jueves, 13 de febrero de 2014

Mensaje en una botella para mi suegra

                            
                  Mensaje en una botella para mi suegra

La noche fatídica de mi separación estaba deleitándome con un vino de La Rioja cuando sonó el teléfono. Me pasó el inalámbrico y me dijo:
-Es mi madre. Dice que ha encontrado una botella con un mensaje tuyo…

-¿Con un mensaje mío? –pregunté perplejo, sumamente contrariado por la interrupción de mi hora lúdico-vitivinícola. “Esto me pasa por mi afición a la escritura, siempre escribiendo, por todas partes, en cualquier lugar y en todo momento…”

-Sí, tuyo –me espetó ella, como si ya estuviera informada del asunto, y no tardó en ponerme sobre aviso: “¿Así que encontró mi relato?”, pregunté, temiéndome lo peor. Pero el daño ya estaba hecho: Enseguida se puso mi suegra al aparato. Si lo dejaba a medio metro de mi oreja, escuchaba igual. Lo cierto es que ahora podría estar sordo. Porque lo peor vino al día siguiente, cuando me leyeron, como si se tratara de un oficio de la Santa Inquisición, el fatídico texto que escribí y nunca supe dónde fue a parar, escrito que, para mi desgracia entre comillas, dice así:

                           “Los murmuradores del abismo”
“Allí donde moran los murmuradores del abismo, esos seres viscosos del inframundo, que desde el pretil oscuro de la gran cloaca van rezongando entrometidamente, hablando mal o difamando sobre la vida de los extraños moradores y sus primogénitos primegistos, huele fatal, allí donde  medran estos seres ocultos entre sombras de sucias mazmorras, allí late el mal con toda su aura perversa. Pero el destino de estos murmuradores del abismo, ocultos entre tinieblas, nunca lo puedes prever. Te puede tocar, en la rifa de la vida, como un hijo, un pariente, o, lo que es peor, como una suegra…”

¡Maldita suerte la mía, entre comillas, pensé!: Este escrito me lo dejé un día en casa de mi suegra, en un botellín de vino que bebí antes de tiempo, porque luego se me olvidó tirarlo, y, lo que son las cosas, ¡ahora soy feliz! 


 

Fernando Gracia Ortuño
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jueves, 6 de febrero de 2014

Chimbo, el replicante


Todo estaba transcurriendo según lo habitual hasta el momento, siguiendo el patrón de un almuerzo más después de la jornada de explotación de recursos. Los robots de la Difama Corporation se alinearon en filas concéntricas a nuestro alrededor, rodeándonos en pocos segundos para que no pudiéramos escapar. Su voces eran metálicas pero suaves, cual mugidos de circuitos electromagnéticos que fluyeran por debajo de la conciencia, apenas perceptibles en realidad, pero sumamente efectivas. Habían estado escuchando nuestras conversaciones en el refectorio oficial de la multinacional de la EU, y no querían dejar escapar la oportunidad de aprovecharlas. Chimbo, el más activo de los Replicantes Especuladores Ocultos, tratando de disimular su estrategia, hizo un quiebro con el fin de driblar a uno de los robots y salir por patas en busca de ayuda, pero no surtió efecto: en décimas de segundo estuvo inmovilizado, berreando desde el suelo toda clase de sinsentidos. Enseguida, mientras los demás contemplábamos la escena, llegó la autoridad, y Chimbo, muy nervioso e hiperactivo, empezó entonces a ponernos a parir a todos los que habíamos estado allí comiendo con él, compartiendo chascarrillos y bromas, como si ya no nos reconociera.
Su transformación para salvar el pellejo fue impresionante, inenarrable o inaudita. Empezó a sacar los trapos sucios de todos y cada uno de los allí presentes, excepto los robots, y la Suprema Autoridad que acababa de llegar, claro, para reconvenirlo y ponerlo en su sitio, puesto que últimamente no estaba realizando bien su trabajo, se metía con los demás sin motivo aparente, y, para salvar su culo calumniador, había estado hablando mal incluso de la Suprema. El cabecilla de los robots de la Difama Corporation le soltó un golpe de porra y Chimbo volvió a caer, maldiciéndonos a nosotros en lugar de criticar el  Sistema de Recortes implantados por el Gobierno Federal Ultranacionalista Europeo, también llamado Germano Unificante, o del Imperio de la Setecientos Cincuenta Años.

Cuando estuvo de nuevo sujeto Chimbo, en su frenesí acusador del mundo, un espasmódico y paranoico berrear continuo y sumamente amedrentado, se le acercó la Autoridad. A nosotros el pelotón de máquinas ciborg nos vigilaban por sus cámaras oteantes por si realizábamos algún movimiento extraño.
No podía dar crédito a mis oídos. Unos minutos antes Chimbo los había estado maldiciendo, organizaría manifestaciones, actos de protesta, asambleas informativas, boicots al sistema de funcionamiento, eran escoria, lo peor, merecían la pena capital, y él mismo los ultrajaría en la picota una vez alcanzado los primeros objetivos de la sedición que pensaba organizar con la colaboración de todos nosotros, los explotados esclavos orgánicos de la compañía. Ahora en cambio, cuando se veía controlado, le había dado la vuelta a la tortilla y nos acusaba y calumniaba uno por uno en su detallado análisis capcioso paranoico. Era como si todo lo que hubiera estado planeando con nosotros en aquella mesa unos minutos antes, ahora lo estuviera utilizando en nuestra contra, todo y que él era el único responsable y organizador de la supuesta revuelta.

La autoridad lo hizo callar en un momento dado. Era de las pocas que quedaban de carne y hueso, una de las que controlaban a los ciborg desde un complejo sistema de programación organizado en la nave intergaláctica Mercacomun lustros atrás, vía satélite interestelar. Sólo le dijo unas cuantas palabras para acallarlo de una vez en su desaforada estampida de gritos, insultos, acusaciones falsas y calumnias a mansalva, pero Chimbo parecía no escucharla, estaba demasiado fuera de sí, atenazado por el pánico a su futuro inmediato, todo lo que lo atenazaba hasta tal punto que no se daba cuenta siquiera de sus actos más inmediatos, era él mismo, pero no se daba cuenta.

-Repita aquí todo lo que hemos grabado contra sus compañeros y contra el Sistema de Explotación de los Recursos. Pero Chimbo, el Replicante que nos había estado poniendo a mal con todo el sistema organizativo, como le llamábamos todos, juguete de sus propias emociones, humanas, demasiado humanas y volátiles, se había quedado sin habla. Antes tan agitado y movido, por primera vez el Sistema de Explotación tenía pruebas fehacientes contra él. Ahora se estaba muy calladito allí en el suelo, como en extraño trance autocompasivo, pero en breve se lo llevarían a las dependencias para los reajustes precisos de sus circuitos electrónicos mentales en el Reformatorio de Rehabilitación de Androides Desestabilizados y Peligrosos del Sistema de Explotación Mancomunitario Intergaláctico Planeta Azul.

 

Fernando Gracia Ortuño

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sábado, 25 de enero de 2014

Los ciborg oteadores del amor


Cae la tarde violeta, y la noche, con su manto de estrellas, se adueña paulatinamente de la mega-metrópoli industrial, mientras más 250 millones de almas, ocultas en centenares de quilómetros cuadrados de nichos de feldespato, mica y asfalto, tratan de dormir entre tinieblas de pesadilla, oscura como el metal galvanizado del futuro de sus existencias de soplo. Los robots de la UE, encabezada por la Markel, terrateniente burócrata de ojos fríos de hielo de la tecnocrática Káiser Punch europea, gobiernan la ciudad.
Son millones y millones de circuitos comerciales electromagnéticos los que dominan con sus programas informáticos de última generación para mantener a la población ocupada o bajo control. Cada noche, desde el funicular que conecta el Castillo de Montjuich con el Ciborg Pantocrátor del Templo del Tibidabo, los Hornos Ratzinger de última generación son transportados por los cables teleféricos hasta la Urbe Hospital Beneficencia del Valle Zafa Rank Xerocs.
Cada vez son más los desocupados, y el control de las masas desempleadas y famélicas se hace cada vez más difícil. Pero los nuevos hornos industriales, con sus ametralladoras de última generación controlan cualquier desmán sedicioso desde el aire. Están programados para ello, como los robots militares y los robots que controlan el aire.
Una noche, uno de estos hornos Ratzinger de última generación, con su mono-prismático electrónico, divisó una pareja sospechosa desde lo alto del cableado del funicular, y le preguntó a su compañero de cable si los desintegraban, puesto que parecían muy sospechosos allí en aquél búnker en lo alto del Coll de la Rovira.
A lo que el otro Horno Ratzinger de última generación le contestó que no sabía exactamente lo que estaban haciendo esos dos sospechosos allí a aquellas horas de la noche, posando un labio contra otro, y permaneciendo así abrazados durante largos minutos, contemplando la ciudad después, y emitiendo de noche aquellas extrañas gotas por los orificios pertenecientes a lo que parecían unos ojos de humanos.
Gotas extrañas e inauditas de salitre transparente que resbalaban lentamente por sus mejillas mientras contemplaban la noche violeta y se abrazaban y sonreían después, se volvían a abrazar y permanecían un rato así, perdidos en medio de la noche, con esas gotas y abrazos, miradas y sonrisas del todo sospechosos, que los dos hornos industriales, robots con patas y artilugios y ojos y demás, con sus ametralladoras láser de última generación provenientes de la UE,  -al mando de la que estaba la Markel y sus equipos de rescate-, no podían comprender.
Aquellas cosas eran sólo dos humanos sin empleo ni beneficio, pero hacían cosas del todo extravagantes.

 

Fernando Gracia Ortuño
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jueves, 9 de enero de 2014

El búnker

Encerrada en su búnker había hecho acopio de todos los objetos sustraídos al mundo exterior. Por fin podía estar a solas con ellos. La mayor parte eran libros, recuerdos de familia y otros elementos, adornos, figurillas, mesas, trípodes, la mayoría informáticos, pero también alimentos y una pequeña televisión que la mantenía informada de las noticias que le llegaban del exterior. ¡Ah, aquéllo sí que era vida!
 
Durante toda su existencia había estado soñando con ese momento. Por fin estaba sola, rodeada de sus objetos más queridos. Lo único que lamentaba tras el desastre  nuclear era no haber alcanzado aquél cojín en forma de corazón que tanto le gustaba en la casa de su familia, de un satén brillante y resbaladizo al tacto. Lo que más le había fastidiado siempre en la vida era no hacerse con aquello que le apetecía. Le parecía fantástico por aquél entonces, pero ahora que ya nada importaba, lo echaba a faltar, como si nunca lo hubiera podido tener para ella sola y nada más.
 
Fernando Gracia Ortuño
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viernes, 13 de diciembre de 2013

Los zombie smoking

No saben que están muertos, porque en su lucha encarnizada por la vida, su "vida", hace tiempo que persiguen a todo bicho viviente para exhalarle su humo contaminado y radiactivo de partículas de amianto, cobre, amoníaco y alquitrán.
Hace un rato he salido a comprar, enseguida se me ha puesto uno delante fumigándome a su gusto, y entonces he tenido que cambiar de acera, pero un grupito de ellos que estaban echando más humo que una locomotora a pleno rendimiento de carbón, se ha puesto a perseguirme enconadamente... No había manera de librarse de ellos. Todos al unísono se han puesto entonces a entonarme aquello de "¡Quiero fumaaaaaaaaaaaarrrr...!!! ¡Quiero fumaaaaaarrrrrr...!!!" Me escupían y acosaban de un modo acojonante, no tenía salida, era como si el malo fuera yo por no fumar, y además, cuando dejaban el cigarrillo en las últimas, proferían toda una sarta de insultos contra mí, que al final tuve que poner pies en polvorosa. Era espantoso, sus alaridos infestaban el aire, y a medida que me alejaba corriendo como un loco, y cada vez más, hasta convertirlos en una bolsa infecta, apestosa e irrespirable que parecía la humareda de algún volcán o el incendio de San Francisco visto desde el Golden Gate, no daba crédito a la suerte que había tenido de no acabar gaseado y muerto como ellos. Después, por lo que pude otear desde la colina de mi barrio se pusieron a comerse un brazo de un pobre desgraciado que encontraron por allí: un antitabaco, un vida sana, o un deportista, seguro...
Desde que el gobierno había prohibido fumar en los bares, todos los fumadores ambulantes se habían revolucionado, y para llevarles la contraria a los antitabaco, se habían puesto a fumar a mansalva como carreteros intoxicados, hasta morir contaminados la mayoría de ellos por el humo de sus cigarrillos, pero lo curioso del caso fue que luego volvieron a la vida. Era descojonante, nadie de los del mundo civilizado, ningún vida sana, ni ningún dietista, ni una autoridad, ningún gobierno municipal ni periodista sanitario en su sano juicio, podían dar crédito a lo que las noticias emitían a cada momento por la televisión. Las imágenes mundiales se hacían cada vez más estremecedoras, "por mis cataplines", según proferían a grito pelado de la manera más espantosa y horrible que se pueda uno imaginar, no sólo fumaban en todos los rincones del trabajo, en el interior de los bares y en las casas, en los ascensores, en los vestíbulos de los colegios y en los mercados, en las playas, en los autobuses, en los debates, sino que ahora encima el humo se había vuelto omnipresente en la vida de los seres humanos que todavía no deambulaban como cadáveres en pena cabreados y humeantes a más no poder. Como en cualquier país civilizado, y haciendo la competencia a las altas chimeneas de las industrias más contaminantes, al caos de la radioactividad y el smog, el humo se hacía cada vez más irrespirable, espeso y omnipresente en la vida cotidiana. Tanto que hasta había convertido a la especie en inmortal. Pues los zombies smoking, ¿qué no eran sino inmortales ejemplos de la ansiada y codiciadísima perennidad? Si existía, pues, una planta de la eterna juventud, esta por fuerza se llamaría tabaco.
 
Fernando Gracia Ortuño
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lunes, 2 de diciembre de 2013

El pan chicle

Queridos amigos, éste que ven en la foto es el típico pan chicle de toda la vida de mi barrio, que, puestos a considerar cuestiones alimentarias y demás comparaciones y cotejos en toda el área municipal y regional, es el pan chicle de esta ciudad-población de más de treinta millones de habitantes que toman, tal vez, cada día más de cincuenta millones de personas en todo el país. El pan chicle, como sabéis, tiene la característica de convertirse en chicle en pocas horas. Pero el que he descubierto en un paquistaní hace unos cuantos meses y estoy comercializando a escondidas por otros barrios, es diferente: éste es, como digo, el auténtico pan, el pan de antes del boom demográfico que desencadenó la comercialización del caucho alimentario.
 
Los paquistaníes donde compro las diez o doce barras cada día ni se imaginan que yo lo revendo después en otras partes de la ciudad al triple del precio. Pero como el pan es de tan alta calidad, y puesto que en toda la ciudad, la región y el país no hay uno como éste, los consumidores no dudan en comprármelo al precio que sea, y que en verdad vale la pena, os lo aseguro, pagar un poco de más.
Lo vendo en establecimientos donde sé que  acude muchísima clientela a comprar de todo, como Globoexpansión o Mecachis Alimentarismo, que son sitios donde puedes comprar de todo. Los directivos de estos centros, por lo visto han sabido reconocer la calidad y no escatiman en precios al respecto. Sin embargo, es un negocio qué sé que no va a durar, lo intuyo. Me imagino el porqué: Normalmente, el pan chicle se vende a 90 céntimos la barra, pero el que tiene cierta calidad, sin llegar a ser tan bueno como éste, incluso triplica el precio del pan chicle, y eso que no vale un duro como pan para comer en la mesa, pero por lo visto hasta que no llegaron estos panes al colmado de mi barrio, nadie se había dado cuenta, y ahí está el clic de la cuestión de mi negocio, tan floreciente como desconocido.
 
P.S. Por favor, os ruego una cosita, y es que no difundáis esta noticia de mi negocio del pan de verdad entre vuestros conocidos, si no mi chiringuito se iría al garete en menos que cantara un gallo, aunque fuera, ay, de un tipo de pan venido del otro lado del mundo...
 
 
Fernando Gracia Ortuño.
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miércoles, 6 de noviembre de 2013

Microrelatos ganadores del concurso literario "Equinoccio"


   GANADORES DEL CONCURSO EQUINOCCIO MICRORRELATOS:

- ELENA RAMOS: Se despertó con un sobresalto. Saltó de la cama y el e-book cayó al suelo. Se iluminó la pantalla, lo justo para ver la página de Equinoccio por la que se quedó antes de dormirse, e inmediatamente se desvaneció la luz. Fue al salón e intentó encontrar el interruptor con su mano temblorosa, pero no pudo. Salió hacia la cocina y fue di...rectamente al congelador industrial. Lo abrió y miró dentro. Estaba vacío. Oyó una respiración justo a su espalda y entonces sintió miedo. La persona menuda que debía estar dentro, congelada, había desaparecido, pero no estaba muy lejos...



- FERNANDO GRACIA: El cumpleaños

Hacía años que esperaba ese momento. El día del Equinoccio ella hubiera cumplido veinte años. Lejos estaba ahora, demasiado. Contempló el portal del centro de rehabilitación con aviesa mirada. Como un gatillo a punto de soltarse, un frío reptil, sabía que no tardaría en salir el cínico conductor. En la esquina desierta y cómplice, la noche, mientras el sucio pavimento resplandecía. En menos de un segundo saltó sobre él. La hoja de la katana lo encaminó a un local próximo.

-¡Quién eres, qué demonios...!

-Sólo quiero enseñarte algo. Tardaré un poco. Se llama dolor.


miércoles, 30 de octubre de 2013

El cumpleaños

Hacía años que esperaba ese momento. El día del Equinoccio ella hubiera cumplido veinte años. Lejos estaba ahora, demasiado. Contempló el portal del centro de rehabilitación con aviesa mirada. Como un gatillo a punto de soltarse, un frío reptil, sabía que no tardaría en salir el cínico conductor. En la esquina desierta y cómplice, la noche, mientras el sucio pavimento resplandecía. En menos de un segundo saltó sobre él. La hoja de la katana lo encaminó a un local próximo.
-¡Quién eres, qué demonios...!
-Sólo quiero enseñarte algo. Tardaré un poco. Se llama dolor.



Fernando Gracia Ortuño
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viernes, 18 de octubre de 2013

La extraña perplejidad del hombre estulto

  

  Se lo había repetido muchas veces en el pasado, antes del advenimiento del Segundo Nazismo. Ahora que lo veía allí colgado grotescamente de aquellas barras metálicas y gritando, me preguntaba si le hubieran hablado entonces del hoy qué hubiera pasado, qué hubiera contestado. ¿Se lo hubiera podido imaginar siquiera su encumbrado egotismo? Se hubiera reído de nuevo. Sin embargo tanto el oficial nazi que está ahora fustigándolo de lo lindo, como él, allí gritando tanto que no sé siquiera si llega a hacerse una idea de quién es, conforman una realidad más que palpable desde hace mucho, mucho tiempo.
   El oficial es el mismo que en el pasado mi amigo había tratado en el puesto de trabajo como uno más, y al considerar sus canalladas y jueguecitos de aquél entonces, jamás se hubiera imaginado lo que una mente perversa sería capaz de hacer en cuanto tuviera la más mínima oportunidad. No se imaginaba, por ejemplo, que formaba ya parte del P.N.A.N, (Partido del Nuevo Advenimiento del Nazismo), y si se lo hubiera preguntado se hubiera estando mofando de mi una semana.  

   Por eso ahora el oficial del que hablamos, ("El niño", como cariñosamente le llamaba entonces, en los años dorados de la paz, el tonto de mi amigo, y todos los que siempre le veían viendo vídeos donde se masacraba a gente), que encarna en sí la voluntad popular de los anti recortes y demás promesas del oro y el moro, lo está torturando, porque jamás se hizo una idea clara de su esencia. La confianza en un mundo de equívocos no deja de ser un craso error. Cuando observas el comportamiento de la gente, si quieres aprendes, le decía, conminándolo a abrir los ojos, y cuando sobre todo te fijas en sus formas de entretenimiento, le dije un día, los conoces mejor. Este se ríe de las penalidades ajenas, es su mayor diversión, se lo pasa bomba cuando en un vídeo ve cómo están matando a alguien, entonces está en su salsa, como ahora, que te ha tocado a tí, y ni siquiera te das cuenta que es él, el mismo "niño" supuesto gamberro que te creíste, el muchacho aquél "sin ninguna maldad" que a todo el mundo tenía engatusado por sus "travesuras inocentes" no exentas de "cierta gracia".
El pícaro del niño, el travieso, el pillo que siempre hacía tropezar al compañero para descojonarse ipso facto ante su caída, delante de todo el mundo, ¿era para reírse, verdad?... ¡El prójimo...!

   Mira por dónde, ahora, a tu amiguito bromista lo han ascendido a Jefazo de la Gestapo, y por fin es feliz, y se siente realizado, y hace lo que siempre ha querido, pero... ¡No, no puede ser, no puede ser cierto...! Es a ti, justamente, a quien está torturando justamente ahora es a tí, sí... En lugar de ver vídeos de asesinatos de gentes lejanas y extrañas, ejerce la tortura practica contigo, sí, ahora, no, no grites, no es para tanto, es un niño juguetón y travieso que sólo tiene aficiones extrañas, pero qué extraña y cruel ironía... ¿Te duelen los latigazos del oficial nazi, tu amiguito travieso y pillo con extrañas aficiones? Las vueltas que da la vida, verdad, es curioso, sí, lo curioso del destino es que siempre te piensas que estas cosas sólo les pasan a los demás, y, no, pero sí..., siempre pensaste que a veces, no, siempre, sí, efectivamente, creíste saber que la estulticia era sinónimo de condena.
¡Ah, la ironía y la crueldad de las vueltas que da la vida, como siempre decías...!
 
 
Fernando Gracia Ortuño
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miércoles, 17 de julio de 2013

Un infierno en la tierra

   Ahora que estamos en época de vacaciones, que no te pille una compañía  aérea de ésas que cuando tienen over booking pasan de ti olímpicamente, y si te toca a ti, justamente, arguyendo algún falaz motivo administrativo o alguna tara en tu billete, -mentirosa-, te dejan tirado durante días, o semanas, e incluso meses, en algún aeropuerto perdido de la mano de Dios, al amparo del medio ambiente más hostil y depravado, mientras los avispados estafadores de turno, el vacío legal e incluso policial que te defiendiere, o los mendigos infaustos, o la simple  suciedad y la falta de recursos e higiene, el estar tirado, sin hogar, ni refugio más que el de las tarimas improvisadas, los bancos de cartón o la vida al socaire de lo más rudimentario, junto con las costumbres de los sin techo, se hacen fuertes, cebándose en ti y en tus derechos de agua de borrajas de billete comprado por Internet y sin muchas garantías.

   Ahora que tienes que emprender viajes largos en avión con múltiples escalas, con el dinero ahorrado de años, para tal vez poder ver a tus seres queridos, tanto tiempo añorados, que no te estafen compañías sin el menor escrúpulo que se pasan por el forro todos tus grandes sentimientos, sin la menor ética, ni moral, ni dignidad, ni vergüenza, bajo la bonita fachada de la mejor educación, esa que se supone es la más desarrollada y moderna, con muestras de la más excelsa cordialidad en sofisticadas máscaras de rubias y dulces azafatas “diez” con dicción súper pulida, armoniosa y estética, que luego, sin embargo, intentarán por todos los medios, con sus verborreas correctas y formales, llevarte al huerto de sus premisas establecidas para cuando estas grandes y excelsas y formidables compañías aéreas, te dejen tirado porque ellos tienen over booking, y bajo pretextos mentirosos te arrojarán como peor que un perro y sin agua en cualquier ciudad hostil y desconocida. Sin piedad, dejado en el olvido, tirado en el marasmo del vacío existencial, entre multitudes desconocidas sudorosas y sucias, que sin apenas recursos para salir al paso del atolladero en que se ha convertido sus bonitas vacaciones, maldicen la hora en que contrataron los servicios y compraron los billetes de estas soberbias e imponentes, “perfectas” y “eficientes” compañías aéreas, que con el fin de lucrar sus arcas han vendido más viajes de los existentes, para hacerte maldecir el haber nacido, esperando durante días o semanas, o tal vez meses, hasta que, según te indican a todas horas, “haya un vuelo disponible”, en las peores condiciones de tu vida en que recordarás la aventura de tus vacaciones como el peor de los infiernos en vida.

Ahora que vienen los largos viajes con escalas azarosas impredecibles, en que las familias se reúnen después de muchísimo tiempo, con alegría y con llanto, que no te pase el infierno en la tierra, ni a ti ni a tu familia. Que no te coja una de estas grandes y supuestas compañías que se hacen llamar “excelentes en sus servicios”, pero en realidad están repletas de inútiles desalmados.

Que no te cojan, ni a ti ni a tus seres queridos.



Fernando Gracia Ortuño

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lunes, 3 de junio de 2013

¿No se te ha quedado cara de...?

   Hoy, queridos espectadores, en nuestro programa nacional de entrevistas callejeras "¿No se te ha quedado cara de imbécil?" vamos a tratar el tema de las fobias. Preguntaremos a los transeúntes que tengan estas fobias y luego departiremos sobre ello en el plató, o nos partiremos, según sea el caso.

-A ver, señor, ¿Vd cuando era pequeño y veía una garrapata inmesa en el cuello de su perrito mascota, qué hacía?
-Yo no tenía perrito, oiga...
-Pues sepa Vd, señor, que estaríamos hablando de garrapatofobia. Es ese miedo incontenible y asustadizo -porque se asusta de su propio miedo y genera un flash back irresistible que obnubila la razón del paciente y le pone en situación de cometer cualquier barbaridad-, que producto de un estado de ansiedad nos hace imposible tratar el tema de las garrapatas, ni mucho menos verlas, y que nos impulsa a salir disparados a pedir auxilio...
-Ah, pues vale... 

   Del mismo modo generan toda una serie de síntomas parecidos las fobias tales como "Zapatofobia", que es miedo incontenible a ponerse los zapatos por la mañana antes de ir a trabajar, muy emparentada con la "Agorafobia".
   La denominada "Lecturofobia" es un pánico inevitable a la realización de deberes y lecturas obligadas en el colegio que suelen adquirir los niños ya desde temprana edad... La "Orinofobia" se genera en la primera infancia, y consiste en un miedo ineluctable al hecho de orinar. Muchas personas a consecuencia de ella desarrollan cistitis en la vejiga, y a algunas las tienen que operar de los riñones a fin de erradicar el problema, pero dejan de sudar aunque sean competidores y atletas de élite...

   Otras fobias son la "Mastodontofobia", o miedo a ver personal muy grandes. La "Enanofobia", un miedo tremendo a ver o encontrarse con personas chiquititas... La "Lentillofobia", la "Deberofobia", "Laburofobia", "Cuñadofobia", pero sobre todo la "Suegrofobia", muy extendida en los países con un alto índice de convivencia familiar, como España, Nigeria, India, Paquistán y "demás países del tercer mundo... También está la "Politicofobia", etc...

   En fin, señores espectadores, como está siendo sumamente complicado que los propios transeúntes desvelen en directo sus fobias, devolvemos la conexión a los estudios centrales.

   Mañana, como saben, entrevistaremos a los señores transeúntes acerca de los recortes, en qué le afectan, la recogida de cartones y los rebuscamientos basureros, cólera, tifus, malestar intestinal...

   Todos estos temas los trataremos, como saben, en el programa de mañana. 

   Con Vds ahora los estudios centrales de "¿No se te ha quedado cara de imbécil?"



Fernando Gracia Ortuño

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La Biblioteca Imaginaria: Y DIGO YO. Fernando Gracia Ortuño

La Biblioteca Imaginaria: Y DIGO YO. Fernando Gracia Ortuño: Título: Y digo yo Autor: Fernando Gracia Ortuño Editorial: Publicaciones MTM, y además en Bubok. Págs: 230 Precio: 10,72 € (gratis versión digital) Y digo...

¡Qué reseña más sin palabras la que me ha hecho del libro Nidia Jiménez en "La Biblioteca Imaginaria", ahora que le tenía un poco arrinconado a mi "Y digo yo", me llega esta reseña emocionante del libro! Estas palabras que empatizan con un estilo son las que te reconcilian con la literatura y el mundo... 


Fernando Gracia Ortuño

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jueves, 23 de mayo de 2013

Suceden cosas tan curiosas

No lo entendería, si no me gustara tanto leer. Pero esto pasó tal cual lo cuento. A mí me encanta cierto autor de novela negra, pero sus libros están descatalogados hoy por hoy, no sé por qué. La atmósfera de sus libros la intentaron plagiar muchos, sin conseguirlo, porque él era único. En la actualidad priman un tipo de novela negra más light, entretenidas, para leer sin calada, de esas que sin tanta consistencia te lees de un tirón, pero luego a los pocos días nada recuerdas. 
En cambio las que escribía mi autor todavía eran densas, impregnadas de un cierto halo de melancolía meditabunda, entrecruzado por la acción, oníricas y difíciles de encontrar hoy, unas novelas que transmitían densidad, no sabría explicarlo, y se te quedaban en la mente para siempre, tramas y relatos estructurados de modo que lo esencial, su contenido de un universo trágico, no está constantemente rozando la banalidad absurda de estos días, en que las novelas se escriben como churros insípidos. Eso sí, best sellers indiscutidos... 
Pues un día me encontré tiradas en la basura casi todas sus novelas. No me lo podía creer. Estaban en una caja de cartón de súper, bien dispuestas. Lo que tanto me había costado buscar ya lo tenía frente a mí, como un regalo del destino. Cuando tantas novelas negras que no valen un duro se editan a espuertas, allí tenía yo las que tanto había buscado, las de mi autor favorito, descatalogadas, y a punto de ser trituradas por el camión de la basura.


Fernando Gracia Ortuño

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miércoles, 13 de febrero de 2013

La debacle

Si lo intentara, no podría recordar el momento en que comenzó todo, el instante concreto de la mañana en que el mundo comenzó a desmoronarse como en una pesadilla hecha realidad, descomponiéndolo todo en una avalancha imperceptible que te sorprende de pronto, sin poder reaccionar. A partir de ese momento la concepción de las horas, la mañana, el día, la noche, el tiempo y sus ocupaciones, los horarios y el sistema de vida, la concepción del mundo tal como la conocemos, se tambalean y enseguida comienza a descomponerse todo, desapareciendo en el caos, para dejar sólo espacio al terror más instintivo arraigado en nuestro interior desde lo más remoto. Sí, nada volverá a ser como antes, ni siquiera a ser… El mundo desaparece, y sólo el caos es testigo del pensamiento. Nunca se recreará el mundo de las cosas y la naturaleza en su antiguo cauce, y la conciencia sólo puede presencia el fin. Nada volverá a ser lo que era. Lo irreversible ahora lo domina todo. Pero, ¿cuándo comenzó este cataclismo que ha trastocado el orden terráqueo, arruinando la vida en el mundo para siempre? ¿Dónde estoy? ¿Por qué puedo pensar existiendo y existir pensando, sin haber sufrido daño alguno, después del cataclismo al que me vi arrastrado del modo más inexorable? ¿Soy acaso el único superviviente y sólo puedo contemplar el cosmos desde la atalaya de mi propio pensamiento? ¿En qué me he convertido, y, sobre todo, desde cuándo, cómo, por qué? Era como si mi pensamiento se hubiera consubstanciado con la materia, y ya no pudiera deslindarse de ella, ni distinguir donde empezaba el uno y acababa la otra. Cuando comenzó el fin del mundo Maya, éste 21 de diciembre del 2012, yo me encontraba pedaleando, abstraído y ausente, en la octava planta del gimnasio. Mientras contemplaba abajo a los nadadores de la piscina, a través de los amplios ventanales, me aburría con las noticias del periódico gratuito del gimnasio que alguien había dejado sobre la bicicleta estática. Meditaba brevemente sobre la infinita variedad de problemas de los tiempos que corrían, la crisis y la arrogancia de los hombres, el poder, la corrupción y las diferencias sociales, cuando de pronto se escuchó un terrible zumbido ensordecedor. Los que estaban haciendo pesas y los ciclistas nos sobrecogimos al instante, quedando unos segundos paralizados y observándolo todo.
   Me di cuenta enseguida que un repentino vendaval comenzaba a zumbar imprevisiblemente, inundando el local con un rugido espantoso difícil de describir. Fuera y dentro del gimnasio ese sonido estaba abarcándolo todo, y en el momento en que el potentísimo tifón comenzó a zarandear los objetos más pesados, como bicicletas, estantes de pesas, paneles, tatamis y máquinas de culturismo, fui consciente de la magnitud de todo aquello y traté por todos los medios de ponerme a salvo junto con los demás. Me agaché primero, para no ser golpeado, y luego me fui arrastrando como pude hacia la salida, aferrándome a las barandillas y las barras de la sala, pero no era nada fácil. Al mismo tiempo que todo se movía alrededor, también era zarandeado, así que desplazarse entre un batiburrillo de objetos y personas en total descontrol y arrojamiento se hacía del todo imposible. El huracán estaba arrastrándonos e inundándolo todo, lanzando por el aire, como si fueran migas de pan, los objetos más pesados en una nube sumamente peligrosa y criminal. Algunos que habían quedado sueltos también volaban, pero para nada hacía reír. En cuestión de segundos pude ponerme a cubierto, y, tratando de proteger mi cabeza con los brazos, iba arrastrándome como podía por el suelo de la pared principal buscando la salida a las escaleras de emergencia. Los coloridos paneles con imágenes lúdicas iban zumbando de un lado a otro del gran salón, como si fueran frágiles haces de hojarasca otoñal arrancada por el viento. Era espantoso, pero no había tiempo para el miedo. La gente comenzó a gritar despavorida para desalojar el local inmediatamente. Un guardia de seguridad trató de hacernos señas gritando, a fin de conducirnos hacia fuera, pero él mismo fue presa del huracán, saliendo volando por uno de los ventanales inmensos que habían quedado destrozado, y siendo luego succionado por la vorágine hacia arriba, como un crespón, en décimas de segundo. Los gritos no cesaban, era desgarrador, pero en esos momentos la naturaleza misma que nos estaba haciendo eso ponía en funcionamiento un complejo sistema hormonal que dejaba atrás las impresiones, y nos incitaba a actuar de la manera más acorde a la vida y a sus impulsos. No podíamos dejar de luchar y dejarnos llevar por aquello. Como en tantas y tantas películas que habíamos visto, ahora llegaba el momento de la verdad, el de la lucha a vida o muerte, el tan repetido o todo o nada de la lucha por la existencia que tanto nos había motivado para conseguir nuestros fines. Corríamos, nos agazapábamos, nos sujetábamos a todo lo que podíamos, y luchábamos por salir de allí con todas nuestras fuerzas, como posesos por un único objetivo, sobrevivir. Los que se quedaban apabullados y los acontecimientos los superaban, sencillamente salían volando por el gran agujero que se había abierto en el techo. Como la vida misma, como la selección natural que habíamos mamado en la escuela, sólo los más aptos, y con más mala leche, sobrevivían. Y en aquél momento el miedo no se podía sobreponer a la mala hostia. La necesitábamos para salir de aquélla airosos. Los que se quedaban petrificados estaban perdidos, acurrucados a la espera del destino final en algún rincón, esperando lo inevitable. Los más en cambio salíamos corriendo, agazapándonos en desbandada a trancas y barrancas, caíamos, nos tropezábamos, seguíamos avanzando, volvíamos a retroceder, intentando evitar los aparatos de ejercicio que flotaban y salían despedidos furiosamente, una cantidad de objetos que jamás te los hubieras imaginado, de nos ser porque sabías dónde estaban normalmente. Entre ellos veías rostros conocidos catapultados en todas direcciones soportando como podían los embates y la furia del viento.
    El suelo se desestabilizaba con una fuerza aterradora, contribuyendo al lanzamiento de todo tipo de cuerpos. Al vendaval furioso parecía haberse sumado un terremoto que lo estaba arrojando todo en cualquier dirección. Nadie podía abrirse paso entre el gentío descontrolado, y los que llegaban a la puerta, presos del terror más salvaje y el descontrol, llegaban en una lucha que más parecía una encarnizada competición. Cuando a mi franqueé la puerta y sujetándome fuertemente a la barandilla, me asomé a las escaleras, pude ver que muchos eran zarandeados y furiosamente destrozados por el terremoto, de modo que abajo, en el rellano, parecía haberse amontonado una cantidad de cuerpos que casi llegaban al primer piso. Pero no había tiempo para nada. En ese momento hubo una espantosa explosión, tan atronador que me sacudió y desplazó violentamente varios metros, hasta caer en las espalderas. Tenía los oídos hechos trizas, doliendo a más no poder. Me sujeté a las espalderas con todas mis fuerzas, y luego miré hacia el techo instintivamente. Me horroricé en ese momento, y por un segundo estuve a punto de perder el control y gritar como un loco. Una bici estática salió volando frente a mí, con un hombre sujeto a ella, camino del techo. Gritos eras espeluznantes. Era algo que no te podía siquiera imaginar en el ámbito de aquel recinto familiar. Enseguida protegí mi rostro y me di cuenta que el techo entero del edificio ultramoderno de mi gimnasio había sido arrancado del cuajo. La tormenta de cascotes y objetos formaba una metralla asesina. A través de los resquicios que formaban mis dedos en la cara, me di cuenta que donde antes había un cielo raso última generación de claraboyas de metacrilato transparente, ahora se vislumbraba el foco del implacable huracán que azotaba furioso la tempestad de nuestra vida materialista, cuyos millones de restos eran sacudidos en un torbellino vertiginoso. Casi me caí de espaldas, pero pude rehacerme, sujetándome a las espalderas con todas mis fuerzas. Entonces, en medio del caos, me fijé como pude en lo que quedaba de gimnasio. Fue un atisbo nada más, porque no podía pensar en otra cosa que en mantenerme sujeto a los barrotes de madera. No se podía vislumbrar muy bien el área donde antes estaba la piscina olímpica, pues ahora sólo se veía el foco de un tornado en su lugar, succionándolo todo en un haz de agua portentoso e increíble. La impresión de ver aquello te dejaba exánime. Era una cortina en forma de espiral de agua inmensa. Y ese torbellino se elevaba delante de mí elevando a todos los que habían estado nadando unos minutos antes y no les había dado tiempo a salir. Volaban por el aire intentando asirse a cualquier cosa firme, pero era del todo imposible, salían volando, despedidos por el ojo del huracán hacia arriba, y sus gritos se hacía cada vez más tenues a medida que se alejaban a la velocidad del vendaval. El torrente de agua fue succionado en poco tiempo, llevándose con él a todos aquellos que unos minutos antes habían estado nadando, y la piscina quedó vacía y seca en unos minutos. Miré hacia el cielo. Todos los nadadores habían sido succionados por la vorágine, y la implacable tromba de agua ahora los hacía revolotear en círculos a cientos de metros, lanzándolos cruelmente contra los escombros y sacudiéndolos como si fueran títeres inertes a su voluntad y capricho. Era espantoso. El deseo de salir como sea de aquél infierno, y así volver a mi casa para encontrarme con mi familia, se veía constantemente obstaculizado por todo tipo de fenómenos naturales de la catástrofe. Sabías que había llegado el fin, tal vez el fin del mundo, pero antes querías con todas las fuerzas de tu voluntad salir de allí, despedirte en un último adiós, abandonarte entonces al amor, pero era del todo imposible, el caos y la vorágine no te dejaban moverte, sólo podías asistir a sus manifestaciones más violentas, sin poder hacer nada. La impotencia lo inundaba todo como si fuera un tsunami arrollador, y sólo podías despedirte con el pensamiento mientras luchabas a brazo partido por salir de allí. Ni los sentidos ni mi propio organismo podían reaccionar sin verme golpeado y arrastrado, zarandeado y herido por toda aquella masa informe de objetos y restos en vertiginosa suspensión.
   Llegó un momento que no pude controlar mi situación, y yo también salí disparado hacia los aires, abandonado completamente por el cansancio y la extenuación. Salí flotando como un crespón hacia las alturas. En menos tiempo del que jamás pude imaginar fui elevado por la fuerza del huracán para contemplar desde la estratosfera el caos tan inimaginable en que se había convertido el planeta tierra. Contemplé el horizonte violeta mientras constataba asombrado que ya se había apagado el azote del vendaval, y que allá flotando por fin me hallaba a salvo de su furia. Estaba en una zona donde la gravedad no se contraponía a los impulsos del cataclismo, y en cierto modo me sentía a salvo, envuelto en una nube de objetos flotantes y sin sentido. Mirando hacia abajo, todo cambiaba a un ritmo frenético, impensable. La propia corteza terrestre se convulsionaba, replegándose sobre sí y destrozándose al tiempo que el magma lo arrasaba todo y la tierra se destrozaba en pedazos que salían despedidos por el universo. Bloques de edificios, millones y millones de ellos destrozándose en un fragor espeluznante eran devorados y sumidos en el espacio infinito. Era como una mole de plastilina que se hubiera venido abajo y desintegrado sobre sí misma. Era consciente que la debacle universal a la que estaba asistiendo era también la causante de mi lento alejamiento hacia el vacío y la nada del cosmos. La tierra había desaparecido en él, y el sol se iba agrandando cada vez más para acabar engullendo todo el sistema solar. No me preguntaba si podía respirar, ni cómo. Me abrasaba simplemente. Pero pronto todo acabaría, y mi sufrimiento también se fundiría con la nada, allí flotando, dominado cada vez por una angustia mortal y abrasadora, hasta que algo de repente me despertó. Era mi mujer, que preocupada me estaba sacudiendo con fuerza. Estaba en casa. No pasaba nada, y respiré al fin, tratando de serenarme y olvidar. Me acordé de todo, sin embargo, mientras recibía unos leves empujones de confirmación. El ímpetu de las olas del océano unos minutos antes, cuando estaba flotando por encima de todo lo conocido, era el mismo que ahora me despertaba y hacía darme cuenta que estaba sudando a chorros, aunque ya por fin salvo. Todo había acabado.


Fernando Gracia Ortuño

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domingo, 27 de enero de 2013

Los mejores

  


                  


De entre todas las personas que más admiro están las que saben memorizar listines telefónicos. Lo confieso, yo sería incapaz de hacer una cosa así. Pero las personas capaces de memorizar cualquier listín de teléfono, está demostrado que son especiales. Suelen triunfar en concursos de listines telefónicos. Cada vez tengo más clara una cosa: Memorizar números es importante, te ayuda, le hace pensar a la gente que sabes de qué va la cosa, que eres más importante. Es una habilidad que no está al alcance de cualquiera. Por ejemplo, nadie sabe mejor que nadie quién tiene tal número de teléfono, pero las personas que memorizan listines sí. Ahí está la clave del asunto. Es como una prerrogativa especial, un privilegio. No todo el mundo está a la misma altura. El saber es poder...


Fernando Gracia Ortuño

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martes, 15 de enero de 2013

Humor británico en palacio

   Cuentan que el otro día la reina Isabel, a la hora del té en su magnífico salón imperial, le preguntó a su hijo, el príncipe Carlos:
-¿Has visto cómo se han espabilado en España?
-¿Qué quieres decir, mamá?
-Sí, parece que las crisis agudizan el ingenio de los pueblos, y en este caso los ingeniosos españoles han inventado la denominada “Recolocación”.
-¿Recolocación? ¿Y en qué consiste eso?
-Pues muy fácil. Es todo lo contrario a la profesionalización especializada. Es decir, que todos harán de todo, sin importar su formación ni experiencia.
-¡Por San George, no me lo puedo creer…! ¿Cómo es posible que no se nos haya ocurrido a nosotros antes? Entonces, para poner un ejemplo, ¿si tuviera un accidente y tuviera que precisar la asistencia de un médico?
-Pues muy sencillo, Charles, como en España han inventado la recolocación, pues vendría un bombero y te atendería con su manguera como un profesional de la medicina. Sí, sí, es así, como lo oyes, hijo. Estoy seguro que apagaría el fuego del coche, y luego te atendería a ti después, sin menoscabo de sus funciones como médico o auxiliar. Esto pasa porque, como en todas las crisis, los gobiernos quieren echar gente a la calle, pero como se imaginan lo que pasaría, el caos, pues no lo hacen, y los recolocan donde sí se creen ellos que hacen falta.

   Por ejemplo, donde antes había un soldador, como hacen falta cocineros, pues quitan el puesto del soldador y ponen un mecánico especializado haciendo tortillas de patatas, pizzas y todo tipo de guisos de lo más variado. Muy sencillo, verdad… Es el mejor modo de salir de la crisis que haya inventado una mente humana Parece increíblemente sublime, genial, único que haya mentes tan preclaras, verdad, Charles... Pues así no tienen que echar a nadie. Y todos tan contentos ¿Es increíble, verdad, Chaaarles?

-¡Increíble, de verdad, estos españoles! ¡Jamás me lo hubiera podido imaginar! ¡Lo que no inventen ellos! Pero ¿y si quiero que me atiendan entonces en el hospital, después del accidente, tal como tú has supuesto?
-Pues muy fácil, hijo: tendrás camareras de bar, o administrativas, o celadores a tu disposición, haciéndote tomar los medicamentos, dándote la comida y curándote las heridas hasta que te des de alta. Y no sólo eso, pues si viene un bombero, o un mecánico ingeniero, o un operario de grúa, mejor que mejor. Más seguro te sentirás, pues son como genios que lo saben todo, tienen o tendrán cinco, seis o siete carreras y muchísima experiencia demostrada, de lustros.
-¡La verdad, me parece genial este invento de los legisladores en España. ¡Es tan inteligente…! Pero escucha: no acabo de entenderlo! ¡Cómo va a saber un mecánico de medicina! Hostia, no había caído… ¿Les dará tiempo a estudiar todas las carreras, de modo que puedan estar preparados para cualquiera de ellas cuando se presente la ocasión, en tan poco tiempo de vida?


-¡Cómo se nota que no conoces el espíritu humano, hijo mío! Es muy sencillo, sólo hace falta saberlo todo, ser un recolocado, un experto en multifuncionalidad profesional. Tener veinticinco carreras y todo tipo de experiencia profesional. Sólo así puedes estar preparado. ¡Ser un crac como ellos! Nosotros no entendemos mucho de esto, porque somos más específicos. Pero por lo que vemos, después de estas noticias del invento de la recolocación, el espíritu de Leonardo da Vinci vuelve a estar en boga, ¡y todavía perdura en España! Sólo un espíritu humanista puede abarcarlo todo, un genio, y estoy convencida que con unos legisladores tan ingeniosos, inteligentes y sabios, el pueblo español estará a la cabeza de Europa en muy poco tiempo, Charles… ¡Ya verás, ya verás…! ¡Chaaarles…! ¡No te rías de mí!

Fernando Gracia Ortuño
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viernes, 4 de enero de 2013

Gracia sureña

¡Era tan típica! Lo peor de su tipismo fue cuando me dejó, al recordar luego sus expresiones en la playa: ¡Quillo, mira la hola!". O cuando al pellizcarla miraba por encima del hombro hacia atrás, quejándose: "¡Ay, no me diga ezo, cigue, cigue ací!"



Fernando Gracia Ortuño

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Luna llena

Primero se escuchó un gruñido espantoso. Después unos crujidos extraños, seguidos de un alboroto y horrorosas masticaciones. Se estaba liando una bronca cuando caí de la cama: Aquél animal extraño daba unos saltos tremendos, de un bloque a otro de la calle, infernal y aullante criatura  voladora.



Fernando Gracia Ortuño

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jueves, 3 de enero de 2013

Ejecución

-¡Ah, dolor, dolor! ¡En este mundo dondequiera que mires no hay más que dolor! -parafraseó enigmáticamente el encapuchado, encima de una tarima donde había un cadalso-. Suerte que yo por lo menos tengo la sartén por el mango, jeje...
-¡Hijo de perra! -gritó alguien entre el público.



Fernando Gracia Ortuño

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Dualidad

Primero llegó el escándalo. Después el alboroto transformó la sorpresa en secreta admiración, la de contemplar aquella nudista corriendo por el campo de fútbol. ¡Qué cuerpazo, pensaban los mojigatos!


Fernando Gracia Ortuño

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lunes, 31 de diciembre de 2012

Canon de belleza

La popularidad le llegó en el momento menos esperado. Fue en una entrevista, al apartarse la melena y enseñar una oreja desproporcionada. Se la tenía que recortar, se disculpó, pero era tarde, los orejas pequeñas eran mayoría en aquella tribu de aguerridos pigmeos caníbales.


Fernando Gracia Ortuño

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