jueves, 23 de mayo de 2013

Suceden cosas tan curiosas

No lo entendería, si no me gustara tanto leer. Pero esto pasó tal cual lo cuento. A mí me encanta cierto autor de novela negra, pero sus libros están descatalogados hoy por hoy, no sé por qué. La atmósfera de sus libros la intentaron plagiar muchos, sin conseguirlo, porque él era único. En la actualidad priman un tipo de novela negra más light, entretenidas, para leer sin calada, de esas que sin tanta consistencia te lees de un tirón, pero luego a los pocos días nada recuerdas. 
En cambio las que escribía mi autor todavía eran densas, impregnadas de un cierto halo de melancolía meditabunda, entrecruzado por la acción, oníricas y difíciles de encontrar hoy, unas novelas que transmitían densidad, no sabría explicarlo, y se te quedaban en la mente para siempre, tramas y relatos estructurados de modo que lo esencial, su contenido de un universo trágico, no está constantemente rozando la banalidad absurda de estos días, en que las novelas se escriben como churros insípidos. Eso sí, best sellers indiscutidos... 
Pues un día me encontré tiradas en la basura casi todas sus novelas. No me lo podía creer. Estaban en una caja de cartón de súper, bien dispuestas. Lo que tanto me había costado buscar ya lo tenía frente a mí, como un regalo del destino. Cuando tantas novelas negras que no valen un duro se editan a espuertas, allí tenía yo las que tanto había buscado, las de mi autor favorito, descatalogadas, y a punto de ser trituradas por el camión de la basura.


Fernando Gracia Ortuño

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miércoles, 13 de febrero de 2013

La debacle

Si lo intentara, no podría recordar el momento en que comenzó todo, el instante concreto de la mañana en que el mundo comenzó a desmoronarse como en una pesadilla hecha realidad, descomponiéndolo todo en una avalancha imperceptible que te sorprende de pronto, sin poder reaccionar. A partir de ese momento la concepción de las horas, la mañana, el día, la noche, el tiempo y sus ocupaciones, los horarios y el sistema de vida, la concepción del mundo tal como la conocemos, se tambalean y enseguida comienza a descomponerse todo, desapareciendo en el caos, para dejar sólo espacio al terror más instintivo arraigado en nuestro interior desde lo más remoto. Sí, nada volverá a ser como antes, ni siquiera a ser… El mundo desaparece, y sólo el caos es testigo del pensamiento. Nunca se recreará el mundo de las cosas y la naturaleza en su antiguo cauce, y la conciencia sólo puede presencia el fin. Nada volverá a ser lo que era. Lo irreversible ahora lo domina todo. Pero, ¿cuándo comenzó este cataclismo que ha trastocado el orden terráqueo, arruinando la vida en el mundo para siempre? ¿Dónde estoy? ¿Por qué puedo pensar existiendo y existir pensando, sin haber sufrido daño alguno, después del cataclismo al que me vi arrastrado del modo más inexorable? ¿Soy acaso el único superviviente y sólo puedo contemplar el cosmos desde la atalaya de mi propio pensamiento? ¿En qué me he convertido, y, sobre todo, desde cuándo, cómo, por qué? Era como si mi pensamiento se hubiera consubstanciado con la materia, y ya no pudiera deslindarse de ella, ni distinguir donde empezaba el uno y acababa la otra. Cuando comenzó el fin del mundo Maya, éste 21 de diciembre del 2012, yo me encontraba pedaleando, abstraído y ausente, en la octava planta del gimnasio. Mientras contemplaba abajo a los nadadores de la piscina, a través de los amplios ventanales, me aburría con las noticias del periódico gratuito del gimnasio que alguien había dejado sobre la bicicleta estática. Meditaba brevemente sobre la infinita variedad de problemas de los tiempos que corrían, la crisis y la arrogancia de los hombres, el poder, la corrupción y las diferencias sociales, cuando de pronto se escuchó un terrible zumbido ensordecedor. Los que estaban haciendo pesas y los ciclistas nos sobrecogimos al instante, quedando unos segundos paralizados y observándolo todo.
   Me di cuenta enseguida que un repentino vendaval comenzaba a zumbar imprevisiblemente, inundando el local con un rugido espantoso difícil de describir. Fuera y dentro del gimnasio ese sonido estaba abarcándolo todo, y en el momento en que el potentísimo tifón comenzó a zarandear los objetos más pesados, como bicicletas, estantes de pesas, paneles, tatamis y máquinas de culturismo, fui consciente de la magnitud de todo aquello y traté por todos los medios de ponerme a salvo junto con los demás. Me agaché primero, para no ser golpeado, y luego me fui arrastrando como pude hacia la salida, aferrándome a las barandillas y las barras de la sala, pero no era nada fácil. Al mismo tiempo que todo se movía alrededor, también era zarandeado, así que desplazarse entre un batiburrillo de objetos y personas en total descontrol y arrojamiento se hacía del todo imposible. El huracán estaba arrastrándonos e inundándolo todo, lanzando por el aire, como si fueran migas de pan, los objetos más pesados en una nube sumamente peligrosa y criminal. Algunos que habían quedado sueltos también volaban, pero para nada hacía reír. En cuestión de segundos pude ponerme a cubierto, y, tratando de proteger mi cabeza con los brazos, iba arrastrándome como podía por el suelo de la pared principal buscando la salida a las escaleras de emergencia. Los coloridos paneles con imágenes lúdicas iban zumbando de un lado a otro del gran salón, como si fueran frágiles haces de hojarasca otoñal arrancada por el viento. Era espantoso, pero no había tiempo para el miedo. La gente comenzó a gritar despavorida para desalojar el local inmediatamente. Un guardia de seguridad trató de hacernos señas gritando, a fin de conducirnos hacia fuera, pero él mismo fue presa del huracán, saliendo volando por uno de los ventanales inmensos que habían quedado destrozado, y siendo luego succionado por la vorágine hacia arriba, como un crespón, en décimas de segundo. Los gritos no cesaban, era desgarrador, pero en esos momentos la naturaleza misma que nos estaba haciendo eso ponía en funcionamiento un complejo sistema hormonal que dejaba atrás las impresiones, y nos incitaba a actuar de la manera más acorde a la vida y a sus impulsos. No podíamos dejar de luchar y dejarnos llevar por aquello. Como en tantas y tantas películas que habíamos visto, ahora llegaba el momento de la verdad, el de la lucha a vida o muerte, el tan repetido o todo o nada de la lucha por la existencia que tanto nos había motivado para conseguir nuestros fines. Corríamos, nos agazapábamos, nos sujetábamos a todo lo que podíamos, y luchábamos por salir de allí con todas nuestras fuerzas, como posesos por un único objetivo, sobrevivir. Los que se quedaban apabullados y los acontecimientos los superaban, sencillamente salían volando por el gran agujero que se había abierto en el techo. Como la vida misma, como la selección natural que habíamos mamado en la escuela, sólo los más aptos, y con más mala leche, sobrevivían. Y en aquél momento el miedo no se podía sobreponer a la mala hostia. La necesitábamos para salir de aquélla airosos. Los que se quedaban petrificados estaban perdidos, acurrucados a la espera del destino final en algún rincón, esperando lo inevitable. Los más en cambio salíamos corriendo, agazapándonos en desbandada a trancas y barrancas, caíamos, nos tropezábamos, seguíamos avanzando, volvíamos a retroceder, intentando evitar los aparatos de ejercicio que flotaban y salían despedidos furiosamente, una cantidad de objetos que jamás te los hubieras imaginado, de nos ser porque sabías dónde estaban normalmente. Entre ellos veías rostros conocidos catapultados en todas direcciones soportando como podían los embates y la furia del viento.
    El suelo se desestabilizaba con una fuerza aterradora, contribuyendo al lanzamiento de todo tipo de cuerpos. Al vendaval furioso parecía haberse sumado un terremoto que lo estaba arrojando todo en cualquier dirección. Nadie podía abrirse paso entre el gentío descontrolado, y los que llegaban a la puerta, presos del terror más salvaje y el descontrol, llegaban en una lucha que más parecía una encarnizada competición. Cuando a mi franqueé la puerta y sujetándome fuertemente a la barandilla, me asomé a las escaleras, pude ver que muchos eran zarandeados y furiosamente destrozados por el terremoto, de modo que abajo, en el rellano, parecía haberse amontonado una cantidad de cuerpos que casi llegaban al primer piso. Pero no había tiempo para nada. En ese momento hubo una espantosa explosión, tan atronador que me sacudió y desplazó violentamente varios metros, hasta caer en las espalderas. Tenía los oídos hechos trizas, doliendo a más no poder. Me sujeté a las espalderas con todas mis fuerzas, y luego miré hacia el techo instintivamente. Me horroricé en ese momento, y por un segundo estuve a punto de perder el control y gritar como un loco. Una bici estática salió volando frente a mí, con un hombre sujeto a ella, camino del techo. Gritos eras espeluznantes. Era algo que no te podía siquiera imaginar en el ámbito de aquel recinto familiar. Enseguida protegí mi rostro y me di cuenta que el techo entero del edificio ultramoderno de mi gimnasio había sido arrancado del cuajo. La tormenta de cascotes y objetos formaba una metralla asesina. A través de los resquicios que formaban mis dedos en la cara, me di cuenta que donde antes había un cielo raso última generación de claraboyas de metacrilato transparente, ahora se vislumbraba el foco del implacable huracán que azotaba furioso la tempestad de nuestra vida materialista, cuyos millones de restos eran sacudidos en un torbellino vertiginoso. Casi me caí de espaldas, pero pude rehacerme, sujetándome a las espalderas con todas mis fuerzas. Entonces, en medio del caos, me fijé como pude en lo que quedaba de gimnasio. Fue un atisbo nada más, porque no podía pensar en otra cosa que en mantenerme sujeto a los barrotes de madera. No se podía vislumbrar muy bien el área donde antes estaba la piscina olímpica, pues ahora sólo se veía el foco de un tornado en su lugar, succionándolo todo en un haz de agua portentoso e increíble. La impresión de ver aquello te dejaba exánime. Era una cortina en forma de espiral de agua inmensa. Y ese torbellino se elevaba delante de mí elevando a todos los que habían estado nadando unos minutos antes y no les había dado tiempo a salir. Volaban por el aire intentando asirse a cualquier cosa firme, pero era del todo imposible, salían volando, despedidos por el ojo del huracán hacia arriba, y sus gritos se hacía cada vez más tenues a medida que se alejaban a la velocidad del vendaval. El torrente de agua fue succionado en poco tiempo, llevándose con él a todos aquellos que unos minutos antes habían estado nadando, y la piscina quedó vacía y seca en unos minutos. Miré hacia el cielo. Todos los nadadores habían sido succionados por la vorágine, y la implacable tromba de agua ahora los hacía revolotear en círculos a cientos de metros, lanzándolos cruelmente contra los escombros y sacudiéndolos como si fueran títeres inertes a su voluntad y capricho. Era espantoso. El deseo de salir como sea de aquél infierno, y así volver a mi casa para encontrarme con mi familia, se veía constantemente obstaculizado por todo tipo de fenómenos naturales de la catástrofe. Sabías que había llegado el fin, tal vez el fin del mundo, pero antes querías con todas las fuerzas de tu voluntad salir de allí, despedirte en un último adiós, abandonarte entonces al amor, pero era del todo imposible, el caos y la vorágine no te dejaban moverte, sólo podías asistir a sus manifestaciones más violentas, sin poder hacer nada. La impotencia lo inundaba todo como si fuera un tsunami arrollador, y sólo podías despedirte con el pensamiento mientras luchabas a brazo partido por salir de allí. Ni los sentidos ni mi propio organismo podían reaccionar sin verme golpeado y arrastrado, zarandeado y herido por toda aquella masa informe de objetos y restos en vertiginosa suspensión.
   Llegó un momento que no pude controlar mi situación, y yo también salí disparado hacia los aires, abandonado completamente por el cansancio y la extenuación. Salí flotando como un crespón hacia las alturas. En menos tiempo del que jamás pude imaginar fui elevado por la fuerza del huracán para contemplar desde la estratosfera el caos tan inimaginable en que se había convertido el planeta tierra. Contemplé el horizonte violeta mientras constataba asombrado que ya se había apagado el azote del vendaval, y que allá flotando por fin me hallaba a salvo de su furia. Estaba en una zona donde la gravedad no se contraponía a los impulsos del cataclismo, y en cierto modo me sentía a salvo, envuelto en una nube de objetos flotantes y sin sentido. Mirando hacia abajo, todo cambiaba a un ritmo frenético, impensable. La propia corteza terrestre se convulsionaba, replegándose sobre sí y destrozándose al tiempo que el magma lo arrasaba todo y la tierra se destrozaba en pedazos que salían despedidos por el universo. Bloques de edificios, millones y millones de ellos destrozándose en un fragor espeluznante eran devorados y sumidos en el espacio infinito. Era como una mole de plastilina que se hubiera venido abajo y desintegrado sobre sí misma. Era consciente que la debacle universal a la que estaba asistiendo era también la causante de mi lento alejamiento hacia el vacío y la nada del cosmos. La tierra había desaparecido en él, y el sol se iba agrandando cada vez más para acabar engullendo todo el sistema solar. No me preguntaba si podía respirar, ni cómo. Me abrasaba simplemente. Pero pronto todo acabaría, y mi sufrimiento también se fundiría con la nada, allí flotando, dominado cada vez por una angustia mortal y abrasadora, hasta que algo de repente me despertó. Era mi mujer, que preocupada me estaba sacudiendo con fuerza. Estaba en casa. No pasaba nada, y respiré al fin, tratando de serenarme y olvidar. Me acordé de todo, sin embargo, mientras recibía unos leves empujones de confirmación. El ímpetu de las olas del océano unos minutos antes, cuando estaba flotando por encima de todo lo conocido, era el mismo que ahora me despertaba y hacía darme cuenta que estaba sudando a chorros, aunque ya por fin salvo. Todo había acabado.


Fernando Gracia Ortuño

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domingo, 27 de enero de 2013

Los mejores

  


                  


De entre todas las personas que más admiro están las que saben memorizar listines telefónicos. Lo confieso, yo sería incapaz de hacer una cosa así. Pero las personas capaces de memorizar cualquier listín de teléfono, está demostrado que son especiales. Suelen triunfar en concursos de listines telefónicos. Cada vez tengo más clara una cosa: Memorizar números es importante, te ayuda, le hace pensar a la gente que sabes de qué va la cosa, que eres más importante. Es una habilidad que no está al alcance de cualquiera. Por ejemplo, nadie sabe mejor que nadie quién tiene tal número de teléfono, pero las personas que memorizan listines sí. Ahí está la clave del asunto. Es como una prerrogativa especial, un privilegio. No todo el mundo está a la misma altura. El saber es poder...


Fernando Gracia Ortuño

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martes, 15 de enero de 2013

Humor británico en palacio

   Cuentan que el otro día la reina Isabel, a la hora del té en su magnífico salón imperial, le preguntó a su hijo, el príncipe Carlos:
-¿Has visto cómo se han espabilado en España?
-¿Qué quieres decir, mamá?
-Sí, parece que las crisis agudizan el ingenio de los pueblos, y en este caso los ingeniosos españoles han inventado la denominada “Recolocación”.
-¿Recolocación? ¿Y en qué consiste eso?
-Pues muy fácil. Es todo lo contrario a la profesionalización especializada. Es decir, que todos harán de todo, sin importar su formación ni experiencia.
-¡Por San George, no me lo puedo creer…! ¿Cómo es posible que no se nos haya ocurrido a nosotros antes? Entonces, para poner un ejemplo, ¿si tuviera un accidente y tuviera que precisar la asistencia de un médico?
-Pues muy sencillo, Charles, como en España han inventado la recolocación, pues vendría un bombero y te atendería con su manguera como un profesional de la medicina. Sí, sí, es así, como lo oyes, hijo. Estoy seguro que apagaría el fuego del coche, y luego te atendería a ti después, sin menoscabo de sus funciones como médico o auxiliar. Esto pasa porque, como en todas las crisis, los gobiernos quieren echar gente a la calle, pero como se imaginan lo que pasaría, el caos, pues no lo hacen, y los recolocan donde sí se creen ellos que hacen falta.

   Por ejemplo, donde antes había un soldador, como hacen falta cocineros, pues quitan el puesto del soldador y ponen un mecánico especializado haciendo tortillas de patatas, pizzas y todo tipo de guisos de lo más variado. Muy sencillo, verdad… Es el mejor modo de salir de la crisis que haya inventado una mente humana Parece increíblemente sublime, genial, único que haya mentes tan preclaras, verdad, Charles... Pues así no tienen que echar a nadie. Y todos tan contentos ¿Es increíble, verdad, Chaaarles?

-¡Increíble, de verdad, estos españoles! ¡Jamás me lo hubiera podido imaginar! ¡Lo que no inventen ellos! Pero ¿y si quiero que me atiendan entonces en el hospital, después del accidente, tal como tú has supuesto?
-Pues muy fácil, hijo: tendrás camareras de bar, o administrativas, o celadores a tu disposición, haciéndote tomar los medicamentos, dándote la comida y curándote las heridas hasta que te des de alta. Y no sólo eso, pues si viene un bombero, o un mecánico ingeniero, o un operario de grúa, mejor que mejor. Más seguro te sentirás, pues son como genios que lo saben todo, tienen o tendrán cinco, seis o siete carreras y muchísima experiencia demostrada, de lustros.
-¡La verdad, me parece genial este invento de los legisladores en España. ¡Es tan inteligente…! Pero escucha: no acabo de entenderlo! ¡Cómo va a saber un mecánico de medicina! Hostia, no había caído… ¿Les dará tiempo a estudiar todas las carreras, de modo que puedan estar preparados para cualquiera de ellas cuando se presente la ocasión, en tan poco tiempo de vida?


-¡Cómo se nota que no conoces el espíritu humano, hijo mío! Es muy sencillo, sólo hace falta saberlo todo, ser un recolocado, un experto en multifuncionalidad profesional. Tener veinticinco carreras y todo tipo de experiencia profesional. Sólo así puedes estar preparado. ¡Ser un crac como ellos! Nosotros no entendemos mucho de esto, porque somos más específicos. Pero por lo que vemos, después de estas noticias del invento de la recolocación, el espíritu de Leonardo da Vinci vuelve a estar en boga, ¡y todavía perdura en España! Sólo un espíritu humanista puede abarcarlo todo, un genio, y estoy convencida que con unos legisladores tan ingeniosos, inteligentes y sabios, el pueblo español estará a la cabeza de Europa en muy poco tiempo, Charles… ¡Ya verás, ya verás…! ¡Chaaarles…! ¡No te rías de mí!

Fernando Gracia Ortuño
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viernes, 4 de enero de 2013

Gracia sureña

¡Era tan típica! Lo peor de su tipismo fue cuando me dejó, al recordar luego sus expresiones en la playa: ¡Quillo, mira la hola!". O cuando al pellizcarla miraba por encima del hombro hacia atrás, quejándose: "¡Ay, no me diga ezo, cigue, cigue ací!"



Fernando Gracia Ortuño

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Luna llena

Primero se escuchó un gruñido espantoso. Después unos crujidos extraños, seguidos de un alboroto y horrorosas masticaciones. Se estaba liando una bronca cuando caí de la cama: Aquél animal extraño daba unos saltos tremendos, de un bloque a otro de la calle, infernal y aullante criatura  voladora.



Fernando Gracia Ortuño

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jueves, 3 de enero de 2013

Ejecución

-¡Ah, dolor, dolor! ¡En este mundo dondequiera que mires no hay más que dolor! -parafraseó enigmáticamente el encapuchado, encima de una tarima donde había un cadalso-. Suerte que yo por lo menos tengo la sartén por el mango, jeje...
-¡Hijo de perra! -gritó alguien entre el público.



Fernando Gracia Ortuño

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Dualidad

Primero llegó el escándalo. Después el alboroto transformó la sorpresa en secreta admiración, la de contemplar aquella nudista corriendo por el campo de fútbol. ¡Qué cuerpazo, pensaban los mojigatos!


Fernando Gracia Ortuño

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lunes, 31 de diciembre de 2012

Canon de belleza

La popularidad le llegó en el momento menos esperado. Fue en una entrevista, al apartarse la melena y enseñar una oreja desproporcionada. Se la tenía que recortar, se disculpó, pero era tarde, los orejas pequeñas eran mayoría en aquella tribu de aguerridos pigmeos caníbales.


Fernando Gracia Ortuño

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viernes, 28 de diciembre de 2012

La danza de los cuadrúpedos

  
   No cabe duda que misteriosos son los caminos del Señor... y del arte. Hay palabras que, por el sólo hecho de encabezar un título, auguran su posterior popularidad. Una de ellas es justamente el vocablo danza. Por ejemplo ¿quién no ha visto la impresionante película de Sidney Pollack "Danzad, danzad, malditos", en que en época de crisis espantosa unos concursantes bailan y bailan durante días, hasta la total extenuación? O por poner otro ejemplo, ¿quién no ha contemplado alguna vez las obras del período oscuro de Goya con el mismo título? ¿Quién no ha leído la formidable y divertidísima novela prehistórica "La danza del Tigre"? ¿O quién no ha escuchado alguna vez las canciones del grupo "La danza de los esqueletos"? O leído la estupenda novela "La danza de los malditos" de Miguel Abollado"? Hoy todo lo danzante está de moda, es más shic, y todo lo que con ello se relacionare, sobre todo enmarcado en el título, se puede asegurar sin titubeo alguno, que está destinado a causar cierta resonancia, sin ningún genero de dudas esto así. Pues queda demostrado por los hechos a nivel internacional.

 
   Si no vean el caso del baile del cuadrúpedo que ha popularizado el chino Hang con su grotesca Danza del Caballo. Ahora todo el mundo se ha puesto a contorsionarse desmadejadamente desde que se ha popularizado. Trillones y trillones de personas en todo el orbe están como locos bailando la danza del curdrúpedo. Es una de esas locuras generalizadas que seguramente precisarían de una explicación estadística sociológica. Las descargas en la red se han multiplicado a ritmo exponencial, batiendo todos los récords. La danza del cuadrúpedo está causando furor. Yotube está que echa humo. No hace falta ingeniárselas mucho, ya lo vemos, ni estar siquiera en forma, o moverse con demasiado estilo innato en las venas, ni siquiera es necesaria mucha habilidad para salir a la palestra e inventarse una danza del cuadrúpedo, y acabar así revolucionando las pistas de baile. Está demostrado que si a alguien se le ocurre hacer un poco el ganso y salir a la pista danzando como un cosaco la danza del cuadrúpedo, por el sólo hecho de hacer un poco el mamarracho en contorsiones grotescas difíciles de mirar, el mundo entero le contemplará. No lo dudéis ni un segundo. ¡A bailar...!



Fernando Gracia Ortuño

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sábado, 15 de diciembre de 2012

Presagio

Se imaginó un ejército de franquitos haciendo lo que se le antojaba, levantando la mano, gritando su nombre, bajo el pretexto del orden y la unificación. Un país, una lengua, como en los viejos tiempos de la Reconquista. A los sospechosos les llamarían "rojos", "moros" o simplemente "polacos.


Fernando Gracia Ortuño

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sábado, 8 de diciembre de 2012

Los otros

Mientras la población languidecía con escasos recursos, los almorceros desayunaban caviar con langosta. Luego, antes del almuerzo, se apostaban junto al televisor para ver los realitys en que gente anónima se despeñaba desde las alturas, haciendo parapente con sus chaquetas. Era su mayor diversión.


Fernando Gracia Ortuño

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miércoles, 28 de noviembre de 2012

Carla, Lola, Martín, y el niño impertinente


  El hijo de Carla es vecino de escalera en esta inmensa y súper poblada urbe. Tiene sólo seis años, pero cada vez que ve a la portera de su finca, se pone de súbito a cantar la canción de Café Quijano: óyeme mi Lola, mi tierna Lola, mi triste vida es tu triste historia, pero qué manera de caminar, mira que soberbia en su mirar. Es algo extrañísimo, todo el mundo se da cuenta enseguida. Entonces Carla, sobrecogida por la transformación de la voz, lo coge en brazos, sumamente sorprendida, para callarlo. Aunque tuviera su gracia, cuando el puñetero se pone a cantar de esa manera el remate de la canción, ante el asombro de todos los presentes, llegamos al clímax del pasmo y el asombro generalizado: Es el tiempo de la arruga, que no perdona, es el tiempo de la fruta, y la pintura, que no perdona.



   Desde el mostrador de conserjería, Lola ni lo oye, o eso pretende hacernos creer, al girarse y pasar dentro de la portería, pues sabe que no es de esperar de un niño semejante ingenio y tanto mal deseo al prójimo, y, además, porque… ¡parece tan encantador! Para Lola la inocencia y la ternura no podrían reproducir la letra de la canción sino por la memoria y la pasión por la música de la inocente criatura. Sin embargo, Lola, al escucharla de boca de aquél niño juguetón, sin quererlo apenas, se remonta a sus años mozos, cuando comenzaba la carrera que la llevaría a conocer tantos hombres íntimamente en aquél barrio cochambroso. Claro, aquello es agua turbulenta, sobre todo pasada, que no se puede detener ahora a considerar mucho rato, mientras la pareja de madre e hijo suben en el arcaico a chirriante ascensor de más de cien años.
   Lola, la portera, se pone a pensar al cabo de unas horas. El tiempo ha pasado tan rápido. Y desde la visión del escalofriante niño la ha hecho meditar sobre el pasado. Por supuesto, está furiosa. Se detiene a meditar en lo ocurrido con Martín, cuando Carla lo pilló en la cama con otra. Lola piensa lo que tal vez jamás se le hubiera ocurrido a Carla en esas circunstancias. Pero sólo un momento, pues ahora que es mayor también se ha vuelto más moralizante, sobre todo con los asuntos de los demás. Y pensar en un trío le da cierta pereza. Además, ¡qué monstruoso, por dios…!
   Lo que pasa en estos casos, es que ahora la Carla le cae fatal, es joven, en plena efervescencia hormonal, o como lo quieran llamar, y la Lola ya va de camino al desguace sin ni siquiera poder asirse a un recambio de pago,  porque al verla los gigolós ponen pies en polvorosa, huyendo como posesos, corriendo que se las pelan sin apenas esperar a ver el dinero. ¡Pero mira que hay que ver lo caradura que es el Martín! ¡Y ella, qué golfa, qué impúdica, al aguantar sus engaños más flagrantes. Y no sólo eso, sino al continuar después con él, intentando por todos los medios solucionar el problema, seguir adelante con su amor, perpetuarlo con él a pesar de todo, ponerle remedio a la traición de esa manera tan indigna, perdonarlo! ¡Después de la espantosa visión! ¡Oh, Dios…! ¡Y con un niño en medio!
   Claro, a Lola, a su edad, ya todas estas cosas le parecen espantosas, odiosas, escandalosas. Ya no se acuerda de lo horripilante de la carrera de prostituta, cuando  empezaba, y los hombres de entonces, tan rudos siempre, ni siquiera daban las buenas tardes, iban directos a por faena, sin precalentamientos, sin delicadezas, sin nada. No sólo no usaban colonia, sino que en su sordidez se vanagloriaban a gritos, porque todavía no se lavaban como hoy, y lo veían de lo más normal. No, no había tanta higiene ni tanto control sobre los aspectos más recónditos y oscuros de la anatomía, y no sólo de la anatomía, sino de otras cosas mucho peore...
   La Lola, como ella fue prostituta durante tantos años hasta que encontró esta portería y pudo continuar viviendo del cuento, aferrándose con uñas y dientes a una paga, un techo y una vida social, lo ve todo desde la óptica más sórdida. Lo que pasa es que  ahora es una mujer respetable. ¡Dónde vas parar! Por eso cuando ve pasar a la que ella llama “La guarra del quinto primera!”  -“Ahí va la guarra del quinto, que ya llega la guarra, que viene, que baja, ahí viene la guarra, no, ahora que viene la guarra del quinto, a ver qué dice la guarra, que sube la guarra del quinto”-,  se acuerda del hecho sin falta: El Martín en la cama con otra, y la “guarra” del quinto, al verlo seguramente todo al detalle en plena orgía, encima se reconcilia con el sinvergonzón.
   Ah, Lola, Lola… La portera protestona, ex prostituta, que en el barrio pasa tan desapercibida ahora, como una de esas jardineras mustias y apagadas que se ven por las esquinas, una más, entre tanta gente, ay, Lola, Lola, nadie conocería hoy su oscuro pasado. En realidad se pone moralizante, dedicando sus ratos de ocio a juzgar a la bendita de la Carla, porque nunca la pudo tragar, porque ella, que de tanto amar a su novio, se desvanece por momentos, y sería capaz de perdonarle incluso el desliz, por tanto loco y enfermo amor que tiene en su corazón henchido de caridad, como diría Fernando de Rojas, en realidad ella, la Carla nunca ha podido sentir el amor como lo que la Lola supone que es, es decir, vicio. Puro vicio y lujuria insanos, y nada más.
   Todo lo más que ha conocido ésta, en efecto, son los sórdidos lechos de que ya quedó muy harta, y hoy tal vez echa a faltar alguna vez en una de esas noches mustias y solitarias en que le embarga el deseo, todavía, aunque en forma de tibio y lejano, evanescente amor. Por eso, cuando piensa en el niño, el impertinente, y en cómo demonios habrá podido saber lo que sabe, después de tantos años, si faltaban muchos todavía para que naciera, se da cuenta y esto la enerva y la excita tanto que le entran ganas de huir de pronto: ¿Casualidad, videncia de jardín de infancia, poderes sobrenaturales, sextos sentidos?  Hijo del demonio, de Martin. Tal vez, tal vez… Todo concuerda en el misterio del mal, el insondable demonio siempre presente, haciendo de las suyas, como decía su madre, que en paz descanse. Pero Lola ha tomado una decisión. Cuando los vea aparecer por la puerta, se meterá adentro en la portería, hasta que pasen, así no escuchará al horrible niño. Nunca más, nunca más.
   El caso es que un día Carla, por mera curiosidad, cuando ya Lola llevaba varios años en el otro mundo, le preguntó a su hijo por qué cuando veía aparecer a Lola por aquél entonces detrás del mostrador de la entrada, siempre, indefectiblemente se ponía a cantar esa canción odiosa de Café Quijano. Y por qué encima lo hacía tan rumbosamente, que no parecía siquiera él, un simple niño. Era algo que no podía comprender, pero pensó que tal vez Juliancito le podría decir ahora, después de tantos años, la razón. Incluso le amenazó con llevarlo de nuevo al psicólogo para niños. Y Juliancito entonces, para su asombro, casi le provoca un ataque a su madre en ese momento, al contestarle de súbito, con aire misterioso y tranquilo:
   -Es que a veces veo…
   -¡Qué es lo que ves, maldito niño, te voy a…!
   -Furcias…
   -¡Te voy a dar…! ¡Toma, toma y toma! ¡Te lo has ganado! ¡Tú lo que eres es un sinvergüenza!
   En ese momento Carla se enfadó muchísimo, y le dio varias bofetadas a su hijo, sin poder contenerse. Estaba hablando de mujeres, estaba hablando de ella, como mujer que era. Entonces lo comprendió. Además le amenazó y le dijo que lo llevaría al psicólogo otra vez, y que eso no lo volvería a hacer nunca más. No lo podía comprender, pues ni Martín se parecía a Bruce Willis ni el niño debería jamás haber hablado de aquél modo misterioso y contenido, como si estuviera poseído por Satanás, como la niña del Exorcista. Además, ¿qué tendría cuando era tan pequeñín contras las pobres mujeres que se veían obligadas a ejercer la prostitución? ¿O es que a lo mejor Juliancito no hablaba por boca de un niño por aquél entonces, sino a través de alguien oculto bajo su frágil apariencia? Alguien muy relacionado
   Tal vez un día el niño se lo explicaría. Ya era bastante grande, no de tamaño, pero sí de edad. De momento Carla sobrellevaba como podía su problema con Martín, pero lo que estaba cada vez más claro para ella era que desde que la voz del niño comenzó un día a  transustanciarse y hablar de aquél modo delante de la portera, Lola lo comenzó a mirar raramente al pequeño Juliancito. Se quedaba muy callada cuando lo veía aparecer del brazo de su madre, y, sobrecogida, muchas veces argumentaba cualquier excusa para irse de allí. Lo hacía siempre, indefectiblemente. Decía que iba a fregar la escalera corriendo, que no le daba tiempo, que se había olvidado del pan, que no había comprado la lejía, y bueno, un sinfín de excusas y pretextos con tal de escaquearse de su puesto de trabajo y no ver ni escuchar al pobre niñito. Y en fin, en resumidas cuentas, el caso es que por hache o por be, ya no volvió  a mencionar a otras cotillas el tema de Martín y de los cuernos. Hasta que un buen día la Lola desapareció de la portería, y del mundo para siempre. Ni por delante ni a sus espaldas aquella historia se volvió a mencionar, ni la de la propia Lola tampoco, claro…


Fernando Gracia Ortuño

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jueves, 15 de noviembre de 2012

Hipocondríaco

   Dice el médico que soy hipocondríaco. ¡Qué sabrá él! Lo que pasa es que estoy enfermo del corazón, yo lo sé mejor que nadie este hecho. ¿Así que qué sabrán los psicólogos de cardiología? ¿Eh? ¡Díganmelo! Recuerdo que a los diez y ocho años me dio un mareo por la autopista, con el calor que hacía, y lo supe desde ese preciso momento. Uno siempre es su mejor médico, como decía mi padre. Italia acababa de ganar el mundial, y yo iba saludando los coches por la autopista cuando hacían sonar sus cláxones al pasar junto a mí, pero ninguno paraba para recogerme. Fue como hacer la mili. Pero al final llegué a mi destino, a Málaga, a más de mil kilómetros de distancia.
   Hace tantos años de todo aquello. Ahora sé que en cualquier momento me puede volver a dar aquél mareo inicial de mi enfermedad. Aunque no sea del corazón propiamente, este colesterol tiene también sus colapsos mentales en forma de ictus que sé que en cualquier momento también me puede dar. Pero lo peor son las enfermedades respiratorias. Por eso no salgo de casa y he perdido el trabajo. A lo mejor es una tontería, pero más vale prevenir que curar.
   Estoy en estos precisos momentos tratando de levantarme del lavabo, me está dando otro ataque, lo sé, puedo predecir los síntomas. No sé si es un ictus o un ataque al corazón, pero estoy siendo paralizado por un colapso producido en los vasos sanguíneos y moriré en breve, sin acabar de recitar mi poema favorito de Bukowsky. Pero me han dicho que es un buen truco, recitar, recitar, hasta el fin, es la única manera de pararlo, por dios: “La carne cubre el hueso y dentro le ponen un cerebro, y a veces un alma”. No puedo seguir recitándolo. Me quisiera levantar, pero voy a morir ahora, lo sé, poner música dance, una discoteca, eso quisiera antes de…, y por favor, que no venga mi novia y me encuentre en el lavabo así…, me subiré los pantalones, tengo que hacerlo tengo que conseguirlo, por dios, es lo único que le pido a esta muerte que se acerca, antes de sea… pero ya oigo el timbre, no, es ella: ¡nooo! A pesar de todo, sigo vivo, ahora encima se está cachondeando de mí, ya se me ha pasado, y ella sigue allí en el sofá, hojeando su revista “Hola” del año 82, justo cuando el mundial. ¡Qué casualidad!

Fernando Gracia Ortuño

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lunes, 29 de octubre de 2012

Discreción

Siempre la misma historia: La chismosa del tabique acababa contándolo a su amiga en el trabajo. Los vítores, las guasas... "¡Venga, campeón...!" Los aplausos, y ellas, encandiladas bobamente...


Fernando Gracia Ortuño


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lunes, 22 de octubre de 2012

Pirómano

Al entrar en la tienda comprendió que no soportaba el tabaco. ¿Por qué hacían tanta cola para ahumarse? Ël sólo quería un mechero, que representaba una catarsis.
En la celda sólo tenía un jergón. Alguien olvidó una cerilla. Una carcajada resonó en la noche, por última vez.
Fernando Gracia Ortuño
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Maquillaje

En el mugriento vagón cabían más de mil personas apelotonadas, sin apenas espacio para respirar. El olor, el calor y la incomodidad se hacían insoportables. Aún así, la chica pidió bajar para arreglarse las uñas y maquillarse los ojos.



Fernando Gracia Ortuño

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domingo, 21 de octubre de 2012

Esclavitud

La primera ministra sonrió friamente. Pensaba con ironía que ahora tenía a sus pies a aquellos mismos países que un día derrotaron al suyo en las dos últimas guerras. Los pueblos deportados a los grandes campos, supuestamente de razas inferiores, habían demostrado no saber Macro Economía financiera.
 
 
Fernando Gracia Ortuño
 
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jueves, 18 de octubre de 2012

Pensamientos escritos

Se alborozó. Ahora les había dado por entrevistarlos. Por toda la sala sus sonidos guturales desarticulados. Las muecas y gruñidos entretienen a los televidentes. No puede contestar, sólo gime: ¡Yeahhhowwuuuuoooojooouuuu tu puuuu. ta mmm mm... madree..!
En realidad no se siente un mongoespástico, como pretenden, sino mejor que antes.
 
 
 
Fernando Gracia Ortuño
 
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lunes, 15 de octubre de 2012

Reconversión

Fue comiéndose una mazorca que el anciano tuvo el colapso. Su nieto lo sacaba de sus casillas, siempre incordiando. La rabia se iba desgranando en ira, acumulándose. Hacía que su propio cuerpo se autoregulara, regenerando las células cardíacas muertas, recomponiendo las vetustas arterias, cromando su piel androide de níquel.
 
 
Fernando Gracia Ortuño
 
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domingo, 14 de octubre de 2012

Existencialista

Babe contemplaba las llamas en la gasolinera, extasiado. Desde la empalizada, cantaba ¡Navidad, Navidad!. Rambo se le acercó sollozando ¡Mira lo que me han hecho! ¡Ya no siento las piernas! Subitamente, sin darse cuenta, su paño de lágrimas se convirtió en merienda, a la parrilla.


Fernando Gracia Ortuño

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sábado, 13 de octubre de 2012

Españolizar

Me preocupa esta expresión. En Cataluña por lo visto se ha liado una buena con las implícitas alusiones a la cultura catalana y española del diputado. Si hubiera que españolizar Cataluña, desde el punto de vista cultural, la cuestión suena muy mal, porque una cultura de cientos de años, la catalana, que no está estructurada sólo en la lengua, no se españoliza de un día para otro, y no es nada fácil españolizarla así como así, desde ahora en adelante el término dará mucho que hablar, como si al llegar a la legislatura ahora los del gobierno pretendiesen meter la cuña a fin de favorecer la españolización, dando prioridades y comenzando con el idioma para acabar españolizándolo todo, prohibir el catalán en las escuelas, reinstaurar las corridas, el botijo, las boinas campestres, los chotis en las plazas y demás elementos ya españolizados y vigentes de la cultura.
No es que pretenta meter cizaña contra lo que es Cataluña o España en estos momentos. Pero suena fatal, el término, me refiero, como arrogante, como decir, o imponer, o pretender, de ahora en adelante: ¡Pues ahora os vamos a españolizar! ¡Os fastidiais! ¡Qué os habéis creído!... No, no..., muy mal, eh... Sí, sí, todo y estar Cataluña dentro del estado español, desde el punto de vista burocrático, administrativo, económico y sobre todo fiscal y legal.
Se cuenta, a modo de anécdota, que por los barrios de Barcelona hace unos días un niño le contestó muy mal a un profesor de castellano en Cataluña, diciéndole cosas muy fuertes muy acerca de algo parecido a que españolizara a su p... y, en fin, bueno, por lo visto se lio la de San Quintín... Los profesores ya españolizados la emprendieron a golpes con el niño y su familia, los catalanistas de izquierdas con los profesores, a los que llamaron charnegos, esquirols, y no sé qué más...
En el patio hubo tortas, cócteles molotovs, guerra improvisada de guerrillas, mamporros, empujones, botellazas, total, que pareció una película surrealista, y todo, todo, por la españolización supuesta del señor ministro... En fin, que al final la questión de la españolización de Cataluña, por lo menos en este barrio, acabó como el rosario de la Aurora...

Fernando Gracia Ortuño

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