domingo, 24 de junio de 2012

Empatía mortal

Los pequeños detalles se fueron sumando y creciendo en la masa informe, que haciendo blu blu se iba formando y ensalzaba, con su desarrollo exponencial irreversible, un acervo viscoso con textura de engrudo horripilante. Cuando la cosa asumió dimensiones humanas, el Alquimista abrió los ojos como platos, y se asustó tanto, que del orgullo de lo que habría creado, sólo le quedaba un rescoldo molesto de pavor en la memoria. Fue en el instante en que descubrió que le quedaban segundos para librarse de aquéllas manos, que simultaneamente le agarrotaban el cuello hasta asfixiarlo, cuando descubrió en la mirada de aquella monstruosa criatura una sonrisa de extraño e irracional regocijo. Tan ancestral y atávica era esa sonrisa odiosa, como horripilante. Pensó ironicamente tantas cosas. La última que se le ocurrió le hizo sonreír, también, en extraña analogía empática, junto con la criatura tan espantosa que él mismo había creado, para más inri.

Fernando Gracia Ortuño
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miércoles, 20 de junio de 2012

Noche Brumosa

Negra curiosidad siguen tus pasos, cuando de pronto te giras y allí estoy yo, sonriendo. Encandilada, te embauca la oscura capa, satinada en púrpura, pero cuando arrebato el misterio de tu levedad, sobrevolando la metrópoli, pierdes el sentido. No tanto como después en la guarida.

Fernando Gracia Ortuño
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miércoles, 6 de junio de 2012

Culturalidad

Cada día amanecía en un país diferente, por su trabajo. Como no sabía todas las leyes, no se imaginaba si por hacer algo lo podrían fusilar en cualquier momento. Vagó por la ciudad. Se le ocurrió entrar en un salón, tomar un caramelito de anís. Fue su perdición

Fernando Gracia Ortuño
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sábado, 2 de junio de 2012

Legado

La muerte vendrá a refrendar el bagaje de todo lo vivido en el constante esfuerzo deleitoso... Descansar, morir, como le dijo Cervantes, era lo mejor. Lo que hoy es ardua lucha, pasión de vida, mañana y siempre serás tú en el tiempo.

Fernando Gracia Ortuño
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viernes, 1 de junio de 2012

El tiempo

Me gusta cuando tu lozanía se ablanda en el asiento, y apartas con desdén la mirada del joven en el metro. O cuando de tu frente huye el reflejo de lo que fuiste. Te veo pasar, asustado, y de pronto aparece ante mí una arpía poseedora de tormentos.

Fernando Gracia Ortuño
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martes, 29 de mayo de 2012

Cabeza

Los caballeros quedaron plantados uno frente al otro. Tras la feroz batalla, había tantos cadáveres en derredor que los lances estorbaban la pureza de la técnica. Uno de ellos se fijó en que el otro tenía la cabeza demasiado grande en proporción. Rio y murió de un ataque cardíaco

Fernando Gracia Ortuño
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A diario

Lo peor no era que se zampara los entrecots. Ni que tirara la guarnición a la basura, por si acaso lo pillaban. Tampoco que colara el caldo, dejándo sólo los huesos. Lo peor venía cuando durante horas imitaba con voz amanerada la canción de los Pecos.

Fernando Gracia Ortuño
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domingo, 27 de mayo de 2012

Franco vive

Franco vive
Ahora trabaja de mujer barbuda en un circo, junto a la mujer cañón, pero cuando era joven y lozana, con el pelo cortado a orinal, le gustaban tanto las faldas como hacerle la vida imposible a los niños, que, para cachondearse, la llamaban sor "Frankenstein"

Fernando Gracia Ortuño
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sábado, 19 de mayo de 2012

Falso reflejo

-¡Ah, el amor, el amor...! -exclamó el cautivo, sin saber lo que decía-. ¡Si no va acompañado de hechos que lo manifiesten, y uno está rodeado de truhanes, es sólo reflejo de vanas palabras...!

Fernando Gracia Ortuño
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viernes, 18 de mayo de 2012

Nexu-didáctics6

"Katea-dor7", el nuevo artilugio del "Plan Exodus" de la compañía "Emigra Corporation" contestaba a las preguntas del periodista sin sospechar que se trataba de un didáctic-6 disfrazado.
-Cateo Cibernético Oficial... -fuerons sus últimas reiteraciones antes de ser fundido en el desguace cósmico

Fernando Gracia Ortuño
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jueves, 17 de mayo de 2012

El último Neanderthal

Representación

   La maestra abrió el examen del niño extranjero, sin creerlo, y con acento bretón, sin comprender, le preguntó:
-¿De verdad que lo que representa a tu país...?
-¡Mi padre dice que no es el jamón, ni los toreros, ni la paella...!
-¿Chourissos? ¿Embutidou?
-¡Pero no es embutido!

Fernando Gracia Ortuño
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miércoles, 16 de mayo de 2012

Corazón contento


La operación había sido un éxito. Las carreras a ultranza de médicos y enfermeras, el estrés desbocado, habían estado a punto de perderlo varias veces, mientras soñaba con Blancanieves
-¡Explota explota mi co, explota explota mi corazón! –rompió exultante delante de la mirada atónita del equipo médico

Fernando Gracia Ortuño
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martes, 15 de mayo de 2012

Retorno de lo mismo

Gilberto Ramplón, cuyo solo apellido y nombre ya bastantes dolores de cabeza le habían causado hasta la fecha, se acercó taimadamente, con mirar huraño e inquisitivo, a la mesa de trabajo número dos. Llevaba tantos años trabajando en la empresa que enseguida se olía los malos rollos. Sabía que su ayudante se estaba choteando por lo vagini en cuanto le vio. De qué, era un misterio, pero daba igual, ¡se estaba choteando delante de sus propias barbas!, y eso era suficiente para llamarle la atención bajo cualquier nimio pretexto que enseguida encontraría.
Efectivamente, lo encontró nada más mirar la mesa del ayudante y descubrir que no colocaba bien el material en las cajas prefabricadas. De malos modos, y tratándolo como a un principiante negligente, comenzó a reprenderle sádicamente como cuando a él de aprendiz le reprendían, atosigándolo hasta la exhasperación. Recordó fugazmente todas aquellas escenas de crueldad, y usándolas ahora como armas, acabó humillando al ayudante delante de los demás compañeros. Tal como habían hecho con él, exactamente con el mismo modus operandi.
Para sentirse mejor, sí, por si cuando llegaba se hubieran estado riendo de él a sus espaldas, de su nombre, y lo que es peor, de su mote, que sólo los eventuales, que duraban cuatro días, se atrevían a vociferar a todo reír, a mandíbula batiente, con escarnio y para callado regocijo generalizado.
Sabía que lo tenía en el punto de mira desde el mismo momento en que un día, hacía años, le contestó de tú a tú, como si los desmanes y tropelías y malos modos, como si las groserías y los insultos que le propinara tuvieran una respuesta no acorde con su posición de “novato”, y por el contrario se atreviera a rechistarle por encima de su amor propio, como un igual más, y no un inexperto, que es lo que pensaba Ramplón, también llamado “El derriba palés” por la mayoría de los trabajadores del centro comercial.
-¡Que eso no se coloca así! -le espetó de súbito a su ayudante, para ver si con los malos modos se revelaba y por un casual le contestaba mal, con el fin secreto de tener motivos para hacerle un parte de mal comportamiento a los superiores.
-¡Siempre se han colocado las cajas de esta manera, parece mentira que no lo sepas a estas alturas! -gritó con todo el desprecio que pudo reunir en su voz intrigante y cascada por muchos lustros de cazallas y carajillos, a primera hora de la mañana, en el viejo bar de su barrio.
-Sí, tiene razón, disculpe, ahora lo haré mejor… -le contestó el ayudante, mientras colocaba el material dentro de las cajas tal como “El derriba palés”, le había dicho-. Por cierto, tenga cuidado con el palé que tiene aquí al lado, señor, no vaya a derribarlo sin querer, y tengamos un contratiempo.
Por un segundo, mientras el ayudande esbozaba una sonrisa escéptica y triste, ”El derriba palés” lo miró a los ojos, sin comprender, y se acordó de cuando era un novato y todo el mundo se reía cuando derribaba los palés con el toro elevador, mientras sus jefes, como él mismo estaba haciendo en esos momentos, lo reprendían injustamente, sin compasión, fríos y con clara y calculada crueldad… Pero enseguida su idea en el recuerdo lejano cambió de rumbo, enfrascado como estaba en hundir a su rival sin la más mínima compasión.


Fernando Gracia Ortuño

lunes, 14 de mayo de 2012

Presentación del libro "Y digo yo"

El próximo día 25 de Mayo a las siete de la tarde, cerca de la Plaza Ibiza, en la biblioteca Horta-Can Mariner tendrá lugar la presentación, donde también se podrán comprar ejemplares del libro.

domingo, 13 de mayo de 2012

Terror incierto

                                       
   Me acabo de despertar. Apenas recuerdo cómo he llegado a este estado actual, ni desde dónde. Sólo compruebo que está todo oscuro. ¿Pero dónde estoy? ¿Por qué estoy aquí y no veo nada y el silencio resulta tan abrumador? Es alarmante no saber dónde estás, ni nada de lo que has hecho durante el día antes para llegar aquí. Despertar en la nada oscura y absoluta Está todo inundado por la tiniebla, y no sé cuánto llevaré aquí, ni el tiempo que he estado inconsciente. No se puede ver nada.  Parece que ha pasado un siglo desde la última vez que desperté. ¿Dónde estaba entonces? En todo caso éste no es mi lugar.

   Pues estoy sorprendido al comprobar que todo apunta a que la situación comienza a desbordarse desde la nada. Y que está fuera de control por el miedo que comienza a inundar mi estado de ánimo paulatina e inexorablemente. No me acabo creer esta situación, ni de situar al cabo de varios intentos para encender la luz. Palpando el suelo, que es lo único tangible, la sala parece infinita, fría. Me pregunto infinidad de cuestiones, todas sin utilidad en estos momentos. Estoy convencido que podría estar gateando una, dos, o incluso tres horas sin encontrar interruptor alguno. Ni soñando hay luz aquí, pienso, ni ventanas. Por lo visto se trata de un cuarto oscuro inmenso, quién sabe en qué rincón del planeta, ni qué país o continente.

   Me incorporo, al cabo de unos instantes de indecisión, todavía perplejo, al darme cuenta de la situación tan inaudita, y al instante me golpeo contra algo indefinido que muy bien pudiera tratarse de un postigo, el cual me hace caer. Aturdido y desorientado por el testarazo, me levanto de nuevo, espantado. Las pulsaciones se me han acelerado también debido al enojo repentino. Trato de hacerme con la situación. Pero, para mi asombro, a la altura de un supuesto techo o alacena, vislumbro de pronto dos puntos rojos incandescentes que parpadean alarmantemente a escasos metros de mí. Mi corazón se desboca al instante en el avieso fulgor de esos ojos rutilantes. Sin poderlo controlar, horrorizado por semejante presencia insospechada, me quedo paralizado, tratando infructuosamente de recapacitar primero, pero retrocediendo después fatalmente, arrastrándome frenético por el suelo

   No puedo quedarme quieto en el frío pavimento, y sudando a mares, sin aire apenas en los pulmones, decido seguir arrastrándome lo más posible hacia atrás. De pronto el dolor de huesos se hace insoportable, y me levanto, decido caminar pese a todo, y al palpar tenuemente una pared imaginaria, procurando mantener el control y situándome frente al supuesto postigo, los ojos reaparecen y es espantos, horripilante Descubro de repente que  me están mirando fijamente, sin solución de continuidad, quedándose con todo detalle y siguiéndome allá donde me arrastro poseído por el horror. Como si esas ascuas tan pavorosas fueran humanas, después de todo, pensaran, planearan, y sobre todo observaran mis movimientos más nimios.

   Me siento por ello todavía más paralizado, cada vez más Me levanto. Y en un último intento por huir, vuelvo a caer, y me arrastro frenéticamente. Todo es infructuoso. He caído de espaldas por enésima vez, me tropiezo, vuelvo a caer, y me levando de nuevo. Entonces me doy cuenta, casi desmayado y sin resuello, que hay unas deslizantes formas indefinibles al lado mío, agitándose sinuosamente en la oscuridad. Al percibir algunas en la penumbra espesa y rojiza del cuartucho, no puedo por menos que proferir un agudo y potentísimo grito aterrorizado que retumba en la noche, formando en su propagación ecos sucesivos en lo que parece un espacio invisible y remoto.

   Con cautela, procuro acercarme a esas formas misteriosas en movimiento, intentando cerrar el postigo en mi avance. No hay un ruido siquiera. Cuando logro ponerme de nuevo de pie descubro horrorizado que a mi lado, pegados a mí, refulgen sinuosamente, como dos ascuas ardientes, los ojos ígneos que estaba buscando, que parecen haberse adelantado a mis intenciones. Con el mayor sigilo y sumo cuidado, giro mi cabeza hacia la izquierda, y atenazado por mis más profundos temores, mientras me observan  y escrutan pavorosamente desde el costado los ojos del horror más espantoso, me doy plena cuenta que. la tensión que me abate me está agarrotando por completo, impidiendo cualquier vía de escape, y disminuyendo mis fuerzas hasta la inanidad más absoluta.

   Ahora ya no se trata de respirar, pues no lo hago, sino que apenas esbozo algún movimiento mientras descubro la perdición más ineluctable. Ni mucho menos tratar de continuar imperceptible para la bestia inhumana que permanece inmutable a mi lado. Sé que en cualquier momento va a desencadenarse el peor y más espantoso de los finales, aunque no puedo determinar el momento exacto. Sumido entre tinieblas, en esta extraña e ignota demora, soy consciente que en décimas de segundo, milésimas tal vez, en que no podré siquiera sospechar el feroz ataque, su gruñido aterrador, potentísimo y salvaje, lo inundará todo de repente. Décimas de segundo inconcretas, instantes inciertos que del modo más truculento explotarán de súbito en la vasta oscuridad, inundando la noche, como otrora lo hicieran los inolvidables y misteriosos, magníficos aullidos del lobo…

Fernando Gracia Ortuño
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domingo, 6 de mayo de 2012

King Kong

El apabullante gorila, encaramado en lo alto del Empire State, arqueó su cuerpo, lanzando a la noche un gruñido aterrador. Los francotiradores aéreos apuntaban sus armas, zumbando como moscas en derredor suyo.
-¡Disparen por encima de la cintura, por Dios! Ese monstruo tiene a la chica montada a horcajadas sobre... ¡Menudo hijo de la...!

Fernando Gracia Ortuño
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domingo, 29 de abril de 2012

Nirvana matutino


Entre sueños vagos e imágenes efímeras se vio de pronto en el espejo, con las comisuras de los ojos extrañamente abiertas y rojizas. Llegó a pensar que parecían campos de fútbol sangrantes. Nunca había mirado tan detenidamente esa parte de su cuerpo, y ahora, justamente soñando, se daba cuenta por primera vez. Siguió soñando y pensando en sus meditaciones y chacras, mientras se relajaba conscientemente dentro del sueño profundo. De vez en cuando una oleada de vértigo lo zarandeaba de un lado a otro, causándole náuseas que sin embargo no le hacían vomitar. Todo aquél mejunje tomado en la fiesta permanecía dentro de él.

La asistenta seguía sacando el polvo con la escobilla plumero que habían traído de Marruecos. De vez en cuando pasaba a la terraza para coger el mocho y el cubo, donde estaba él tumbado en la hamaca, desnudo de cintura para abajo, y con un rictus de asco incontenible, pensaba que por lo menos estaría durmiendo la mona hasta mucho más tarde que ella se marchase. Recogió la ropa sucia de su habitación, a punto de vomitar, y pasó por el amplio salón con la mesa maciza de madera tallada y las sillas de roble y cerezo de la más alta calidad. En su vida había contemplado tanto lujo exótico y tantos motivos budistas traídos de lejanos países. En su vida, pensó, había contemplado tanta riqueza unida a todo aquello.

Cuando sumido en sueño profundo lo envolvió la meditación trascendental más reveladora, se dio cuenta que alcanzaba el cénit de la suprema sabiduría, lo que denominaban el Nirvana, y se le volvieron a relajar los esfínteres, esta vez sobre la hamaca. No era consciente, sólo la ensoñación que lo había elevado hasta las cimas más altas del conocimiento. Ella estaba en el salón, junto a la cocina, a más de diez metros, cuando olió el penetrante tufo. Por un momento le dio lástima, como siempre le pasaba. Luego corrió al lavabo  a vomitar. Por lo menos no me va a tocar limpiarlo esta vez, pensó, estoy a punto de plegar y no tengo que recoger las ropas embadurnadas.



Fernando Gracia Ortuño

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El Quijote de Avellaneda

Yo creo que Cervantes fue la reencarnación en el Siglo de Oro del Job bíblico. En efecto, cuánta paciencia no habría de tener el pobre y arruinado escritor al comprobar que lo poco de gloria, -que no pecunio, que todavía fue menos-, que alcanzó su primera parte del Quijote, enseguida, (antes de verse obligado a publicar la segunda), se vio empañada por la proliferación de plagios y andanzas ajenas y advenedizas que los escritores de la época comenzaron a inventar sin la magia ni el ingenio, sin los instrumentos básicos de la caracterización tan peculiar y profunda de sus dos protagonistas. Los falsos Sanchos y Quijotes entonces comenzaron a abundar para aprovechar el filón de fama creado por Cervantes. Habría mucho que hablar al respecto, y no tengo ganas, la verdad, si quieren lean y comparen vds mismos, además de lo mucho que ya se ha debatido, la copia más famosa de Avellaneda, todo el mundo lo sabe en el mundo de las letras, no admite la más mínima comparación con el original. Avellaneda no le llega ni a la suela de los zapatos a Cervantes, con su Sancho pazguato y verdadera e increiblemente tonto, y con su Quijote relamido, desamorado y convencionalmente religioso. Cuando comienzas a leer el Quijote de Avellaneda, después de leer el auténtico, lo tiras lejos, y no lo vuelves a mentar en la vida más que para escarnecer al autor oculto bajo el pseudónimo de Avellaneda. En efecto, para ser escritor auténtico, primero uno tiene que haber vivido, tiene que haber interiorizado sus propias experiencias, y luego, hay que aprender una norma básica, y es que la originalidad no se hace ni se crea a partir de los originales ya plasmados por otros. La originalidad, como el estilo, son únicos, y hay que buscarlos y trabajarlos a partir de la propia experiencia. Creando algo que nadie antes creo.

Fernando Gracia Ortuño

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domingo, 22 de abril de 2012

Famoso


Siempre lo reconocían en los aeropuertos, las chicas, que trataban de abalanzarse sobre él para el autógrafo. Como era tan elegante y en las telenovelas fingía tanta pasión, le identificaban inconscientemente con el amor. A lo mejor luego no hubieran sabido qué hacer, pero la perspectiva las hacía soñar. Claro, esto multiplicado a la séptima potencia por sus obligaciones, le sobrepasaba. No daba abasto. Le hubiera gustado multiplicarse. Satisfacerlas, pero no podía ser. Esto le hacía pensar: tantas fans ansiosas por conocerle mejor. Por fin se decidió a viajar a un lugar remoto y paradisíaco oculto del mundo. La prensa rosa no conocía su ubicación en el mapa. Había pasado un mes. Tenía que salir del hotel a cenar. ¡Y ahí llegaba gritando una en el restaurante, levantando la liebre…!¡No!, pensó ¡Otra vez la multitud encima, histérica. Los guardas le tiraban de la ropa a la chica, hasta dejarla sin pantalones, pero ella persistía tenazmente, como un jabato acorralado tironeando de él medio desnuda, chillando. Luego, de vuelta a su habitación, pensó mucho en la fan aquella, y que estaba aburrido en el hotel, antes de dormirse. Podía tener miles.




Fernando Gracia Ortuño



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sábado, 21 de abril de 2012

La comida


      
Nos habíamos adentrado por la espesura y ya no podíamos volver sobre nuestros pasos. El Cholo, el Quique y yo, todos experimentados escaladores en busca de las cumbres inaccesibles de la montaña sagrada de aquél exótico país desconocido. Vagábamos sin rumbo a través de una intrincada red de manglares, y después por la selva oscura plagada de maleza.
En un momento dado el Cholo decidió seguir la ruta por su cuenta. No pudimos hacer nada por retenerlo. A lo lejos oíamos los tambores de una tribu, a medida que íbamos avanzando. Entonces, en un momento dado, el Quique, alarmado e histérico, quiso volver al campamento.
También lo perdí, sin poder hacer nada, teniendo que continuar solo. Me capturaron los nativos unos kilómetros más adelante, chiquititos y oscuros, con mirar huraño, amenazador. Durante el arresto me temí lo peor, pero en lugar de matarme, por la noche, maniatado, me obligaron a comer, sirviéndome una especie de salsa con costilla picante. Mientras me relamía, chupándome los dedos por el hambre atroz, contemplé horrorizado las mochilas y las ropas de mis amigos allí tiradas, junto a la caldera hirviente de troncos.
Fernando Gracia Ortuño
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miércoles, 11 de abril de 2012

El domador

Hay que tener un par de narices para enfrentarse a ellos cada día. Huelen tu miedo, y están esperando la mínima ocasión para abalanzarse sobre ti cuando estás desprevenido. Ni el látigo ni el estoque que llevamos serían suficientes si tuvieran hambre. Me acorralarían y con sus artimañas bien estudiadas acabarían conmigo en pocos segundos.

Están acostumbrados, llevan millones de años en la sabana estudiando sus estrategias y poniéndolas en práctica frente a las cebras o los bisontes, que también han aprendido a sortearlos de mil formas diferentes.

Pero estos leones son especiales, me conocen, han aprendido a oler mi inseguridad, y si no fuera porque los conozco yo también y los he estudiado a conciencia, ya habrían acabado conmigo. Cuando abren sus fauces y empieza el show parece que saben la expectación que generan frente a su público, que los contempla impresionado y sin aliento, pero sin tener verdadera idea de lo que representa estar aquí dentro encerrado con ellos en una jaula.

Yo sí que lo sé. El día que nadie pudo evitar la tragedia, el público vibró de verdad, cuando devoraron a mi sustituto en un periquete. Por lo visto el mozo encargado de darle de comer por la tarde no lo hizo, porque tuvo que irse a un concierto en el Palacio de los Deportes. Yo contemplé las imágenes aterradoras por televisión. No dejaron nada del pobre domador, y todo frente a millones de personas que se quedaron heladas al verlo, y, lo que es peor, sin mover un solo dedo por la impresión. Claro, estoy cabreado porque me hubiera tocado a mí, de no ser porque también fui al concierto esa noche.

La negligencia del mozo de cuadras, que no le dio de comer a estas fieras, y lo que es pero, seguramente cuando se largó estaba pensando en algún ligue, el bribón. Porque ¡no me puedo creer que uno sea tan despistado...! Yo no sé dónde vamos a ir a parar con esta juventud que tenemos en este país. ¡Parece mentira que encima que ofreces trabajo en un circo, se toman sus obligaciones tan a la bartola...!





Fernando Gracia Ortuño        2004


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lunes, 9 de abril de 2012

Caperucita, Caperucita...

Me gustaría que vierais cómo se mueve Caperucita sobre la pista de baile, con su liguero negro y su caperuza ondulante, chaquetilla abierta y roja que le llega hasta las caderas, sin nada debajo más que el conjunto de las ligas de seda y esas medias negras que esconden el misterio de sus muslos relucientes debajo… Su mirada es una obsesión que se te pega, a pesar de seguir sus movimientos al milímetro, mientras el ritmo de la música la mece, Caperucita está en ellos y esos ojos forman un conjunto con el todo que la ensalzan a la locura. Un gruñido soterrado me estremece cuando la miro bailar así. Porque sé que será mía en poco tiempo.

El bosque de cuerpos bailando sobre un haz de luces multicolor me impide a veces seguirla en todos sus movimientos. Unos segundos. De pronto se abre un claro y aparece otra vez frente a mí, bailando de esa manera extasiante que todo lobo debiera conocer por lo menos en la imaginación antes de morir.

Sé que tiene que acudir a la barra a beber antes de abandonar el local. Lo sé. Y la espero. Llega a mi lado, y parece que no quiere reconocerme, por pudor. En realidad Caperucita lo sabe quién soy. Todo el mundo me conoce en la discoteca. Soy el lobo. Y las chicas saben para qué vengo aquí al bosque de luces a mirar y bailar con ellas, a encandilarlas para llevármelas, cuando sean las doce, a mi catre de la floresta.

Mucha gente me señala con el dedo por esto, pero sé que secretamente sueñan ellos también con Caperucita y una noche romántica con ella. ¡Para qué mentirnos! Luego la envidia los corroe. Cuando se enteran que otra chica hermosa ha caído en mis garras y si te he visto no me acuerdo. Los corroe por dentro, lo sé, a los envidiosos sobre todo, y a los celosos enamorados de Caperucita como yo.

Cuando acabo de darle un segundo trago a mi cubata, inmerso en estos pensamientos, Caperucita me mira con genuina curiosidad. Ahora sí acaba de reconocerme. Pero su mirada en lugar de asustarse, se ha vuelto fresca y dulce como la de la mañana. Me habla, y yo le contesto con voz ronca, en realidad mis pensamientos van por otro lado, pero  trato de ser los convencionalismo previos y necesarios para llevármela a la cama lo antes posible. Ella sonríe, recordando no sé qué sobre la pista, cuando los chicos la rodearon y comenzaron a hacerle sonrisitas cómplices. Yo no hice nada por salvarla, ironiza… Si tú supieras, pienso, entre dientes afilados y fauces contraídas, lo que haría con ellos…

Sé que como sigo tu discurso a la perfección, esta noche te vendrás conmigo, Caperucita. Claro, primero tienes que tomarte tu cubatito, achisparte, reír, reír mucho conmigo y mis bromas, embriagados por mis chistes y mis aduladores cariños y pellizcos que pienso darte, sin escatimar ni uno. Por supuesto.

Sí, una noche por lo menos, antes de morir, estarás en mi lecho, Caperucita. Luego los envidiosos de los hombres vendrán a matarme, me acorralarán, ellos tan seguros de mi injusta barbarie y brutalidad, para matarme, claro, con tu abuela chismosa y reprimida a la cabeza de todos gritando: “¡Al lobo, al lobo! ¡Que nos quita la pureza! ¡Al lobo, al lobo!”

Pero Caperucita, antes de ese momento fatal, tú y yo habremos danzado sobre las aguas de la felicidad… ¡Caperucita!



Fernando Gracia Ortuño

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martes, 3 de abril de 2012

Firmas de "Y digo yo" en la feria del libro de Sant Jordi, en Barcelona



ALIBRI

Estaremos en el stand de la librería Alibri, en Rambla Catalunya nº 21
Barcelona

A todos aquellos que se quieran acercar, estaremos encantados de firmarle un ejemplar dedicado

Fernando Gracia