vez, en una union de paises, una reunion de poderosos banqueros que, preocupados porque sus ciudadanos comunitarios estuvieran al borde de la quiebra, del hambre y los desastres sociales tipicos de una depresión económica desastrosa, (con desórdenes y manifestaciones violentas de todo tipo y la mayoría de la gente al borde la pobreza extrema, así como millones de sintechos que comenzaban a morirse de frío por las noches), cuentan, digo, que los banqueros, muy preocupados por esta situación tan amenazante de sus riquezas, decidieron hacer una reclamacion a la union de países para pedir prestados unos cuantos milloncejos de más, -además de los que ya habian pedido en anteriores ocasiones-, para gastos de hipotecas y demás, para dar al pueblo de la unión créditos y que esto generara empresas, empleo, y las gentes que morían en las calles congeladas pudieran por lo menos tener un techo. Puesto que de momento no podían extender más créditos, por la crisis tan espantosa que estaban viviendo.

Cuando la union de países descubrió al cabo de un cierto tiempo que los milloncejos se los habían trincado los banqueros en su propio beneficio, para sumar intereses en sus bancos creando bonos de deuda pública, y que de lo de los creditos y los empleos nanae de la China, el pueblo comenzó a protestar y desesperarse.

Los gobiernos de la unión se quedaron de pasta de boniato, y el pueblo, echándose a la calle, pues no tenia nada que perder, se lio a pedradas contra todo, y entonces los banqueros se acoquinaron mucho. Algunos de ellos dijeron en la reunion de banqueros que si no recibían más milloncejos de la union, ellos no podrían mantener el volumen de negocios, y que sus bancos se resentirían, y que tal vez se irían a la quiebra.

A lo que enseguida los demás banqueros se unieron al unísono a sus protestas. Pero los representantes de los ciudadanos de la union dijeron que se fueran a la quiebra y a otro sitio, si hiciera falta, pero que soltaran los milloncejos que habían robado.

Los banqueros, ante semejante muestra de hostilidad se acoquinaron mucho, y uno incluso tuvo que ir a hacer de vientre al lavabo urgentemente, porque se lo hacía encima. Uno de ellos dijo que si no les daban más milloncejos, los estados de la unión, ellos no podrían mantener su nivel de vida.

-¿Y toda la gente que está pasando hambre, frío y penalidades en la calle, sin techo donde dormir ni nada que llevarse a la boca?, -preguntó un representante ciudadano-. Con uno sólo de los milloncejos que habéis robado habría para darles mantas y caldos, sopas y comida caliente.

Pero el banquero, al pensar en sus mansiones, que tenía que mantener, sus criados, sus lobbys y demás tinglados que formaban un rascacielo de dinero tan grande como la montaña del Kilimanjaro, gritó desesperado y sin darse cuenta:

-¡No, mis milloncejos y mis intereses y mis bonos que no me los quiten, que se los quiten a este otro banco de aquí, que el mío ya está en quiebra! -mintió.

Y en esto que los demás banqueros allá reunidos, alarmados, de pronto y sorprendentemente lucieron unos colmillos sangrientos de por lo menos un palmo. Ipso facto lo atacaron a la yugular, y le chuparon toda la sangre.

Al poco tiempo llegaron los medios de la prensa rosa y muy compungidos difundieron la triste noticia de que los vampiros habían vuelto a atacar. Pero ni rastro de ellos.

Fernando Gracia Ortuño

martes, 28 de febrero de 2012

El mastodonte

El mastodonte se ha enfurecido y tirando cosas y gritando, te mira amenazante, con los ojos inyectados en sangre por el orujo que se ha trincado en el desayuno. Con el puño en alto a punto de descargarlo sobre tu faz, la sangre se le agolpa en la cara a punto de estallar en una apoplejia homicida porque te has atrevido a llamarle la atención. Como lo has reprendido por no trabajar y llegar tarde después de estar bebiendo en la cantina,  eso es el peor de los ultrajes, que el mastodonte no puede consentir. En tiempos de paro y crisis, donde prolifera imparable la miseria social, hay recortes, hambre, en tiempos difíciles donde la gente comienza a pasar hambre, tenemos en este país de genios mastodontes con trabajo estable que le quieren partir la cara a todos aquellos que los despierten de sus anhelados sueños etílicos para TRABAJAR. Parece un chiste, pero no lo es. Estamos en España.

Fernando Gracia Ortuño

domingo, 26 de febrero de 2012

El mote

El otro día entramos en una cantina de barrio para tomar algo. Una cosa que jamás habíamos hecho. Yo tengo una mentalidad muy estricta con esto de los motes y sobre todo con los insultos. No me gustan, para nada, me he criado desde siempre en un ambiente sociable y relajado. Toda mi vida, desde que era practicamente un bebé, jamás me he visto influido por las vulgaridades de los hombre trabajadores de a pie. Por eso me sorprende sobremanera cómo se trataban el uno al otro los camareros en aquel extraño antro a que fuimos a parar. No había mucha clientela, por eso lo escuchábamos todo. Uno le decía al otro de todo para infravalorarlo, por lo visto hacía rato que discutían enardecidamente, y el otro le contestaba siempre con la coletilla mote de "tontolhaba". "Tontolhaba" por aquí, tontolhaba por allá, en fin, que no paraba. Total que en una de estas me acerco a la barra a preguntar al sujeto que estaba, según mi opinión, maltratando al supuesto "tontolhaba", y le pregunto, un tanto indignado:

-Escuche, señor, si no es mucha molestia: ¿Me podría decir por qué cada vez que le contesta algo a su compañero, le acaba llamando "tontolhaba como coletilla a su respuesta"? No sé, me parece una cosa un poco irrespetuosa, caballero... No sé bien bien lo que significa, pero en fin...

A lo que el señor aquél, barman, o lo que fuere, me contestó, con su media sonrisa dibujada en las fauces:

-Escuche, señor, este señor, no es que yo le llame "tontolhaba" por gusto, sino que su apellido es el mismo. No se ofenda usted, señor cliente, que en ningún momento estoy ofendiendo a mi compañero, el señor "Tontolhaba". Que de apellido se llama así.

-Ah, bueno, -respondí más tranquilo-. Entonces disculpe usted. No quería intrometerme.

Y me fui a sentar de nuevo con mi señora. Pero claro, sin poder estar por lo que hubiera tenido que estar, y sin dejar de poner oído, todavía, a lo que decían. Ella, al verme tan atento, me llamó la atención, pero la calmé en un plis, porque nos teníamos que ir en un ratito. 

No podía dejar de escuchar el sonsonete aquél de "tontolhaba" una y otra vez, y claro, esto acabó por ponerme de nuevo curioso hasta extremos exasperantes. Cuando le gritaba con desprecio, en un momento de la conversación: "¡Tontolhaba, imbécil, que no ves las cosas más sencillas, tonto del culo, gilipollas!", cuando le repetía una y otra vez  cosas tan horribles como que su novia lo había dejado por tontolhaba y tiquismiquis o niño mimado, que no ve tres en un burro, o que no tenía ni un solo amigo de verdad porque él mismo era una mentira, un liante y un cabrón, ya entonces pensé que el camarero, astuto y ruín,  socarrón y ladino como un zorro, me había mentido para enviarme a mi mesa, y que verdaderamente el nombre de "tontolhaba" que había estado gritando tanto no era ni por asomo un apellido. Sino que estaba convencido que su compañero, por su modo de vida o por los genes, era sencillamente un tonto. Pero estas cosas son complicadas de saber. De todos modos, cuando empezó a llamarlo "gilipollas",  "cabrón", "tonto del culo" e "hijo de puta", me di cuenta de la verdad. Y es que las gentes humildes de los bares y tascas son así, llaman a las cosas con demasiada franqueza. Y por lo visto le llamaba "tonto del culo" por sus motivos, que tendría después de conocerlo bien. Pero claro: ¡Qué vulgaridad, señor!

Fernando Gracia Ortuño

Un amigo

Un amigo no es aquél que cuando tienes problemas en el trabajo se burla de ti. Un amigo no es aquél que cuando más lo necesitas te da de lado. Un amigo no es el que desprecia tus dones, talentos o gracias. Un amigo no es el que aprovecha la mínima oportunidad para burlarse de ti en público. Un amigo no es aquél mierda que no testificará los hechos tal como sucedieron, sino distorsionando la realidad para perjudicarte. Un amigo no es el que se alía con el bruto para que si llega el golpe, lo recibas tú. Un amigo no es, en resumidas cuentas, el que cuando más lo necesitas no está, o se hace el sordo, mudo y ciego. Eso es un mierda, pero no un amigo. Y tú nunca serás mi amigo.

Fernando Gracia Ortuño