lunes, 8 de abril de 2019

La gente idiota


Una vez al año los de la agencia nos reunimos en la cafetería de un hotel cercano para celebrar el aniversario. En realidad, lo que celebramos no es la Navidad, es la supervivencia, un año más, de la empresa de detectives en los tiempos que corren. Divagamos, planteamos, elucubramos, debatimos e incluso nos enzarzamos tenazmente en discusiones de los más variopintas sobre cualquier tema u ocurrencia de actualidad. A veces la discusión dura días. Los agentes de mi empresa de investigación son de todos los colores ideológicos, calibres o tendencias. Se podría asegurar, por tanto, que el debate y la controversia están asegurados en cada reunión. No es que los temas estén programados. Simplemente salen espontáneamente. Y éste fue el caso del fin de semana pasado.
   
Como últimamente, y por desgracia, en este país, donde hay mucho botarate suelto, ha habido unos cuantos casos de violación por parte de inmigrantes magrebíes, (en comparación muy desigual con las violaciones protagonizadas por españoles), y nosotros mismos habíamos tenido que tratar e investigar y resolver alguno de ellos, pensé que el epígrafe de nuestro debate en el hotel podría muy bien ser: “Si es morito no es violación”. Es un tema bastante complicado, pensé. Se te puede echar encima media población ignorante o, lo que es peor, la supuestamente progresista, todavía más peligrosa, si cabe, en términos generales. Después de pensarlo un poco, por consiguiente, así lo titulé, a pesar de mis iniciales escrúpulos. Sobre todo, movido por principalmente por la resolución de un caso que nos había sido encomendado, a sabiendas de la controversia y el encono que iba a suscitar entre mis colegas. Pero debido a la gravedad de la situación, de todos modos, y por el hecho de que a mí mismo como investigador me preocupaba mucho el asunto, me daba igual si se peleaban entre ellos, si la cosa, como en otras ocasiones, acababa a puñetazo limpio en la acera de enfrente al hotel.
    —Por lo que veo aquí, la mayoría de los agentes atribuís el problema directamente a los políticos inútiles y meapilas, con sus leyes permisivas para con el grupo social afectado de menas y moros de acogida, y esas leyes tan demenciales que muchos catalogan como arbitrariamente indiscriminadas y buenistas. Pero en el fondo falsamente progresistas y, por el contrario, excesivamente irresponsables. Es decir, que, debido a un acuerdo internacional con Marruecos por parte de un gobierno irresponsable, estas leyes demenciales permiten la entrada, sin discriminación alguna, de muchos delincuentes comunes, gente de malvivir, mucha chusma, o sencillamente gentuza del hampa, entre el personal que se acogía, dando por ello cabida a lo que se suele denominar la purria insociable y demás escoria de guetos o caldos de cultivo de toda índole de criminales. Podrida, en su extracción temprana, esta carne de prisión, lejos de buscar la socialización y la integración en el país, huye más bien de sus respectivos países por diferentes razones de ilegalidad, entre ellas el afán de lucro a toda costa, la pertenencia a mafias de trata de personas o la delincuencia común. Estas mafias ven en España muchos puntos a favor accesibles para prosperar y cometer toda clase de atropellos, debido justamente a estas leyes tan estúpidas de este pueblo botarate, según ellos tonto perdido, además de que las condiciones carcelarias, como sabéis bien, en caso de ser cazados por las fuerzas del orden y condenados por la justicia, están hechas para darles una vida de lujo a todo tren, incluso allí, a cuerpo de rey y, según manifiestan luego en su país, casi hoteleras, de lujo, sobre todo a causa de las pingües ayudas sociales a los colectivos con hijos en situación de delincuencia común y supuestamente sin recursos, todo lo cual representa para ellos, acostumbrados a una vida miserable, unos incentivos inexcusables.
   
Como pude darme cuenta nada más llegar, en la discusión también estaba mi amigo Juan Pereira, —el que llevó el caso de la violación de un almacén ocupado de Pueblo Nuevo—, que se rebeló en contra de esta opinión general, atribuyendo toda la culpa a nosotros mismos, como sociedad, que permitíamos que los políticos generaran el problema desde sus puestos de poder e influencia.
    Hubo un momento en que los ánimos estaban tan caldeados que varios agentes insultaron a Pereira como en broma. También la cerveza tuvo su culpa, y las horas que llevábamos allí, discutiendo un problema complejo sin llegar a ninguna conclusión. Al final, unos querían cambiar los políticos, otros las leyes. Algunos hablaron de educación y de años de rehabilitación y cambios sociales de verdad. Unos pocos más de otros asuntos también importantes. Sólo Pereira se mantenía en sus trece y se atrevía a abordarlos sin ningún tapujo. La mayoría lo tacharon por eso de facha y de nazi, y otros de racista. A mí, Pereira, me dejaba de pasta de boniato. Pero me caía mucho mejor que los otros, que querían hacerse los buenos. Sobre todo, cuando dijo:
    —¡Mételos en tu casa, puto cabrón! ¡Ya verás lo que duras tú y tu familia! Sois una pandilla de capullos. Me gustaría veros en la piel de esa pobre chica. El padre no es ningún delincuente, García. Sólo quiere hacer justicia, ya que por lo visto no la hay. Vosotros mismos lo reconocéis. ¿Entonces, qué…? ¿Qué mierda tendremos que hacer al final, ir a la caza del morito bueno y violador y castrarlos como hacen en algunas sociedades antiguas? ¡A esos bastardos los tendrían que castrar, joder, buenistas de los cojones, esto no se puede arreglar como se está haciendo, esto sólo lo comprenderéis cuando violen a vuestras hijas y a vuestras esposas, capullos, ya, joder…!
   
 
Todo el mundo, ante su divertida indignación, irrumpió en una sonora carcajada, como si Pereira fuera un niño cabreado que se enfurruña sin motivo válido. El estruendo en el hall de la cafetería fue espantoso. Pereira hizo un gesto de indignación contenido, como si estuviera a punto de recoger su chaqueta y dejar el lugar sin más. García, un tipo muy seguro de sus creencias, parecía regocijarse con el ridículo de su amigo. Estaba repantigado en los amplios divanes del local y la expresión de su cara denotaba cierta satisfecha determinación, un aire de terquedad de los que siempre parecen muy sobrados en casi todo.

    —¡Qué no tienes razón, coño, que te calles ya! —y reía con altanería delante de todo el mundo, precisamente por eso. Pereira lo miraba con animosidad, pero se contenía por no llegar a los insultos—. Pero cuéntanos, cuéntanos, racis…, Pereira, cuéntanos un poco cómo fue el asunto éste del padre de la víctima. Qué te pidió, cómo lo hizo…
    —¡García, ya te lo contaré, pero hoy no! ¡Anda, que te den por el culo, tío mierda!
    En ese momento hubo un conato de pelea. García se agitó unos segundos, herido en su pundonor, haciendo ademán de levantarse para encararse con Pereira. Pero su peso se lo impidió, y supongo que también su estado de ebriedad. Pereira, por el contrario, se levantó tranquilamente y se alejó del grupo como si ya no los conociera, y se fue hacia la barra del bar. En honor a la verdad, tengo que decir, que el resto de los colegas, en realidad, la mayoría, no se lo tomó tan mal como ellos dos, sonriendo la mayor parte, y quedándose pensativos y satisfechos los otros, como si para nada se hubiera roto el ambiente de buen humor y chascarrillo que reinaba antes. Como si en fondo a ninguno le importara el asunto de verdad.
    En ese estado me encontré a Pereira en la barra. Viendo su evidente enfado, le invité a un cubalibre. Parece que conmigo se acabó de desahogar, pero por lo menos su tono había cambiado ahora. Y como si se arrepintiera del espectáculo de hacía unos minutos, me concedió que lo sentía.
    —Escucha, Jonny: ¿Sabes que ese hombre me ofreció dinero por cazar a esos hijos de puta? Sí, tal cual te lo estoy diciendo, me ofreció dinero para hacer justicia por su cuenta. Están desesperados en la familia. El padre está reconcomido por la rabia, el dolor y la impotencia más acuciantes. El rencor los consume y es comprensible. Se sienten abandonados por toda la sociedad. Ni los apoya la sociedad, ni los medios. Ni siquiera nosotros, los polis ni mucho menos los del juzgado, que los sueltan enseguida. Este país no es serio, parece Isla Fantasía, o Flipilandia, Es descojonante. Esto no debe de pasar más que aquí. Encima las televisiones los protegen por ser moros, ¿te das cuenta, eres consciente de lo que está pasando en este país? Los dejan sueltos, tío, los dejan libres para que sigan delinquiendo, y ellos se parten de la risa, no se lo pueden creer. La cosa promete. El padre dice que antes de que lo hagan otra vez, antes de que ni siquiera se les pase por la cabeza, él dará con ellos. Exagera, delira, claro… Puede que no lo consiga, puede que no llegue a tiempo, pero lo va a intentar. Eso sí que lo sé... Ellos no, ¿qué coño está pasando en esta sociedad, Jonny? Parece como si un virus de la estupidez y la maldad lo invadiera todo y hubiera colonizado la mente de la sociedad. La gente no quiere saber nada. ¿Sabes que estos delincuentes tienen un juego?, no recuerdo cómo se llama… Ah sí, se llama Taharrush. ¿Sabes que el Taharrush consiste en violar mujeres infieles, mujeres que ellos suponen cristianas y a las que, según ellos, por tanto, tienen todo el derecho de violar cuando les apetezca, como en la mayoría de las guerras? Un juego muy tradicional entre ellos, de la época de la Edad Media. ¡Cuánta cultura, verdad! ¡A esto también le llaman cultura y religión!
   
    Así continuó un rato más. Lo había estado pensando a lo largo de las horas en que estuvimos allí en la barra, y nada podía salir mal. Le dije mi plan muy seriamente, paso por paso. Él accedió, al final. Aunque al principio no se había querido involucrar, finalmente asintió:
    —Escucha, Pereira: me has convencido. Esto ya es una cosa personal, nada detectivesco. Somos humanos, la paciencia tiene un límite. Vamos a ir a por esos hijos de puta, vamos a acabar con ellos. Sabemos dónde están. En el barrio donde viven, cerca de la casa que han ocupado, no paran de pavonearse, y desde que los soltaron y saben que son impunes y se salen con la suya, se ríen de todo el mundo; sus mofas no pueden ser más descaradas y arrogantes, y la gente les teme tanto que los respeta.
    —Las cosas, o se hacen bien, o no se hacen. Estoy de acuerdo, hablaré con el padre de la chica.
    Y así se hizo. Han pasado muchos años desde que escribí lo de arriba. Al final no nos pillaron. Creo que ya no lo harán. Pereira, el padre de la chica y yo, una tríada infranqueable. Por una vez se ha hecho justicia. La vida es así: donde las dan las toman. Los cogimos con las manos en la masa, los acorralamos y sujetamos como debería haber hecho la justica inexistente. Esos bastardos, cuando los acorralamos, ya no reían ni festejaban, ya no era el tiempo en que abusaban de su fuerza ni de su número. Algunos gañidos cobardes, nada más, como los del perro de presa que es atrapado y descuartizado por el leopardo, que se ha colado en la casa de montaña subrepticia, inexorablemente…
    Puede que ahora a esos castrados minusválidos, los más progres del país, les den paguitas y los mimen como recién llegados gloriosos, los que se consideran excelsos y buenos, los tratarán como a los mejores huéspedes sin haber confirmado sus antecedentes legales. Puede que ahora los bien pensantes de los demócratas auténticos, que dejan que violen a las hijas de los demás, los cuiden mejor y los amparen en esta sociedad de mierda, pero por lo menos violar, lo que se dice violar, esos bastardos no lo harán más. Por el recuerdo que hace la asociación mental de ideas, la verdadera educación. Seguro que García no tendría ni puñetera idea de esto, si se lo preguntaran alguna vez, incluso si sufriera en carne propia el oprobio más grande sobre la faz de la tierra. La gente ésta idiota, tan demócrata y solidaria con el crimen, no aprende ni con esas…

Fernando Gracia Ortuño

martes, 2 de abril de 2019

Una especie de mafia


Había pasado la mañana en el gimnasio del barrio, en mi ciudad, Barcelona, haciendo cardio y sudando como un pollo; así que estaba considerablemente reventado. En los vestuarios, un reducido pelotón de filósofos se había enzarzado en una trifulca ideológica sobre el existencialismo de Sartre y Camús, comparándolo con el Vitalismo de Nietszche, y toda aquella algarabía de gritos y acusaciones verbales mientras se cambiaban, pululando frenéticamente de un lado a otro del inmenso vestuario, replicando y aludiendo a todo tipo de nombres extraños, me había acabado afectando a los nervios. Así que salí a la calle escopetado, con el ímpetu irreprimible de un poseso. Apenas pude escuchar el saludo de la secretaria en el mostrador, aludiendo en broma, como siempre, a mi profesión: “Hasta luego, detective”.
    Llegué al despacho de la Gran Vía sobre las cuatro y media. Alta, rubia, de aspecto juvenil, la nueva clienta estaba esperándome en el hall de la entrada. Ya habíamos estado hablando por teléfono el día anterior, por la mañana. Parecía muy angustiada. La saludé, tratando de infundirle ánimos. Apenas si me respondió. Subimos por el ascensor hasta el ático. Su expresión preocupada no varió en todo el recorrido. Cuando llegamos al despacho le ofrecí café. Lo rechazó. Ya me había contado a grandes rasgos el motivo de su consulta. Ahora había que entrar en detalles. Se puso a hablar de pronto, con cierta premura, como sin venir a cuento, en cuanto se sentó al otro lado de la mesa de mi despacho:
    —Escuche, no tengo mucho tiempo. Ya le conté ayer lo ocurrido. Mi hijo ha hecho una locura, me llamaron del hospital hace unos días. Se había tomado unas pastillas. El caso es que había estado contándome tiempo atrás algunas cosas ocurridas en su trabajo. Creo que le han estado gastando alguna broma pesada. Cuatro hijos de puta bien colocados. Él no se lo quiere creer jamás. Nunca se imagina nada raro. Cosas de parejas sucesivas, historias de novias, roces, amoríos y rupturas que a mí jamás me hubiera contado, pero de los que me he acabado enterando por medio de una amiga que trabaja allí. Todo esto que él imprudentemente iba contando en el trabajo, tal vez pensando que estaba en presencia de algún amigo, no suele ser habitual. Y yo, que si una cosa he aprendido en esta vida es que en el trabajo no hay amigos, le hubiera podido aconsejar, pero a mí no me ha escuchado nunca. Estoy convencida, por otro lado, que le habían estado haciendo la vida imposible, por las cosas que me contó mi amiga. Las burlas, las ironías. Se había convertido de la noche a la mañana en una especie de hazmerreír recurrente en esa cocina de hospital. Pero todavía no le habían mordido con la bellaquería que es capaz la gente. Se rebeló finalmente, hace unos meses, agrediendo a uno de estos energúmenos. Se liaron a tortazos o empujones, no sé bien…. Desde entonces no ha parado de tener problemas. Es más, se le han incrementado, sin que él sea del todo consciente. Porque se imagina que la vida laboral es como en el colegio cuando era niño, y que las cosas se olvidan fácilmente. Y no es así. Se burlan en su propia cara, con lo bueno que es… Ahora más, claro. Le hacen el hueco, no le tratan como al principio, le dan los peores trabajos por la bronca que armó, lo cambian de sitio a cada momento, sin decirle bien lo que tiene que hacer, lo sobrecargan de faena, hablan a sus espaldas. En fin, que como desde hacía un tiempo lo estaba pasando mal por culpa de sus desengaños amorosos, (y encima lo contaba todo en el trabajo a modo de desahogo, sólo por ver si alguien le podía aconsejar, o ayudarle tal vez a encontrar pareja), esa gentuza se empezó a ensañar todavía más con las bromas, mofándose de él implacablemente, con lo sencillo y bueno que es. Se cachondeaban de él siempre que aparecía, le comenzaron a lanzar indirectas del tipo más soez, se burlaban de sus carencias afectivas, le recriminaban, sobre todo, el que buscara pareja por internet, o que se fuera a otros países por reclamos de alguna mafia de estas que salen en los telediarios. Con él, en poco más de un año, todo se convirtió, del buenrollismo y la broma del principio, a la burla y escarnio más despiadados y crueles de hasta hace poco. Sin embargo, este no era el único problema. El problema principal era que él le quitaba hierro al asunto. Se lo echaba en cara a sus propios errores, que no podía evitar. Estoy segura que piensa que el irremediable es él. Pero no debería contar esas cosas. Lo cree un momento, pero enseguida se le olvida, en cuanto vuelve a verlos y siente la necesidad de hablar. Se imagina que ese alguien es el más apropiado. Al final lo tengo ingresado en urgencias. Está desintoxicándose por unas pastillas. La trifulca estaba esperando, y una vez que se reveló ya no había vuelta atrás. Hizo que la cosa se pusiera cada vez peor. Se multiplicaron las burlas, los escarnios, las mofas, todo lo malo… En fin, me gustaría denunciar, pero no sé qué se podría hacer. Créame, se enfrenta cada día a una especie de mafia, una mafia muy difícil de incriminar, como comprenderá, porque él no lo sabe.
    Tanta información de golpe, a pesar de conocer el asunto, me apabulló durante unos instantes.
     —Sí, lo sé perfectamente, pero déjeme pensar… Escuche: ¿No le importaría que me introdujera en esa cocina para obtener pruebas y luego llevarlas a su abogado? Creo que se podría ganar el caso, introduciéndome en esa cocina para conocer el ambiente y recabar todas las pruebas irrefutables. Tengo un contacto en Inspección Laboral que me conseguiría un contrato sin mucha dificultad. Trabajaría allí unos días, si fuera preciso. Como uno más.
    —¡Ah! ¿Se puede hacer una cosa así? —me preguntó, alegremente sorprendida—. Iría de fábula, por supuesto que sí…
    Parece que la tristeza y el mal rollo de hacía escasos minutos se le habían desvanecido de la cara como por arte de magia. Me alegré por ella, sobre todo cuando vi el fajo de billetes de los honorarios delante de mí. Me despedí de mi cliente mientras la contemplaba sonreír. Enseguida llamé a mi contacto de la Seguridad Social. Todo se solventó en menos tiempo del que pudiera imaginar. Desde Inspección me comunicaron además que estaban al tanto del proceso legal levantado y que en breve se iniciaría el procedimiento reglamentario.
    Cuando llegué a mi nuevo “puesto de trabajo”, una cocina inmensa y llena de personal de todo tipo y categoría, enseguida me di cuenta de que allí la peña no hablaría ni aunque le retorcieran la nariz con un tornillo mecánico mientras le sacaban la piel a tiras con unas tenazas. Era un gremio demasiado cerrado, lo sabía, no se comprometería nadie. Así que tuve que recurrir a mis dotes dramáticas. Primero me puse a hacer un poco el payaso. Se me da bien contar chistes. Desde siempre. La gente aquélla, pulcramente vestida de blanco y con gorritos y calzados al uso, comenzó a fijarse en mí. Tenía que encontrar un aliado, una especie de cómplice en los primeros días de batalla. Me corté ligeramente un dedo con el cuchillo de cocina en un despiste, y lo aproveché para llamar un poco la atención del personal. Así que me puse a hacer grandes alharacas al respecto. Pobrecito de mí, parecía que casi estaba a punto de desmayarme. Se reunió un buen número de curiosos, esperando tal vez que me hubiera hecho un buen tajo, o por lo menos que me colgara alguna extremidad. Enseguida vino el encargado, un tal “Tonino” al que todo el mundo llamaba “Mascarpone”, y me tiró unos apósitos de muy mala manera, supongo que para que me curara. Bufaba más que hablaba, se notaba su descontento con el nuevo. A él no le pregunté nada, sólo me dispuse a curarme y continué picando cebolla sin dirigirle la palabra y como si semejante imbécil no hubiera existido jamás, esperando que se largara lo antes posible. Cuando lo hizo, por fin pude desplegar mi estrategia. Había dos ayudantes en el cuarto frío. Uno de ellos, el más grueso, me pareció el adecuado, así que en el descanso me acerqué a él en la cafetería. Pedí mi cortado mientras me situaba estratégicamente a su lado en la barra, como el que no quiere la cosa, y después le solté de sopetón:
    —¿Sabes que el Jordi se ha suicidado?
    Dicho de aquella manera, lo pilló desprevenido. Pero hizo una mueca a modo de sonrisa displicente. No pudo por menos que sorprenderse. Era un hombre de aspecto rechoncho, dotado de una mirada a la vez decidida y resuelta. Su voz era grave, como de barítono. Al instante me preguntó cómo había sido eso. Se lo expliqué. Y luego él volvió a preguntar:
    —¿Estás hablando en serio? ¿Todavía está vi…? —no acabó la frase, vi que desconfiaba. Entonces, cuando iba a añadir algo más, le interrumpí:
    —Bueno, no está muerto. Sólo en coma. ¿De manera que no sabéis nada? ¡No me lo puedo creer! Acabo de hablar con su madre. ¡Qué extraño todo! Pero… ¿Cómo le iba a él por aquí? Tenemos tiempo, ¿no?
    —Tenemos media hora. Escucha, no sé quién eres, me sorprende lo que ha hecho el tonto este. Suerte que sigue vivo, por cierto. Pero es raro. Sus titis deben estar contentas. Te diré una cosa: en el trabajo no se puede estar contando cosas de tu vida privada. Él siempre anda presumiendo de todo tipo de esculturas que se liga por internet. Lo sabe todo el mundo. Ya sabes, gente sin escrúpulos, mafias rusas, búlgaras o rumanas que campan a sus anchas por aquí. Putas de medio pelo que le sacan los cuartos con la mayor desfachatez. No sé qué tipo de persona se deja engatusar de forma tan estúpida, la verdad. Es tonto de remate. Todo el mundo lo sabe, es un gañán que tira el dinero en viajes al extranjero, organiza fiestas y orgías privadas, regalando su dinero a prostitutas, dejándose robar a mansalva, y todo única y exclusivamente por echar un polvo; que bien podría echarlo por aquí, joder, sin necesidad de irse a la quinta puñeta a que le roben.
     —¿Pero ha ocurrido algo últimamente? ¿Había habido alguna trifulca con él anteriormente?
    —Bueno, qué quieres que te diga... Es un tipo raro, un bicho que anda presumiendo siempre de tener a las mejores chicas. Enseña fotos comprometidas, morbosas, sucias. Luego lo dejan tirado, y claro, rompe a llorar como un niño, el desgraciado, con casi cuarenta años. ¿Cómo es posible que no se dé cuenta? ¿Será posible? La gente se ríe en su cara, no se lo toma en serio. El otro día se liaron a guantazos por una broma relacionada con una de estas negras que le había desplumado, e incluso le robaron el móvil y casi se queda tirado en Nigeria, sin dinero, novia, ni pasaje. El tipo la emprendió entonces a hostias con el Tonino, el jefe, que es un gilipollas de mucho cuidado. Es un tiparraco que, si te llama chulo de mierda, gandul o hijo de puta, haciendo ver que no lo dice en serio, aunque lo diga, te tienes achantar, es como una broma, no darle tantas vueltas al asunto. Si te dice tonto del culo, chuloputas o pagafantas, pues ríete, joder, y olvídalo... Que te dice retrasado mental, pues ponte a hacer el mongólico, gritando como un loco, arma un escándalo de cojones, vocifera como un subnormal y ríete con él de ti mismo, convirtiéndote en tu propia caricatura. Pero no montes un espectáculo como el que montó él, por el amor de dios, que aquí venimos a trabajar, no a montar un cirio del copón. Luego encima va el tío y llama a la jefa suprema para hacerle un parte. Fue descojonante, tío. Va el tipo y reúne a toda la magistratura oficial a fin de que deje de llamarlo lo que le salga de los cojones. Joder, tío, pero si el tipo se lo va buscando. Es un tipo raro, ya te digo. Quiere involucrar a la gente, que den la cara por él, le apoyen y pongan la mano en el fuego por él. Él, que no se dedica más que a remolonear y traernos problemas, y, lo que es más: restregarnos a sus tías macizas por los morros, el hijo de puta. Ya te digo, es un caso. Todo el mundo se ríe cuando aparece por aquí. Es el alma de la fiesta, pero en ridículo y grotesco. Tanto en el careo delante de la jefa, como en los testimonios particulares de después, tuvo, y tendrá siempre, las de perder. ¡Claro!  ¿Y sabes por qué?
    —¡Porque es un chuloputas! ¡A que sí! Sí, pues, ¿sabes?: ha puesto una denuncia. Él no, su madre   —solté, sin más, como el que no quiere la cosa. En ese momento los que teníamos detrás, más de diez oyentes subrepticios que habían estado poniendo el oído a cierta distancia, con el ojo avizor en nuestra tertulia espontánea, se comenzaron a manifestar de pronto. Los supuestos compañeros del sujeto éste, que, entre expresiones de asombro, indignación, reproche y desquites de todo tipo, al final, en lugar de compadecerlo, habían comenzado a insultarlo también al unísono, con la mayor de las bellaquerías, así, espontáneamente, como si se tratara de la bestia negra del sucio cuento maniqueo que acababan de montarse entre todos para denigrar a su enemigo público número uno. Tanto fue así, que hasta yo mismo tuve que poner pies en polvorosa, antes de que las acometidas acabaran por afectarme, sin que tuviera en ello ni arte ni parte. Un griterío vil e inhumano inundó toda la sala de la cafetería, (de unos doscientos o trecientos metros cuadrados por lo menos), una monstruosa infamia de voces altisonantes retumbó de pronto en medio de una tormenta de acusaciones odiosas, insultos, amenazas de muerte y abyectas referencias que me colapsaron durante unos minutos, quedando luego a mis espaldas, adheridas a mí como escupitajos repugnantes proferidos por la clase de chusma más rastrera, en una carrera frenética de huida hacia la calle, lejos, muy lejos, lo más posible, del aquél lugar infecto, de locos.
    Por suerte, pensé, tenía bastante material como para empapelarlos. Lo había filmado todo, los tenía cogidos por los cojones, me repetía una y otra vez, todavía indignado y nervioso por aquella tropelía de insectos gigantescos que se había abalanzado sobre mí, como si de una alimaña se tratara. Los vamos a empapelar, me repetía una y otra vez. Se lo hice saber a mi clienta, cuando, ya repuesto, me llamó por la noche.
    —Así lo haremos, con esta mafia de mierda   —afirmó ella entre risas—.  Se van a cagar por las patas abajo.



Fernando Gracia Ortuño

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jueves, 7 de marzo de 2019

Milagro divino



 No estoy seguro de que no fuera un sueño. Estaba en Roma, en la Piazza San Pedro, con toda esa ingente cantidad de gente que daba la vuelta a cien manzanas de edificios, y allí en la calle, donde había por lo menos cinco millones de peregrinos venidos de todos los rincones del mundo, entre autoridades, políticos, cardenales y magistrados de la UE, no se podía respirar; lo recuerdo muy bien en el sueño, porque yo mismo tuve que despertarme a la fuerza, si no quería morir asfixiado. Varios cientos de personas se desmayaron, y los servicios de atención al peregrino estaban colapsados, junto con los puestos de la cruz roja, pero el boato y la pompa en aquella plaza no tenía límites y seguía como si se tratara de cualquier día festivo. Yo, en el sueño, lo recuerdo muy bien, estaba  a punto de una apoplejía de pura y diáfana devoción celestial, no era ningún sueño para mí tal como lo estaba viviendo, era cierto y real como la vida misma.

    En un momento dado hubo un gran silencio en toda la vastedad de la plaza, como si fuera a ocurrir algo muy grave de un momento a otro. Como una extraña premonición, sólo se podía oír el zumbido de las abejas, lo que aprovecharon los magistrados allí presentes para, subiéndose a las balconadas papales del Palacio Pontificio, desde lo alto del imponente púlpito, iniciar una perorata muy formal que a la postre acabó con el dedo acusador sobre el reverenciado papa, excomulgándolo formalmente. Esto nadie se lo había esperado, era demencial, sonó como un jarro de agua fría generalizado, infame y bochornoso.
    Sí, creanme: Interrogaron primero, para luego acusar al sistema católico allí representado de fastuoso y lucrativo. Nadie daba crédito, sonaron casi imperceptibles, desde el subrepticio silencio, los ohs y los ahs asombrados de la multitud, era algo inaudito, las tímidas protestas de la gente allí congregada no tardaron en transformarse en algo mucho peor, levantando a la postre un revuelo ensordecedor que se fue extendiendo por las calles adyacentes hasta formar un auténtico pandemonio.
    Los comisionarios al final, en un acto de lo más sacrílego, excomulgaron al mismo Papa electo tachándolo de lujoso, junto con una inmensa tropa de cardenales pomposos que no daban crédito, exorbitando mucho los ojos, y como negándose a formar parte de semejante espectáculo vergonzante.
    Yo miraba a la gente de un lado para otro como enloquecida, me negaba a creer aquello que veían mis ojos, me los frotaba por eso una y otra vez hasta coger una conjuntivitis,  me limpiaba una y otra vez las orejas por si lo que estaba escuchando era real, aunque sin dar verdadero crédito a lo que a la postre, en realidad, tenía que reconocerlo, estaba escuchando realmente, no salía de mi estupefacción e incredulidad. Pero por lo visto no era el único, porque la gente a mi lado reaccionaba de las mil formas más extrañas y asombrosas que se pudiera uno imaginar. Unos salían corriendo de allí escopeteados, otros comenzaban a vociferar y parecerían buscar objetos para lanar contra los comisionados, otros, por el contrario, se tumbaban riendo, estupefactos, como si lo que estuvieran contemplando fuese una película de humor retorcido, estaban tan sumamente sorprendidos de todo aquello que de repente  se echaban al suelo repantigándose sobre las escalinatas para después ponerse a comer palomitas con una sonrisa estúpida en la boca, pareciendo del todo alelados, allí, comiendo palomitas, bebiendo y riendo, mirándose incrédulos los unos a los otros, enajenados o irreverentes. Tanta era su pasmosidad pastosa y etílica que llegaban incluso a carcajear. Otros se enfurecían con las fuerzas del orden, pues lo consideraban a todas luces una injusticia, y por eso empezaron a tirarle todo tipo de objetos a los guardias armados, desde cascotes a vasos de bebida o botellas de plástico para provocarlas.

    Los comisionados, sin embargo, que esa misma guardia protegía, comenzaron a interrogar a esa ingente cantidad de prelados suntuosamente ataviados, acusadoramente, con altavoces y megáfonos de mano, y el Papa, ocultándose entre las altos y lujuriosos cortinajes de seda color púrpura parecía no querer hablar al principio, pero teniendo que responder al final, les contestaba a cada pregunta, a regañadientes, sumamente abochornado, intentando defenderse infructuosamente con su respectivo megáfono. “¡Toneladas y toneladas de oro!”, retumbó en el aire a través de los inmensos megáfonos colocados en todas las esquinas. El abochornado Papa contestaba ahora como haciendo pucheros, y llegó un momento en que, entre vítores y gritos acusadores, se puso a gimotear, llorando por la humanidad; la mayoría de las veces lo hacía con monosílabos. "¡Sí, no, bueno, es que, los paraísos fiscales..., todo este tinglado ya estaba, sabe, desde hace... ¡puff!, la de tiempo, pero no hay duda, que, efectivamente” “¡Se vive bien... claro!, dignatario." sonaba bronco el altavoz, mientras el sumo Pontífice lloriqueaba por el balcón. Entonces, como preso de súbita angustia, avergonzado en grado sumo y sobrecogido in fraganti, no podía, no podía hablar claramente, eso saltaba a la vista, se puso a berrear espantosamente a través de los altavoces, sin darse cuenta. 
    Los comisionados y los magistrados de la Unión Europea, en un momento dado, excomulgaron y arrestaron al Papa, en primer lugar; y luego, después de dar la orden a los policías, con todas las consecuencias de carreras y arrestamientos, tropiezos y caídas alborotadas, detuvieron sin compasión a los demás prelados, cardenales y obispos allí presentes. Todo sin mucho boato, claro. Cuando ya los hubieron esposado a todos, los acusaron públicamente de cohecho y manipulación de bienes humanitarios, y les expropiaron de todas esas ingentes riquezas y cuentas en el extranjero, con el fin de cederlos a obras sociales en todo el orbe. De hecho, sirvieron después para erradicar el hambre en el mundo, como enseguida se supo por los medios de comunicación mundiales.
    El estruendo en esos momentos en la plaza, no obstante, se hizo insoportable. Hubo golpes y encontronazos violentos entre los que se decantaban a favor y los que se declaraban en contra. Se hicieron barricadas y muy pronto los contenedores estuvieron incendiados e hizo acto de presencia la fuerza armada de élite y el ejército italiano. En un momento dado, cuando se llevaron al Papa esposado, pude irme del lugar, con mucha dificultad y tropiezos entre la multitud. La gente había acabado de enloquecer y muchos aprovecharon la ocasión para festejarlo, emborrachándose según era costumbre.
    Esa misma noche apenas tuve tiempo de coger un último vuelo hacia Barcelona. Cuando llegué a mi barrio, escuché, a través de las televisiones de los bares camino a mi casa, entre miles de gritos y coreos a la selección, que ésta acababa de marcar frente a otro equipo. La multitud que se congregaba en los garitos se entretenía con el partido, bebiendo cerveza y degustando las típicas tapas españolas, y en medio del tumulto, hasta hacer temblar las paredes, un estruendo espantoso gritaba por todo el país hasta romper los tímpanos. El Papa, seguramente, pensé, en esos momentos, estaría meditando en alguno de esos calabozos de las comisarías italianas acerca de su futuro más inmediato, a la espera tal vez de un milagro divino.

Fernando Gracia Ortuño

viernes, 2 de septiembre de 2016

La rebelión de las lentejas

Novela de humor satírico y burlón que ofrece, desde las primeras líneas, una panorámica ácida y crítica de la sociedad actual, bajo el prisma alucinado de una perspectiva privilegiada, la de alguien que no tiene nada que perder, y que, por eso mismo, no pretende ser unilateral, sino globalizada. ¿Qué está pasando con el paro y los salarios que se tratan de imponer? Y lo que es más: De los que tienen la "suerte" de tener un trabajo: ¿Qué condiciones de control y arbitrariedad irrespirable, amén de majaderas, se le impondrán?  Aunque el tema de esta crisis, y por desgracia desde hace ya muchos años, es demasiado serio como para tomarlo a broma, sin embargo, como se suele decir, no hay mejor punto de vista que el de la sátira y las situaciones increíbles y kafkianas, los esperpentos endiosados y sus locuras e infamias verdaderas, para derrocarlo de una vez y construír sobre sus ruinas un mundo nuevo.
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sábado, 25 de octubre de 2014

El fin del sistema planetario


 
El ruido de la cañería recuerda al alargado y sutil sonido de las ballenas, cuando se pierde en la inmensidad del océano, recorriendo miles de kilómetros, con el lomo cuarteado por las heridas de las hélices de los barcos, avanzando incansable hacia su destino, al otro lado del mar. Pero las ballenas están en extinción, y yo, que estoy en mi casa, acabo de llegar de la misión tecnológica mancomunitaria. El tecnócrata jurista que legisla desde más arriba del Everest las nuevas disposiciones reorganizativas, -el que hace avanzar el sistema burocrático tecnológico medioambiental-,  y permite el progreso humanitario universal en el tercer, cuarto y quinto mundo, ahora trabaja a marchas forzosas. Dice lo que está bien y lo que está mal a los mass media, dispone, reorganiza y propone sugerencias. Hoy ha promulgado dos ante proyectos de ley para delimitar el campo y ponerle muros al viento, para crear nubes artificiales y estratificar el cosmos sideral a voluntad. A tal fin el petimetre engominado ha desplegado un equipo de profesionales expertos, han recortado en lo imposible los sueldos, según ellos siempre demasiado elevados, han establecido los cánones de la funcionalidad, productividad y esquilmación a ultranza del planeta, dentro de lo parametralamente posible, unidos a la explotabilidad de los acuíferos de la quinta puñeta planetaria, que ha de implementar y potencializar los logros en nuestro globo terráqueo a fin de reorganizar con eficaces resultados el país mancomunitario a la perfecciónalidad de recursos macrocromáticos e irisados de una nueva era, a la que con todas las garantías, abandera y denominará "La era de los recursos ultra galácticos".
Si como bien apuntan las directrices globalizadas de la Excelsa Economía Asiática a Gran Escala, antes denominada simplemente "Proto Esclavitud" o "Hasta Donde el Cuerpo Les Aguante", que desde Gengis Khan, ya demostró en su tiempo su potencial expansivo, represor y globaliasfixiante, estamos ante un resurgimiento de la Economía Global Extraterrenal, acompañado de un menoscabo del cincuenta por ciento del sueldo general de clase b, y la triplicación del esfuerzo y las exigencias requeridos para los puestos demandados en la Confederación de Naciones Esquilmadoras Extingue y Luego Piensa. La Crisis y los problemas medio ambientales de la humanidad confederada han pasado, pues, según informan los organismos legales de información comunitaria, a formar parte de la historia reciente del planeta Tierra Desierta, como sabemos, en proceso de cambio climático, medio ambiental, y a la deriva del Sistema Planetario antes denominado Solar.
 
Fernando Gracia Ortuño
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martes, 5 de agosto de 2014

El tiempo de leer una novela negra

Me gusta cuando presa de un irreprimible impulso la esfinge suelta su continente, despistada, desatando una limpia carcajada. Porque eso demuestra que alguna vez, aunque fuera hace millones de siglos, fue humana, o sintió algo sin ser plenamente consciente de ello. Esto, por otro lado, nos remite a la relatividad del tiempo en el mundo. Sabemos que todos estos momentos pasarán como la lluvia en las lágrimas de un Nexus seis de lo más peligroso y criminal, y en apenas 6000 millones de años, el sol desaparecerá, claro, llevándose consigo al sistema solar en su explosión. Incluso es muy probable que antes, mucho antes, o que no nos dé tiempo a salir del sistema echando chispas a más no poder en alguna nave espacial.

Por eso, antes de que todo eso suceda, lo mejor que os recomendaría sería leeros "Un detective en la cocina". No creo que el tiempo por eso deje de pasar, pero por lo menos no habrá pasado en vano durante un cierto tiempo...

Fernando Gracia Ortuño

domingo, 20 de julio de 2014

La carrera


Puedo verlos agitarse y saltar desde la rendija de la valla. Se han hecho cruces bajo una hornacina, han orado devotamente, poniendo cara de admiración, justo cuando ha sonado  una explosión. En cuanto han abierto la empalizada todos hemos salido en estampida tras de ellos. Estoy asustado. Las primeras calles no estaban tan confluidas, pero a partir de una curva el sonido y la agitación se han multiplicado. Alguno de mis compañeros se ha puesto nervioso cuando les sacudían el lomo con sus periódicos y esto ha incrementado la velocidad, otro se ha caído contra los tablones y unas luces instantáneas nos han deslumbrado en medio de todo el griterío. Hay gente por todas partes. En mi vida solariega en la dehesa había vista tanto bullicio. Es todo tan novedoso y divertido. Algunos bípedos vocingleros beben de unas jarras macizas y transparentes, mientras otros se precipitan, festejan y ríen alborotadoramente, Los más van vestidos de blanco y rojo con un envoltorio en la cabeza mientras se lanzan como locos en pos y delante de nosotros. Nos persiguen, los perseguimos, nadie sabría decirlo. Al final del recorrido, al entrar a trancas y barrancas en una inmensa plaza arenosa, han empezado los lances alrededor. Gritos, exclamaciones. Mugía fuerte rodeado de gente, pero nadie abrevaba, sino de esas extrañas jarras relucientes. Parece como si el espectáculo los extrajera fuera de sí mismos para correr y hacer lo que nunca hacen, sacudiéndose el aburrimiento…

 

Fernando Gracia Ortuño

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domingo, 6 de julio de 2014

El mojigato exorcista

Tenía como un hierro en la cabeza, con la forma de una cruz, lo notaba en medio de los entresijos de sus circunvoluciones mentales, porque esto a veces le generaba una presión intracraneal a punto de generar siempre una eclosión explosiva. Despuntaba. A veces sí... Y esa cruz no le dejaba pensar con claridad cuando veía un cuerpo desnudo. En efecto, por chocante que nos parezca, se volvía loco sólo por el hecho de pensar que ese cuerpo tenía órganos genitales, y esos órganos funcionaban, oh... se trastocaba, no lo podía soportar sin perder la paciencia. La cruz lo llamaba hacia regiones y cuevas del pasado, en plena Inquisición, cuando los censores más mentecatos e ignorantes gobernaban el mundo y asesinaron a mil millones de inocentes, por lo menos, bajo el pretexto de brujos o médicos hechiceros. Un día, en que casi se había olvidado de su hierro en forma de cruz en su maltrecho cerebro de maníaco sexual, vio una mujer desnuda por la calle, la miró con los ojos como órbitas elípticas desorbitadas, la vio salir como de una ducha, y la maldita cruz comenzó a despuntarle por el cráneo, pero esta vez de verdad, dando forma en su frente a unos cuernos de hierro fundido con el nombre del Salvador que un día todos crucificaron, justamente gentes como él, los hijos del mismísimo Demonio, sólo que él no lo sabía, y prefería sentirse Dios. En ese momento comprendió que no estaba loco, sino que se había reencarnado en el mismísimo Mesías, Nuestro Señor, El Salvador, sí, Él era Dios, nada más y nada menos, lo comprendió al instante al notar los cuernos de la figurilla plateada en forma de cruz que sobresalía directamente desde el interior de su cabeza cuadrada... No pensó por casualidad que había perdido un tornillo del crucifijo de metal incrustado en su cerebro de jabalín fáunico, no, pues no estaba "más loco que una cabra", sino que se le había aparecido, por ser tan devoto, el mismísimo Jesucristo  -porque Dios si existía no tenía sexo, ni orinaba ni comía, pero como había visto aquella mujer en pelota picada y se escandalizó tanto que casi se puso a gritar de la manera más indecorosa en medio del gentío, se acordó que Él era la misma Resurrección Reencarnada, y que no estaba loco, como decían algunos vecinos: "más loco que una cabra", ni "como un cencerro", sino que simplemente ya no era mortal ni de carne y hueso como los demás,  ni mucho menos estaba "como una regadera", como aseguraban otros. Pero, inexplicablemente, como todo o casi todo en él, en ese momento en que se dio cuenta que estaba aureolado por la divinidad, se lo hizo todo encima de nuevo, así,  de repente,  como cuando su padre le regañaba y su madre se echaba a llorar, se lo hizo encima por no querer reconocer que también los tontos mean y tienen pito... y no son justamente divinos... sino unas malas pécoras de cuidado. Recordó entonces cuando su padre de pequeñito lo zurraba y lo azotaba enloquecidamente con la correa cada vez que tan testarudamente se volvía a orinar y defecar encima, sólo por llevar la contraria a todo el mundo. Se lo hizo encima de nuevo, y siguió haciéndoselo una vez más, y otra y otra, hasta que todo olió muy mal a su alrededor y despertó en el centro psiquiátrico de su barrio, una mañana nubosa, en que la cama y las correas de la camisa de fuerza estaban totalmente infestadas e inundadas de un material, a su entender, Imperecedero, como él, El Espíritu Santo nuevamente venido a la tierra para salvarnos del mismísimo mal...





Fernando Gracia Ortuño
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sábado, 31 de mayo de 2014

El calzonazos


Estoy convencido que cuando vea la foto del perfil se preguntará ¿Y ahora qué le pasa a este payaso? No se ríe ni de broma cuando chateamos, pero si encima pongo esta imagen sardónica… Desearía que se pudiera destornillar de risa alguna vez. Que una mañana se despertara y fuera otra, más divertida y llevadera, alegre. Pero para eso tendría que ser distinta, haber nacido con otro talante. ¿En otra región más al sur? ¡Cuánto frío hace aquí! Es demasiado orgullosa. A la mínima se poner a gritar. Confunde el carácter, la personalidad, con el orgullo barriobajero. Por cualquier cosa  ofende. ¡Y no le contestes! Sin motivo ya la tienes liada. Y sólo porque te entretienes con el desayuno, por ejemplo. Es una convivencia difícil. Lo sé, me tendría que haber buscado una más joven, más guapa y más divertida. Suerte que esto no se lo enseño a nadie. Todo el mundo pensaría que soy un calzonazos y que me dejo dominar por una mujer orgullosa sin un ápice de sentimientos como la ternura, el cariño o el deseo. El deseo… ¿Cuánto tiempo hará que no…? ¡Sería un desastre! Esto es descabellado. Voy a dejar de escribir un diario. Por más que trate de ocultarlo, lo encontrará, lo sé. Es que me puedo meter en un buen lío con una mujer así. Soy como soy, vale. Sin embargo, no lo puedo remediar. Sí, tal vez es cierto que soy un amargado dominado por su mujer, como dicen, y que no tengo remedio. Cuando veo por la calle una de estas bellezas de bandera pierdo el sentido. ¡Cuánta clase tienen en comparación con mi orgullosa mandona! Pero me estoy empezando a hartar, saben. Esto no tiene sentido. ¿Por qué no la abandono de una vez? Ahora podría coger las maletas, ¡exacto!, en este hotel donde estoy alojado, y largarme de buenas a primeras a otra ciudad, echando chispas, allá adonde jamás podrá  localizarme. Lo tengo todo para huir. Y tan bien. Empleo de comercial ejecutivo, coche, ropa, ordenador. ¿Qué más? ¡Valor! ¿Pero entonces…? ¿Cuánto tardaría en encontrar otra para las sesiones? ¿Dónde encontraría una fiera experta en sadomasoquismo que me fustigara como una loca todas las noches con su traje de cuero y su voz de cazalla? ¿Y esa máscara? Ah! ¡Esa máscara tan...! Sólo de pensarlo…

Fernando Gracia Ortuño
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viernes, 11 de abril de 2014

Yo conocí a Bolaño

Allá por el final de la década de los noventa, yo me hallaba pasando un mes de vacaciones forzosas en Blanes, en la Costa Brava. No sabía nada del lugar, apenas lo conocía, sólo sabía que tenía un promontorio muy turístico y espectacular llamado La Palomera, que era un pueblo de costa de antiguos pescadores muy bonito, y sobre todo que un amigo mío alcohólico tenía una apartamento allí frente a la playa. Bueno, la cosa, como diría Bukowski o Chinasky, pintaba bien. Lo malo, (y que yo no sabía por aquél entonces, pues nunca llegas del todo a conocer las intenciones y los ocultos motivos de un borrachín taimado y bregado en asuntos picarescos), es que la chica, que luego se convirtió en su novia, estaba allí, pero bueno, para el caso es lo mismo, puesto que lo importante en este asunto es que yo durante ese mes  de paseos de la manita, besitos en la mejilla y otras historias, aquél mes, como digo, controlando los excesos alcohólicos de mi nueva amiga, conocí al mismísimo vate de las letras hispanas, el chileno de cerebro portentoso y genial Roberto Bolaño. Y lo que es más, hablé con él en un bar frente al paseo marítimo durante unos minutos. De literatura, por supuesto, ¿de qué podría haber estado hablando con él, si no?
Tengo que decir, llegados a este punto, que por aquél entonces ya era consciente del hecho de que quería ser escritor, y él también, por lo que pude comprobar después. No era muy conocido en el 90 y tantos, y como estaba discutiendo con mi ligue ocasional acerca de si los escritores malditos nunca son aburguesados ni convencionales hasta el punto de llegar a ser dogmáticos o beatos, Bolaño se echó a reír en algún momento desde una mesa contigua, y enseguida entablamos una conversación muy reveladora.
 
Bolaño estaba escribiendo al mismo tiempo que hablaba conmigo y observaba a mi amiga de hito en hito, cuando levantaba la cabeza de la mesa, mirando un momento hacia el mar en el horizonte. Al cabo de un rato me dijo que iba a publicar en breve "Los detectives salvajes". Al momento me dio un vuelco el estómago, y le dije del título que estaba bien, pero que era una casualidad increíble, no me lo acababa de creer que le pusiera un título tan parecido a uno mío. El tampoco se lo creía, por eso le dije que no utilizara por favor ese título para su novela, puesto que ese título lo iba a utilizar yo en otra novela que pronto publicaría titulada "Los detectives salvajes gastronómicos", o  "Los detectives salvajes cocinando almejas", y que esto tal vez eclipsaría mi título, que por ciento, todavía tenía en mente. Esto le hizo gracia al amigo Bolaño. Creo que pensó que le quería birlar por la cara el título de su novela, y por eso, después que le hube contado el argumento, me dijo que titulara mi obra "Un detective en la cocina" solamente, que le quitara todo salvajismo inútil, y que estuviera tranquilo que para cuando la publicara ya no habría peligro de asociación indebida. Tal vez alguien me lo copiaría en el futuro, pero que a fin de cuentas los títulos muchas veces eran lo de menos. Pero eso sí, que le pusiera "Un detective en la cocina" a la novela negra que quería escribir con semejante argumento, que no había peligro alguno por su parte..
Por supuesto le hice caso a pies juntillas. Y unos años después comencé a escribir mi novela, mientras me daba cuenta que la palabra detective estaba en muchísimos sitios y títulos de novelas negras y detectivescas. Pero el caso es que fue sólo hace unos años, cuando vi que habían hecho un programa de televisión con un título parecido de recetas de cocina para niños. Pensé que Bolaño me traicionó a la postre y le sugirió el título a alguien en Sudamérica, en Méjico concretamente... ¿Quién se pone a investigar en una cocina? La idea sólo se le había podido ocurrir a Vázquez Montalbán -y luego a mí-, quien por cierto nunca investigaba en las cocinas, sólo elucubraba mientras cocinaba su detective y quemaba bodrios en su chimenea de Vallvidriera. Sí, al final le hice caso a Bolaño, que tenía un gran sentido del humor, además de muy buen gusto con los escotes, y a pesar de que se me adelantó varios lustros con el título, plagiándome a priori quince años antes, y pese a que  sus detectives eran tal vez incluso menos salvajes que el protagonista de mi novela, reconozco que tenía razón en una cosa: Y es que a fin de cuentas el título de una novela muchas veces es lo de menos.
 
 
Fernando Gracia Ortuño
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lunes, 3 de marzo de 2014

Entrevista a la escritora y abogada Jimena Tierra

Semanas atrás le hice esta entrevista a la escritora Jimena Tierra, que ha publicado una novela negra titulada "Equinoccio", y que nos va a hablar un poco de ella..

1)   ¿Quién es Jimena Tierra. ante todo? ¿Es tu nombre real, o un pseudónimo inventado?

Jimena Tierra es un pseudónimo que llevo empleando desde que inicié mi carrera como escritora profesional, allá en el 2002. Es un nombre que me gusta especialmente porque recoge raíces de mi padre y de mi madre, dos personas que me han apoyado incondicionalmente y a quienes estaré eternamente agradecida por enseñarme a ser quien soy.
                                              
2)     Háblanos un poco de tu novela negra: ¿Por qué el nombre de Equinoccio?

Como sabes, la novela tiene como hilo conductor el apasionante y desconocido mundo de las sectas satánicas. Estos grupos valoran especialmente los equinoccios (en lugar de los solsticios) para hacer sus rituales.

3)      ¿De qué trata la novela?
La historia presenta dos argumentos paralelos con una trama común. De un lado tenemos a Eduardo, un estudiante abnegado e introvertido cuya curiosidad se ve incentivada por el atrayente mundo del hedonismo. De otro, tenemos a un detective fracasado al que se le encarga investigar el suicidio de un universitario.

4)    Jimena, estudiaste Derecho. ¿Te ayudó, el hecho de estar esta carrera relacionada con temas jurídicos, a la hora de escribir “Equinoccio”?

Entre otras cosas, la carrera me ha ayudado a esbozar algunos temas como el funcionamiento de las oposiciones a judicatura, la presentación –a muy grandes rasgos– del sistema universitario o la personalidad sacrificada y poco sociable del estudiante, aunque no trata de ser una exposición determinante en el desarrollo del argumento. Esos conocimientos han servido de medio para acercar al lector a los protagonistas lo suficientemente como para que pueda identificarse con ellos.
5)      ¿Qué aspectos de lo jurídico aparecen en el libro?

El libro es una ficción inspirada en hechos reales y trata de ser fiel al sistema jurídico español pero, como comentaba, no suponen un fin sino un medio para el desarrollo de la historia. No es una novela de corte jurídico, aunque acoge pinceladas del código penal, el sistema de oposición a judicatura e incluso tintes de corte fiscal que aluden a ya poco sonada estafa de forum filatélico.
6)    ¿Crees que a los escritores de novela negra nos atrae el tema del mal porque en la sociedad, justamente, hay poca justicia en general?

La Justicia no es más que un pensamiento utópico inventando por los filósofos griegos. Sin embargo, no creo que el hecho de que la Justicia no exista como concepto general –salvo concretas excepciones que ahora mismo tendría que recordar– influya en el auge de la escritura o lectura de la novela negra. La novela negra va in crescendo en la literatura contemporánea porque, a mi juicio, el lector se ha vuelto especialmente exigente y necesita que ser sorprendido, verse inmiscuido en una intriga de la que pueda participar e, incluso, sentirse detective capaz de descubrir el desenlace antes que el propio protagonista.
7)      Siempre he pensado que la carrera de abogado es muy complicada y comprometida, porque muchas veces tienen que defender a delincuentes confesos. ¿Te has encontrado alguna vez en alguna de estas situaciones tan comprometidas, y no has sabido qué hacer? O siempre se pueden eludir tales situaciones…

La labor jurídica que yo desempeño no se pone de manifiesto ante los tribunales, afortunadamente. Y digo afortunadamente porque soy mujer de pensamientos arraigados y es muy posible que no fuera capaz de defender a un delincuente en cuya inocencia no creyera, lo que limitaría notablemente mi actividad laboral.

8)       ¿Crees que el amor siempre tiene que ocupar un espacio bien definido en una buena novela negra, como en el caso de los clásicos, como Ross Mac Donald, Hammett, o Chandler?
Yo no iría tan lejos con respecto al amor. Se trata de un concepto demasiado potente como para ubicarlo de forma imprescindible en una buena novela negra. Hablaría, más bien, del pulso amoroso o la tensión sexual, que no deben faltar en aras de fomentar o disuadir la curiosidad del lector jugando con los estímulos, del mismo modo que en los espectáculos musicales no es prescindible la figura del bufón introduciendo la sonrisa.

9)    Y ya que estamos hablando de novelas negras, ¿por qué no nos aconsejas una para leer, una que te gustó mucho?
Soy poco lectora de novelas negras. Puedo correr el riesgo de dejarme embaucar por el argumento y apartar mi trabajo, si tengo la sensación de que es mucho mejor que el mío, o perder la identidad de lo que estoy escribiendo y verme alienada por el estilo de la lectura que haya emprendido. No obstante, uno de los escritores que más me atrapan es Phil Kerr, del que he escrito un artículo en la revista http://www.ihistoriarte.com/author/jimena/ y al que recomiendo fervorosamente. ¿La novela que recomiendo? Si los muertos no resucitan.

10)     ¿Por qué te gustó tanto esta novela?
Porque tiene una redacción original plagada de metáforas sarcásticas, un estilo irónico y una pluma afilada que pone en boca de su protagonista. Además, me encantan las historias desarrolladas en la época de la Segunda Guerra Mundial.

11)     Dinos algún escritor que te ha marcado, tus preferidos, y alguna de sus obras que te han gustado mucho.
Siempre le seré fiel a Miguel Delibes y La hoja Roja. Tengo un recuerdo muy especial de cómo afronté aquella primera lectura, como una tarjeta de presentación que me dejó tan impactada que, nada más acabarla, no tuve más remedio que dirigirme a la librería para comprar todas sus novelas y no dejarme ninguna de sus historias en el tintero.

12)      ¿Tienes algún proyecto actualmente en cuestión de literatura?
Durante unos meses voy a experimentar un importante parón en el terreno literario, pero espero proseguir muy pronto con una novela en la que estoy inmersa y de la que llevo ya prácticamente toda la presentación y el nudo escritos.

13)      Me he informado por ahí de que tienes un blog de literatura y reseñas bibliográficas: ¿Podrías indicarnos aquí la dirección web, para nuestros seguidores pueden leer alguna de estas reseñas de obras clásicas?
Por supuesto, el blog se llama El invierno de las letras y su dirección es : http://jimenatierraliteratura.blogspot.com.es/.

14)       ¿Crees que hoy en día es importante la publicidad de una novela?
Lamentablemente, la publicidad es más importante que la calidad de la novela. Sí, es muy importante saber moverla. Ya hemos visto que Ambiciones y Reflexiones, de Belén Esteban, está en la cresta de la ola. El consuelo es que también lo está El francotirador paciente, de Pérez Reverte.

15)     ¿Es más importante la publicidad o bien la calidad y/o maestría de la obra?
Jajaja, no había leído esta pregunta cuando he respondido a la anterior. Que la obra sea buena o mala no es relevante, lo que verdaderamente importa es cómo se promocione. Ahí tienes a El hipnotista, de Lars Kepler, el pseudónimo del matrimonio sueco Alexander Ahndoril y Alexandra Coelho. A mi modo de ver, una trama negra rebuscada descrita con un vocabulario falto de carácter que, a pesar de sus limitaciones, ha atrapado a medio mundo e incluso se ha llevado a la gran pantalla con un presupuesto exiguo.

16)       ¿Por qué crees que está pasando esto en la actualidad?
La mayoría de los lectores no busca complicaciones, pero no creo que esto sea  una cosa actual. La realidad es mucho más difícil de sobrellevar de lo que pueda describir cualquier novela y el aficionado a la lectura prefiere abstraerse en lugar de inmiscuirse, del mismo modo que ocurre con las películas intimistas del cine español. Por ello triunfa la audiencia de la televisión basura durante años. ¿Para qué leer Cinco horas con Mario y pasar una tarde de libros y lágrimas? Resulta más cómodo evadirse en lugar de flagelarse, es algo absolutamente natural. Sin embargo, me gustaría apuntar que no todo está perdido. Autores intimistas como Javier Marías, Antonio Muñoz Molina o Enrique Vila-Matas (por mencionar algunos) siguen gozando de un fabuloso y merecido reconocimiento en el terreno literario contemporáneo.

Pues amiga Jimena, gracias por tu amabilidad, con esta última respuesta finalizamos por hoy las preguntas. Estoy encantado de haber podido entrevistar a una escritora con talento como tú. Te animo a seguir escribiendo, y a continuar en contacto y colaboración, y me  despido hasta la próxima ocasión.

 
Fernando Gracia Ortuño